Como no podía ser de otro modo, el anterior relato debe ir, y de hecho va, acompañado de un buen tema de soul.
Pese a que es versionada esta canción por el gran Seal, me decanto hoy por la versión de Guy Sebastian, de igual o mayor nivel, si cabe.
viernes, 30 de enero de 2009
La avaricia y el amor
"A decir verdad, cielo, no sé nada de él. Sólo que tiene el corazón espinado, que viene siempre repeinado y que odia comer nada emparedado. Puede que alguna vez haya jugado a la ruleta rusa, o que se haya apostado su casa a los dados. Puede, incluso, que sea mejor tipo que lo que esa furcia le hizo parecer con lo que le hizo. Puede pasar cualquier cosa en su vida. Yo únicamente sé sobre él esa historia que siempre cuenta. Jamás un hombre me había confundido tanto, ni había hecho dispararse mi imaginación hasta tal punto que hasta su nombre me gustaría soñarlo, y no saberlo".
Como buen lunes, no fue la de ayer una noche muy entretenida. Tal es así, que quizá eran más las copas que entre Leyre e Irene bebían que las que los chicos del billar se tomaban. Podrían haber montado un karaoke, o haber hecho un striptease, que jamás pasaría esa noche a los anales como algo a recordar, por mucho que más de uno desease ver ligeritos de ropa esos cuerpos esculpidos por la vida a base de golpes. En noches así, donde el único alcohol que corría lo hacía por las venas de su corista y su camarera, era en las cuales John teorizaba sobre lo rentable que le podría salir el dar también comidas, o el contratar mujeres de vida alegre que se las hiciesen a sus clientes, aunque al rato pensase "suerte que sólo haya un lunes por semana. Mañana, en las únicas rameras que pensaré será en aquellas tres que siempre se sientan en aquella mesa". Sobre comidas, no solía pensar, y menos desde que "el Señor Andrés" frecuentaba el baño en compañía de aquel oligofrénico.
Eran también las de los lunes las noches en que más solía pensar Leyre en Juan. Quizá por su habitual ausencia, quizá por la falta de movimiento, o quizá por la falta de movimiento postrero en su compañía. El caso es que en noches así, era cuando parecía incluso estar enamorada de aquel pobre diablo. Es en noches así en las que suele pensar también en comidas, pero de una manera diferente a la de su jefe. Ella lo hace sentimientos mediante. También así lo hace Irene, sólo que ella es correspondida más a menudo. Por esto, no ejerce de perro del hortelano los martes, y aunque, como Leyre, no deja comer, sí come ella. Y es que son los martes cuando suelen pasar juntos el día ella y su chico latino, mientras la camarera del local debe conformarse con hacerse la indignada para ser recompensada después con su labia… y otra comida.
Era la envidia de Las Tres Desgracias. No por acostarse de vez en cuando con Juan. Ni tan siquiera por hacerlo con un hombre. Lo era por comer (o ser comida) con alguien con más de dos neuronas, o al menos con alguien cuyas células pensantes sirvan para algo más que echar carreras entre sí. Con todo y con eso, como su amiga la corista, poco caso hacía a esas arpías y sus aspiraciones o pretensiones, pues cada lunes se proponía el ignorar a ese hombre del cual sólo conocía el nombre y la cama.
Lástima para ella que, como si de un obeso se tratase, buscando guardar régimen, o de un fumador que promete dejar el tabaco, su propósito cada inicio de semana tenía el mismo valor que los propósitos de cualquier alma errante, obesa o fumadora, carente de fuerza de voluntad o de autoconvicción de superación.
Suerte, sin embargo, que el suyo sea un vicio no pecaminoso. Bastante tenía con la avaricia y la codicia que le embargaban cada vez que con él estaba como para que, como siempre le decía Irene, fuese condenada por concurso de pecados el día del juicio final.
Como buen lunes, no fue la de ayer una noche muy entretenida. Tal es así, que quizá eran más las copas que entre Leyre e Irene bebían que las que los chicos del billar se tomaban. Podrían haber montado un karaoke, o haber hecho un striptease, que jamás pasaría esa noche a los anales como algo a recordar, por mucho que más de uno desease ver ligeritos de ropa esos cuerpos esculpidos por la vida a base de golpes. En noches así, donde el único alcohol que corría lo hacía por las venas de su corista y su camarera, era en las cuales John teorizaba sobre lo rentable que le podría salir el dar también comidas, o el contratar mujeres de vida alegre que se las hiciesen a sus clientes, aunque al rato pensase "suerte que sólo haya un lunes por semana. Mañana, en las únicas rameras que pensaré será en aquellas tres que siempre se sientan en aquella mesa". Sobre comidas, no solía pensar, y menos desde que "el Señor Andrés" frecuentaba el baño en compañía de aquel oligofrénico.
Eran también las de los lunes las noches en que más solía pensar Leyre en Juan. Quizá por su habitual ausencia, quizá por la falta de movimiento, o quizá por la falta de movimiento postrero en su compañía. El caso es que en noches así, era cuando parecía incluso estar enamorada de aquel pobre diablo. Es en noches así en las que suele pensar también en comidas, pero de una manera diferente a la de su jefe. Ella lo hace sentimientos mediante. También así lo hace Irene, sólo que ella es correspondida más a menudo. Por esto, no ejerce de perro del hortelano los martes, y aunque, como Leyre, no deja comer, sí come ella. Y es que son los martes cuando suelen pasar juntos el día ella y su chico latino, mientras la camarera del local debe conformarse con hacerse la indignada para ser recompensada después con su labia… y otra comida.
Era la envidia de Las Tres Desgracias. No por acostarse de vez en cuando con Juan. Ni tan siquiera por hacerlo con un hombre. Lo era por comer (o ser comida) con alguien con más de dos neuronas, o al menos con alguien cuyas células pensantes sirvan para algo más que echar carreras entre sí. Con todo y con eso, como su amiga la corista, poco caso hacía a esas arpías y sus aspiraciones o pretensiones, pues cada lunes se proponía el ignorar a ese hombre del cual sólo conocía el nombre y la cama.
Lástima para ella que, como si de un obeso se tratase, buscando guardar régimen, o de un fumador que promete dejar el tabaco, su propósito cada inicio de semana tenía el mismo valor que los propósitos de cualquier alma errante, obesa o fumadora, carente de fuerza de voluntad o de autoconvicción de superación.
Suerte, sin embargo, que el suyo sea un vicio no pecaminoso. Bastante tenía con la avaricia y la codicia que le embargaban cada vez que con él estaba como para que, como siempre le decía Irene, fuese condenada por concurso de pecados el día del juicio final.
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Jesús Domínguez,
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martes, 27 de enero de 2009
Hay amores
Amor. Rojo. Pasión. Bolero. Sensualidad. De todo ello habla el anterior relato, y todo ello se encuentra en el tema principal de la BSO de "No es país para viejos", cantado por Shakira, "No hay amores".
Rojo Pasión
Tenía tanto carácter, que en lugar de utilizar la fusta en sus relaciones, era ella la utilizada como tal para azuzar al corcel de turno. Su carácter era contundente, arisco. Era una incomprendida. Pero si había algo que realmente era, es sensual. Esta no se desprendía únicamente de todo su ser, sino incluso del trago de su copa, "sexo en la playa", o de su forma de vestir.
Se preguntaba si lo que dentro del vestido blanco que portaba la hoy primera dama estadounidense sería una mesa camilla, o esa parte del cuerpo donde la espalda pierde su honroso nombre. Decía que le parecía una negra zumbona a quién aquel vestido blanco le daba luminosidad. ¿Acaso había mandado ya Zapatero las bombillitas de bajo consumo a su homólogo americano para fomentar el buenrrollismo entre ambos?
Fácil era hablar para ella de ese modelito, o de otro cualquiera. Había trabajado mucho tiempo como estilista, y todavía se notaba esa anterior profesión en su forma de vestir, siempre tan pulcra e impoluta. No le gustaba enseñar, pero sí insinuar sus encantos con cualquiera de esos vestidos rojos que tan bien le quedaban. Los chicos del billar le habían puesto como apelativo "La mujer de rojo", y es que era cualquier prenda encarnada casi como una segunda piel que únicamente dejaba al descubierto tan sugerentes curvas. Conjuntaba también el color de su ropa, habitualmente, con tan ardiente carácter y con unos labios carnosos igual de sugerentes que su cuerpo.
No envidiaba, para nada, a la señora de Obama. Podía no ser ella precisamente concubina de un presidente del gobierno, pero tampoco a tanto buscaba llegar. Le bastaba con generar odio en Las Tres Desgracias y casi en cualquiera alma de mujer que por La Lola's transitaba. Su relación era especialmente llamativa con "el Señor Andrés", a quién comparaba con la negra zumbona, aún siendo esta más alta que su amiga. De no ser por Leyre, habría buscado conquistar, posiblemente con acierto, al sujeto que de un tiempo a esta parte entraba tirando de tan peculiar mujer, para después tirarlo a la basura, cuán clinex usado, y dejarla a ella como el país de la mesa camilla la prisión de Guantánamo. Cerrada, y bien jodida.
Tampoco es que le importase demasiado aquel tío cerrado de mente, sino que más bien habría buscado joderla a ella, y eso, pese a que llevaba poco tiempo en La Lola's. Poco, pero suficiente no sólo para odiar y ser odiada, sino también para hacer circular a doscientos por hora la sangre de más de uno de los chicos del billar. Uno de ellos, al que ella solía sacar a bailar entre tango y tango era, como decía el antiguo lema olímpico, "altius, citius, fortius" y, como su propia definición, tenía apariencia latina. Al contrario que sus compañeros, sumaba bastante más de dos neuronas, lo que le hacía un tipo ciertamente interesante. Tanto, que "el Señor Andrés" también había decidido tirarle la caña, tratando de buscar un rey puesto antes de ver al otro muerto y, ya de paso, buscar también ella el joder al prójimo.
Cada vez que aquel chico latino entraba y el dos neuronas que le acompañaba no estaba ojo avizor, la amiga de la zumbona rondaba a aquel chico que tanto había llamado la atención a Irene. Sin embargo, contaba esta con un punto favorable y definitivo: Su música.
No era precisamente Sarah Vaughan, y ni tan siquiera era el jazz el tipo de música que mejor se ajustaba a su voz, por lo cual solía obviarlo. Así, para coger confianza en su primera actuación, comenzó cantando un tango. ¿Qué mejor manera de cantar una oda a la vida, dejando de lado el jazz, qué cantando a Carlos Gardel?
No se sabe si fue su voz. Tampoco si fueron sus andares. Ni tan siquiera se hace obvio el que fuese esa abertura en su vestido, la cual dejaba intuir su pierna izquierda hasta lugares casi prohibidos; o que fuesen esos escasos segundos en los que el tango los unía. El caso es que él, como Obama, también decidió cerrar el Guantánamo de sus sentimientos, y con ello dejar jodida a quién por otros sentimientos suspiraba, la zumbona blanca.
En La Lola's suena jazz, pero definitivamente, fue un acierto que John contratase a Irene. Jamás en un local como este se había mezclado lo desenfrenado del jazz y lo sensual del tango como en su cuerpo. Y es que es el tango, junto al sonido americano por antonomasia, lo que mejor define a un alma errante. Poco importaba que allí sólo aquel chico comprendiese este alma. Daba igual que nadie comprendiese su manera de entender el jazz e interpretar un tango. Era indiferente que cualquier zumbona, fuese esta negra, blanca o verde, buscase encerrar su personalidad en cualquier Guantánamo de sentimientos o actitudes. Ella no necesitaba bombilla alguna de bajo consumo para iluminar más que una estrella. Le bastaba con su vestido rojo pasión, un sexo en la playa y el tango de la vida para ser la estrella del local… o al menos, del latino del billar.
Se preguntaba si lo que dentro del vestido blanco que portaba la hoy primera dama estadounidense sería una mesa camilla, o esa parte del cuerpo donde la espalda pierde su honroso nombre. Decía que le parecía una negra zumbona a quién aquel vestido blanco le daba luminosidad. ¿Acaso había mandado ya Zapatero las bombillitas de bajo consumo a su homólogo americano para fomentar el buenrrollismo entre ambos?
Fácil era hablar para ella de ese modelito, o de otro cualquiera. Había trabajado mucho tiempo como estilista, y todavía se notaba esa anterior profesión en su forma de vestir, siempre tan pulcra e impoluta. No le gustaba enseñar, pero sí insinuar sus encantos con cualquiera de esos vestidos rojos que tan bien le quedaban. Los chicos del billar le habían puesto como apelativo "La mujer de rojo", y es que era cualquier prenda encarnada casi como una segunda piel que únicamente dejaba al descubierto tan sugerentes curvas. Conjuntaba también el color de su ropa, habitualmente, con tan ardiente carácter y con unos labios carnosos igual de sugerentes que su cuerpo.
No envidiaba, para nada, a la señora de Obama. Podía no ser ella precisamente concubina de un presidente del gobierno, pero tampoco a tanto buscaba llegar. Le bastaba con generar odio en Las Tres Desgracias y casi en cualquiera alma de mujer que por La Lola's transitaba. Su relación era especialmente llamativa con "el Señor Andrés", a quién comparaba con la negra zumbona, aún siendo esta más alta que su amiga. De no ser por Leyre, habría buscado conquistar, posiblemente con acierto, al sujeto que de un tiempo a esta parte entraba tirando de tan peculiar mujer, para después tirarlo a la basura, cuán clinex usado, y dejarla a ella como el país de la mesa camilla la prisión de Guantánamo. Cerrada, y bien jodida.
Tampoco es que le importase demasiado aquel tío cerrado de mente, sino que más bien habría buscado joderla a ella, y eso, pese a que llevaba poco tiempo en La Lola's. Poco, pero suficiente no sólo para odiar y ser odiada, sino también para hacer circular a doscientos por hora la sangre de más de uno de los chicos del billar. Uno de ellos, al que ella solía sacar a bailar entre tango y tango era, como decía el antiguo lema olímpico, "altius, citius, fortius" y, como su propia definición, tenía apariencia latina. Al contrario que sus compañeros, sumaba bastante más de dos neuronas, lo que le hacía un tipo ciertamente interesante. Tanto, que "el Señor Andrés" también había decidido tirarle la caña, tratando de buscar un rey puesto antes de ver al otro muerto y, ya de paso, buscar también ella el joder al prójimo.
Cada vez que aquel chico latino entraba y el dos neuronas que le acompañaba no estaba ojo avizor, la amiga de la zumbona rondaba a aquel chico que tanto había llamado la atención a Irene. Sin embargo, contaba esta con un punto favorable y definitivo: Su música.
No era precisamente Sarah Vaughan, y ni tan siquiera era el jazz el tipo de música que mejor se ajustaba a su voz, por lo cual solía obviarlo. Así, para coger confianza en su primera actuación, comenzó cantando un tango. ¿Qué mejor manera de cantar una oda a la vida, dejando de lado el jazz, qué cantando a Carlos Gardel?
No se sabe si fue su voz. Tampoco si fueron sus andares. Ni tan siquiera se hace obvio el que fuese esa abertura en su vestido, la cual dejaba intuir su pierna izquierda hasta lugares casi prohibidos; o que fuesen esos escasos segundos en los que el tango los unía. El caso es que él, como Obama, también decidió cerrar el Guantánamo de sus sentimientos, y con ello dejar jodida a quién por otros sentimientos suspiraba, la zumbona blanca.
En La Lola's suena jazz, pero definitivamente, fue un acierto que John contratase a Irene. Jamás en un local como este se había mezclado lo desenfrenado del jazz y lo sensual del tango como en su cuerpo. Y es que es el tango, junto al sonido americano por antonomasia, lo que mejor define a un alma errante. Poco importaba que allí sólo aquel chico comprendiese este alma. Daba igual que nadie comprendiese su manera de entender el jazz e interpretar un tango. Era indiferente que cualquier zumbona, fuese esta negra, blanca o verde, buscase encerrar su personalidad en cualquier Guantánamo de sentimientos o actitudes. Ella no necesitaba bombilla alguna de bajo consumo para iluminar más que una estrella. Le bastaba con su vestido rojo pasión, un sexo en la playa y el tango de la vida para ser la estrella del local… o al menos, del latino del billar.
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Jesús Domínguez,
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lunes, 26 de enero de 2009
This love
Ese amor es lo que había abierto los ojos a aquel pobre diablo. Ese amor es justo, pues, que sea representado también como hilo musical simultáneo a la lectura de este último relato.
Aprendiz de todo, maestro de nada
"A nadie que haya sido poeta en Rimini, dramaturgo en Candanchú o bailarín en Portimão podré augurarle nunca demasiado futuro, muchacho. Nunca he tenido alma de vidente, pero es seguro que alguien así, lo máximo a lo que podría aspirar en su vida será a ganarse el cielo siendo monologuista en su propio sepelio".
Hablaba Alvite de aquel pobre diablo cuya historia se podría resumir en una clara premisa lapidaria: "Aprendiz de todo, maestro de nada". Su presencia era para todos desconocida, aunque su faz era para muchos una de esas caras que uno no recuerda bien si la ha visto anteriormente en la sala de espera en su última cita con el urólogo o si era él el pobre que pedía en la puerta de la iglesia para poder hacerse con dinero suficiente para pagar a Caronte el ticket de entrada al infierno.
"Todo estaría en que pidieses a tu amigo Frankie referencias sobre él", dijo Marco mientras posaba su inseparable maceta en la barra. También a él le parecía curioso aquel hombre. Daba la sensación de que había confundido La Lola's Club con el Savoy, a juzgar por su pronta verborrea, o bien de que se consideraba a sí mismo una efímera estrella de la prensa rosa frente a sus periodistas-confesores.
Se reconocía a sí mismo como un hombre pendenciero, y el más mujeriego de los varones que conocía. Decía no llevar la cuenta de las mujeres a las que se había follado, pero sí se acordaba de a cuantas le había hecho el amor: A ninguna. No es que fuesen pocas mujeres con las que se había acostado. Simplemente, sólo a una había amado, y no había sido correspondido.
Nos contó, entre sorbo y sorbo, que creía tener unos cuantos pequeños bastardos repartidos por el mundo. "Siempre tuve buena puntería", decía.
Como buen marinero, estaba en el puerto el tiempo suficiente para recordar cada vez que pisaba tierra firme que lo suyo no era el arraigo por un lugar. Recordaba esos sitios en los que había estado por sus mujeres, y no por sus lugares de interés. Dejaba claro, pues, que no había mayor interés allá por donde pisaba que el estar con alguna de las mujeres del lugar. En cuanto se labraba su acompañante un bonito recuerdo, él levaba anclas, como si en lugar de practicar sexo le hubiese hecho a cada mujer un favor, o varios. Desaparecía como alma que lleva el diablo, decía, sin mayor preocupación que el encontrar una nueva mujer que le ofreciese su cama para cualquier cosa salvo para dormir.
Sin embargo, hubo una distinta al resto. No recordaba ya más que su mirada y su olor, pero decía estar todavía prendado de ella. Ni tan siquiera se acordaba de su nombre. Sólo de su mirada y su fragancia. Cuando hablaba de aquel amor platónico, sus ojos todavía parecían imaginar unas frágiles manos haciendo sonar en un bajo unas notas en las cuales sólo se pudiera dilucidar lo bajo que él había caído tras aquel desamor.
Muchas camas había recorrido, y muchas damas habían cabalgado sobre su noble corcel, pero en poco o nada podía considerarse un maestro. Aquel desamor sólo le sirvió para darse cuenta de que esas muchas mujeres no le habían servido más que como aprendizaje. No le habían servido más que para aprender que no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita. Tampoco sus múltiples viajes le habían enseñado que no podría nunca autoproclamarse erudito en tierras lejanas, sino más bien que podría considerarse ignorante incluso en lugares cercanos. Sus mil y un oficios tampoco le habían servido de mucho. A lo sumo, podría decirse que era un valioso inútil, o alguien útil carente de valor.
Muchas eran las vivencias y experiencias por las que había pasado. Sólo dos cosas podía sacar en claro: Un amargo desamor y su cita lapidaria, "aprendiz de todo, maestro de nada".
Hablaba Alvite de aquel pobre diablo cuya historia se podría resumir en una clara premisa lapidaria: "Aprendiz de todo, maestro de nada". Su presencia era para todos desconocida, aunque su faz era para muchos una de esas caras que uno no recuerda bien si la ha visto anteriormente en la sala de espera en su última cita con el urólogo o si era él el pobre que pedía en la puerta de la iglesia para poder hacerse con dinero suficiente para pagar a Caronte el ticket de entrada al infierno.
"Todo estaría en que pidieses a tu amigo Frankie referencias sobre él", dijo Marco mientras posaba su inseparable maceta en la barra. También a él le parecía curioso aquel hombre. Daba la sensación de que había confundido La Lola's Club con el Savoy, a juzgar por su pronta verborrea, o bien de que se consideraba a sí mismo una efímera estrella de la prensa rosa frente a sus periodistas-confesores.
Se reconocía a sí mismo como un hombre pendenciero, y el más mujeriego de los varones que conocía. Decía no llevar la cuenta de las mujeres a las que se había follado, pero sí se acordaba de a cuantas le había hecho el amor: A ninguna. No es que fuesen pocas mujeres con las que se había acostado. Simplemente, sólo a una había amado, y no había sido correspondido.
Nos contó, entre sorbo y sorbo, que creía tener unos cuantos pequeños bastardos repartidos por el mundo. "Siempre tuve buena puntería", decía.
Como buen marinero, estaba en el puerto el tiempo suficiente para recordar cada vez que pisaba tierra firme que lo suyo no era el arraigo por un lugar. Recordaba esos sitios en los que había estado por sus mujeres, y no por sus lugares de interés. Dejaba claro, pues, que no había mayor interés allá por donde pisaba que el estar con alguna de las mujeres del lugar. En cuanto se labraba su acompañante un bonito recuerdo, él levaba anclas, como si en lugar de practicar sexo le hubiese hecho a cada mujer un favor, o varios. Desaparecía como alma que lleva el diablo, decía, sin mayor preocupación que el encontrar una nueva mujer que le ofreciese su cama para cualquier cosa salvo para dormir.
Sin embargo, hubo una distinta al resto. No recordaba ya más que su mirada y su olor, pero decía estar todavía prendado de ella. Ni tan siquiera se acordaba de su nombre. Sólo de su mirada y su fragancia. Cuando hablaba de aquel amor platónico, sus ojos todavía parecían imaginar unas frágiles manos haciendo sonar en un bajo unas notas en las cuales sólo se pudiera dilucidar lo bajo que él había caído tras aquel desamor.
Muchas camas había recorrido, y muchas damas habían cabalgado sobre su noble corcel, pero en poco o nada podía considerarse un maestro. Aquel desamor sólo le sirvió para darse cuenta de que esas muchas mujeres no le habían servido más que como aprendizaje. No le habían servido más que para aprender que no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita. Tampoco sus múltiples viajes le habían enseñado que no podría nunca autoproclamarse erudito en tierras lejanas, sino más bien que podría considerarse ignorante incluso en lugares cercanos. Sus mil y un oficios tampoco le habían servido de mucho. A lo sumo, podría decirse que era un valioso inútil, o alguien útil carente de valor.
Muchas eran las vivencias y experiencias por las que había pasado. Sólo dos cosas podía sacar en claro: Un amargo desamor y su cita lapidaria, "aprendiz de todo, maestro de nada".
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jueves, 22 de enero de 2009
Crime
Es difícil encontrar algo que se ajuste al maremagnum musical del que en el anterior relato hablo. Quizá, por ser eso, un maremagnum, me transmite una vacía sensación.
O quizá se deba esto a que, en un lugar como La Lola's Club, alguien como yo no encontraría su propia banda sonora.
Suenan muchas canciones en el Rincón del que escribo, pero ninguna me define. Es por ello que, quizá, la canción que más vengo escuchando a lo largo del día sea la que defina un momento de indefinición como este.
O quizá se deba esto a que, en un lugar como La Lola's Club, alguien como yo no encontraría su propia banda sonora.
Suenan muchas canciones en el Rincón del que escribo, pero ninguna me define. Es por ello que, quizá, la canción que más vengo escuchando a lo largo del día sea la que defina un momento de indefinición como este.
Banda sonora
"En La Lola's suena jazz, pero no es el jazz su banda sonora. La banda sonora del local no existe, sino que cada alma errante que allí entra tiene su propia BSO.
En la Lola's suena jazz, pero también suena pop, indie, música latina, o incluso rap. No suena, sin embargo, pachangueo alguno, ni mucho menos reggaeton.
En La Lola's Club tienen sitio sólo aquellos cuya banda sonora estimule un canto, un llanto, o un lamento. Tienen sitio aquellos no que tengan una historia que contar, sino que den lugar a una historia contada. Eso es lo que diferencia a mi local del Savoy, chico. Eso, y que en el local de la Gran Manzana, llamar a alguien por su nombre de pila puede provocar que te vacíen el cargador de un arma encima, mientras que aquí el no hacerlo puede provocar que te conecten a la corriente para cargarte las pilas".
Al bueno de John no le faltaba razón. Llevaba demasiado tiempo sólo como para saber que no necesitaba a nadie. Demasiado tiempo a cargo de La Lola's, como para considerarse una voz autorizada a hablar de qué era en realidad aquello que, sin ser nada especial, era considerado para quién por allí transitaba como un lugar de culto a la vida bohemia.
Tenía razón también cuando decía que en La Lola's Club, como Obama, todos tenían su propia banda sonora original. Gracias a lo que con el local había conseguido, y a que es él el mayor de los bohemios que por allí transitan, puede decirse que su mejor definición se encuentra en el tema "El Rey".
Tampoco el jazz habla de ninguno de los chicos del billar. Dice siempre John que ellos son como el rock duro, fuertes e intensos, pero que sus letras llaman a la razón. Como es obvio, a la razón de la que todos sabemos que carecen, pues consideran que esta está reñida con las caricias de sus mayores amores, sus tacos de billar.
Al igual que al dueño del local, a "Las Tres Desgracias" también podría definírselas con una canción. Inspirándonos en la letra, todos hemos pensado alguna vez en tintarles el cristal del espejo gastado en el que tanto se miran, o que eran estas un tumor del club, aunque en el fondo, todos las queremos. ¿De quién nos reiríamos si no de ellas?
Leyre, mientras, es sensual como un tango, y para algunos, sexual como el jazz. En lenguaje alvitiano (a quién, por cierto, le sienta Sabina mejor que a Scarlett Johansson sus habituales palabra de honor encarnados), sería ella un nueve largo encubierto en la imberbe apariencia de un mediocre seis, a quién el sonido de un saxo haría más justicia que cualquier falda corta.
Gustavo y Juan, esa extraña pareja. Más de una vez han compartido mesa, barra, cogorza o servicio. Sin embargo, para nada comparten una definición musical. A Juan le define cualquier canción que hable de una puta y un bobo, mientras que para templar el temperamento de Gustavo, en ocasiones, sería preciso el new age de Yanni o Sakya Tashi Ling.
A Marco quizá le pegue más algo del gran Riki López, como "un hombre despechado". Es lo más justo, teniendo en cuenta que habla y actúa con respecto a esos tres frutos de su pasado como si fuesen ex novias que le hubiesen llevado a la infelicidad, a las drogas, o a ambas cosas.
Pedro es ingenuo como un grupo de indie. Escribe sus artículos como si no existiese maldad en el mundo, o como si hubiese acabado de colocarse con una raya de azúcar siendo diabético.
Yo, mientras, soy indefinible. Únicamente soy un mero espectador de lo que en La Lola's ocurre, un mero oyente de lo que allí se cuenta, una mera nota de ese saxofón cuya alma se asemeja a un nueve largo.
En la Lola's suena jazz, pero también suena pop, indie, música latina, o incluso rap. No suena, sin embargo, pachangueo alguno, ni mucho menos reggaeton.
En La Lola's Club tienen sitio sólo aquellos cuya banda sonora estimule un canto, un llanto, o un lamento. Tienen sitio aquellos no que tengan una historia que contar, sino que den lugar a una historia contada. Eso es lo que diferencia a mi local del Savoy, chico. Eso, y que en el local de la Gran Manzana, llamar a alguien por su nombre de pila puede provocar que te vacíen el cargador de un arma encima, mientras que aquí el no hacerlo puede provocar que te conecten a la corriente para cargarte las pilas".
Al bueno de John no le faltaba razón. Llevaba demasiado tiempo sólo como para saber que no necesitaba a nadie. Demasiado tiempo a cargo de La Lola's, como para considerarse una voz autorizada a hablar de qué era en realidad aquello que, sin ser nada especial, era considerado para quién por allí transitaba como un lugar de culto a la vida bohemia.
Tenía razón también cuando decía que en La Lola's Club, como Obama, todos tenían su propia banda sonora original. Gracias a lo que con el local había conseguido, y a que es él el mayor de los bohemios que por allí transitan, puede decirse que su mejor definición se encuentra en el tema "El Rey".
Tampoco el jazz habla de ninguno de los chicos del billar. Dice siempre John que ellos son como el rock duro, fuertes e intensos, pero que sus letras llaman a la razón. Como es obvio, a la razón de la que todos sabemos que carecen, pues consideran que esta está reñida con las caricias de sus mayores amores, sus tacos de billar.
Al igual que al dueño del local, a "Las Tres Desgracias" también podría definírselas con una canción. Inspirándonos en la letra, todos hemos pensado alguna vez en tintarles el cristal del espejo gastado en el que tanto se miran, o que eran estas un tumor del club, aunque en el fondo, todos las queremos. ¿De quién nos reiríamos si no de ellas?
Leyre, mientras, es sensual como un tango, y para algunos, sexual como el jazz. En lenguaje alvitiano (a quién, por cierto, le sienta Sabina mejor que a Scarlett Johansson sus habituales palabra de honor encarnados), sería ella un nueve largo encubierto en la imberbe apariencia de un mediocre seis, a quién el sonido de un saxo haría más justicia que cualquier falda corta.
Gustavo y Juan, esa extraña pareja. Más de una vez han compartido mesa, barra, cogorza o servicio. Sin embargo, para nada comparten una definición musical. A Juan le define cualquier canción que hable de una puta y un bobo, mientras que para templar el temperamento de Gustavo, en ocasiones, sería preciso el new age de Yanni o Sakya Tashi Ling.
A Marco quizá le pegue más algo del gran Riki López, como "un hombre despechado". Es lo más justo, teniendo en cuenta que habla y actúa con respecto a esos tres frutos de su pasado como si fuesen ex novias que le hubiesen llevado a la infelicidad, a las drogas, o a ambas cosas.
Pedro es ingenuo como un grupo de indie. Escribe sus artículos como si no existiese maldad en el mundo, o como si hubiese acabado de colocarse con una raya de azúcar siendo diabético.
Yo, mientras, soy indefinible. Únicamente soy un mero espectador de lo que en La Lola's ocurre, un mero oyente de lo que allí se cuenta, una mera nota de ese saxofón cuya alma se asemeja a un nueve largo.
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miércoles, 21 de enero de 2009
Puntos suspensivos
Ha llegado Sabina al Rincón de los Arrastrados. Dos pasos detrás de él, venía el gran Alberto, primera de esas Almas Errantes que se han prestado a hacer de este Rincón algo tan acogedor que cualquier pobre diablo preferirá yacer durante una eternidad en estos lares en lugar de hacerlo en otros vestido con pijama de pino.
No fue bueno... pero fue lo mejor
Las mujeres, los hombres, los niños, los perros...todos, absolutamente todos, perseguimos el mismo deseo durante nuestra existencia: ‘Amar y ser amados’.
Odio a esa clase de personas que reniegan del amor, a ese tipo de personas que se escudan con frases del tipo: ‘El amor no está hecho para mí’…‘Realmente nunca supe amar’…‘Amo mi soledad’…‘Nací para ser libre’… Mentira. Todo es una falacia.
No son más que frases carentes de sentido, frases de consuelo para tipos tristes, para hombres, mujeres, niños y perros que fueron abandonados a su buena suerte.
Quizá no fue en una cuneta, quizá tampoco en un bar, quizá no sufriste directamente el abandono físico por parte de otra persona o ser animado…pero lo sientes así.
Sientes que nadie te comprende, que todo el maldito y ruidoso mundo vive en pareja, que estás condenado a caminar solo por el mundo…piensas que jamás conocerás a nadie que merezca la pena...Piensas que la humanidad se está yendo a pique, y que nadie se encuentra a salvo…Piensas que...dejar de pensar sería la mejor respuesta.
Últimamente tan solo frecuentas cuerpos, desnudas mentes, recorres calles de madrugada, y todo ello ¿para qué?... cariño, yo tengo la respuesta; Todo ello para volver a casa sintiendo que tu vida está un poquito más vacía. Esto debe ser lo que los bohemios entienden por felicidad. En fin.
Cansado de navegar entre dos aguas, cansado de la rutina, casado de todo y de nada, cansado sin más. Estoy cansado.
Odio conocer a desconocidos, y desconocer a los que creo conocer. Odio demasiadas cosas, pero he de reconocer que amo muchas más de las que odio.
Me odio por tirar por tierra mis principios, por ser en ocasiones un cobarde. Me odio…pero he de reconocer que me amo mucho más.
Tengo una teoría, basada en que el ser humano realmente no busca comprensión en otras personas, sino simple y puro amor. Amor verdadero. Amor ‘del bueno’ que dicen.
Es una simple teoría, tengo otras mucho mejores.
Decía el gran y pérdido sabina en una de sus coplas:
Lo peor del amor es cuando pasa,
cuando al punto final de los finales
no le quedan dos puntos suspensivos…
No le falta razón…pero yo soy de los que piensan que hay que saltar al vacío cuando uno así lo siente, a pesar de los efectos de la caída.
Podría decirse del amor, cuando termina: ‘No fue bueno, pero fue lo mejor’.
Ay dios, si del mundo yo tuviera el timón…
* Escrito por: Alberto Rodríguez
Odio a esa clase de personas que reniegan del amor, a ese tipo de personas que se escudan con frases del tipo: ‘El amor no está hecho para mí’…‘Realmente nunca supe amar’…‘Amo mi soledad’…‘Nací para ser libre’… Mentira. Todo es una falacia.
No son más que frases carentes de sentido, frases de consuelo para tipos tristes, para hombres, mujeres, niños y perros que fueron abandonados a su buena suerte.
Quizá no fue en una cuneta, quizá tampoco en un bar, quizá no sufriste directamente el abandono físico por parte de otra persona o ser animado…pero lo sientes así.
Sientes que nadie te comprende, que todo el maldito y ruidoso mundo vive en pareja, que estás condenado a caminar solo por el mundo…piensas que jamás conocerás a nadie que merezca la pena...Piensas que la humanidad se está yendo a pique, y que nadie se encuentra a salvo…Piensas que...dejar de pensar sería la mejor respuesta.
Últimamente tan solo frecuentas cuerpos, desnudas mentes, recorres calles de madrugada, y todo ello ¿para qué?... cariño, yo tengo la respuesta; Todo ello para volver a casa sintiendo que tu vida está un poquito más vacía. Esto debe ser lo que los bohemios entienden por felicidad. En fin.
Cansado de navegar entre dos aguas, cansado de la rutina, casado de todo y de nada, cansado sin más. Estoy cansado.
Odio conocer a desconocidos, y desconocer a los que creo conocer. Odio demasiadas cosas, pero he de reconocer que amo muchas más de las que odio.
Me odio por tirar por tierra mis principios, por ser en ocasiones un cobarde. Me odio…pero he de reconocer que me amo mucho más.
Tengo una teoría, basada en que el ser humano realmente no busca comprensión en otras personas, sino simple y puro amor. Amor verdadero. Amor ‘del bueno’ que dicen.
Es una simple teoría, tengo otras mucho mejores.
Decía el gran y pérdido sabina en una de sus coplas:
Lo peor del amor es cuando pasa,
cuando al punto final de los finales
no le quedan dos puntos suspensivos…
No le falta razón…pero yo soy de los que piensan que hay que saltar al vacío cuando uno así lo siente, a pesar de los efectos de la caída.
Podría decirse del amor, cuando termina: ‘No fue bueno, pero fue lo mejor’.
Ay dios, si del mundo yo tuviera el timón…
* Escrito por: Alberto Rodríguez
martes, 20 de enero de 2009
The change is gonna come
En efecto, soy un escéptico del cambio. Hoy es un día histórico, sí, pero no más histórico que ayer, ni menos que mañana. El color de la historia será distinto, sí, pero su argumento será, sin duda, el mismo.
Al menos eso creo yo. Ojalá no sea así, pero poco puedo cambiar el en Imperio, más allá de Guantánamo. Ojalá no sea así, y pueda aquí hablar, algún día, de cambio.
Al menos eso creo yo. Ojalá no sea así, pero poco puedo cambiar el en Imperio, más allá de Guantánamo. Ojalá no sea así, y pueda aquí hablar, algún día, de cambio.
No lo llames cambio, llámalo marioneta
Barack Obama jamás tendría sitio en un lugar como La Lola's Club. No es que corra riesgo de recibir el cariño de los tacos de billar y sus portadores, que también, sino que alguien como él jamás se rebajaría a tratar con gente que se ha quedado a medias en un curso a distancia para oligofrénicos aspirantes a terroristas.
Un hombre de su porte y carisma podría degustar un buen vino en cualquier vinoteca de Porto, pero nunca emborracharse a la hora de la eucaristía en un sitio como este. Y es que no hay en La Lola's Club un sólo arrastrado con apariencia de estrella del Savoy.
No es que Leyre pida currículo alguno para servir una copa de matarratas, ni tampoco que no pueda inspirar al pollo que tan bien cae a Al una buena historia. Simplemente, no es La Lola's un sitio de esos donde los personajes se ven en blanco y negro, sino que más bien un paraje sacado de alguna película de Almodóvar donde lo que prime no sea el rosa fucsia y mujeres al borde de un ataque de nervios.
Pese a esto, quizá sí tuviese sitio en el Savoy en alguna de las mesas cercanas al escenario. Mientras aquí los chicos del billar se extrañarían de ver como alguien de color pretende desafiarles en su juego, en el local de Ernie más de un tipo duro buscaría sitio junto a él para escuchar la historia por la que después le pegaría un tiro en el callejón.
Y es que es Barack Obama una de esas estrellas surgidas de la nada una familia mundana y humilde y cuya juventud estuvo cargada de sexo, drogas y rock'n roll. Sin embargo, algo cambió en él. Escuchó un día a su hermano negro Martin Luther King hablar de sus sueños, y empezó a soñar él también, recordando las historias que su padre contaba sobre Kenia.
Se dijo a sí mismo que alguien tan cosmopolita como él no podía ser un mediocre más, y empezó a cambiar su mundo, y a convertirse en eso por lo que hoy día en el Savoy sería condenado a muerte: Su ambición.
Como Frankie, empezó a ganarse el favor de gente cercana a JFK y a subir como la espuma en su vida. Empezó también, por esa ambición, a soñar con que el cambio fuese más allá de su fuero interno, hasta que consiguió hacer realidad ese sueño de ser el primer César negro del Imperio Norteamericano.
"El cambio ha llegado", dijo tras convertirse en Emperador mundial electo, aunque es aún hoy cuando toma posesión de tan preciado cargo.
Me dijo el otro día Al que hay mentes con olor a rancio que piensan que lo difícil era que no se produjese cambio alguno con respecto al reinado del mal del Monstruo de las galletas, ese a quién Iraq le confundieron recientemente con nuestro presidente cuando le dijeron eso de "zapatero, a mis zapatos". Mentes rancias, decía, no ya por restar mérito futuro a alguien en plena senectud, sino a una mujer o un negro. Raro es que esas mentes no estén todavía jugando con los chicos del billar, o que no hayan yacido aún en el callejón.
Y es que en el Savoy no importa el sexo ni el color, sino lo amargo de tu historia personal, y es esa amargura lo que hoy día salva a Obama de dormir en pijama de pino. No ya esa amargura pasada, sino la amargura que, como el cambio, está aún por venir.
Comentaba el otro día con John que, lo crea él o no, las cartas están ya sobre la mesa, y difícil es cambiar el sentido del juego. "En estos tiempos del sálvese quién pueda, el único cambio posible es el del nombre de aquel que por el sistema es manejado. Ayer era Bush, hoy será Obama", añadió. Según él, poco importa que la película sea en blanco y negro o a color. Lo realmente importante es el argumento.
Dejando Guantánamo de lado, en el fondo no le falta razón. El cambio vendrá cuando los intereses muevan los hilos para que la marioneta actúe en un distinto sentido. Ayer era Bush, hoy será Obama, y yo mañana me levantaré siendo el mismo.
¿Cambio? Quizá, pero nunca antes de que la marioneta se dé cuenta de los hilos que de su cabeza penden. Para entonces será ya demasiado tarde, tanto, que Barack se habrá ganado el favor de los tipos duros del Savoy. Será entonces cuando realmente se produzca el cambio, de condenado a morir en el callejón, a condenado a beber en el Savoy.
Un hombre de su porte y carisma podría degustar un buen vino en cualquier vinoteca de Porto, pero nunca emborracharse a la hora de la eucaristía en un sitio como este. Y es que no hay en La Lola's Club un sólo arrastrado con apariencia de estrella del Savoy.
No es que Leyre pida currículo alguno para servir una copa de matarratas, ni tampoco que no pueda inspirar al pollo que tan bien cae a Al una buena historia. Simplemente, no es La Lola's un sitio de esos donde los personajes se ven en blanco y negro, sino que más bien un paraje sacado de alguna película de Almodóvar donde lo que prime no sea el rosa fucsia y mujeres al borde de un ataque de nervios.
Pese a esto, quizá sí tuviese sitio en el Savoy en alguna de las mesas cercanas al escenario. Mientras aquí los chicos del billar se extrañarían de ver como alguien de color pretende desafiarles en su juego, en el local de Ernie más de un tipo duro buscaría sitio junto a él para escuchar la historia por la que después le pegaría un tiro en el callejón.
Y es que es Barack Obama una de esas estrellas surgidas de la nada una familia mundana y humilde y cuya juventud estuvo cargada de sexo, drogas y rock'n roll. Sin embargo, algo cambió en él. Escuchó un día a su hermano negro Martin Luther King hablar de sus sueños, y empezó a soñar él también, recordando las historias que su padre contaba sobre Kenia.
Se dijo a sí mismo que alguien tan cosmopolita como él no podía ser un mediocre más, y empezó a cambiar su mundo, y a convertirse en eso por lo que hoy día en el Savoy sería condenado a muerte: Su ambición.
Como Frankie, empezó a ganarse el favor de gente cercana a JFK y a subir como la espuma en su vida. Empezó también, por esa ambición, a soñar con que el cambio fuese más allá de su fuero interno, hasta que consiguió hacer realidad ese sueño de ser el primer César negro del Imperio Norteamericano.
"El cambio ha llegado", dijo tras convertirse en Emperador mundial electo, aunque es aún hoy cuando toma posesión de tan preciado cargo.
Me dijo el otro día Al que hay mentes con olor a rancio que piensan que lo difícil era que no se produjese cambio alguno con respecto al reinado del mal del Monstruo de las galletas, ese a quién Iraq le confundieron recientemente con nuestro presidente cuando le dijeron eso de "zapatero, a mis zapatos". Mentes rancias, decía, no ya por restar mérito futuro a alguien en plena senectud, sino a una mujer o un negro. Raro es que esas mentes no estén todavía jugando con los chicos del billar, o que no hayan yacido aún en el callejón.
Y es que en el Savoy no importa el sexo ni el color, sino lo amargo de tu historia personal, y es esa amargura lo que hoy día salva a Obama de dormir en pijama de pino. No ya esa amargura pasada, sino la amargura que, como el cambio, está aún por venir.
Comentaba el otro día con John que, lo crea él o no, las cartas están ya sobre la mesa, y difícil es cambiar el sentido del juego. "En estos tiempos del sálvese quién pueda, el único cambio posible es el del nombre de aquel que por el sistema es manejado. Ayer era Bush, hoy será Obama", añadió. Según él, poco importa que la película sea en blanco y negro o a color. Lo realmente importante es el argumento.
Dejando Guantánamo de lado, en el fondo no le falta razón. El cambio vendrá cuando los intereses muevan los hilos para que la marioneta actúe en un distinto sentido. Ayer era Bush, hoy será Obama, y yo mañana me levantaré siendo el mismo.
¿Cambio? Quizá, pero nunca antes de que la marioneta se dé cuenta de los hilos que de su cabeza penden. Para entonces será ya demasiado tarde, tanto, que Barack se habrá ganado el favor de los tipos duros del Savoy. Será entonces cuando realmente se produzca el cambio, de condenado a morir en el callejón, a condenado a beber en el Savoy.
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Jesús Domínguez,
La Lola's Club
I'm your man
En La Lola's Club la gente no baila, pero sí se escucha música bailable, música sensual que incita a unir el propio cuerpo con el de alguien del sexo opuesto y ser jazz.
Fauna jazzística
La gente no suele bailar en La Lola's Club. La música, habitualmente, invita a ello, pero lo más similar a un baile que se produce no es al son de la música, sino de una victoria en el billar. Aunque antiestéticos, también pueden considerarse proyectos de baile los resbalones que se producen cuando los borrachos dejan de llenar sus bocas de alcohol para inundar el suelo con este. Y es que muchas veces, hay demasiadas aves carroñeras ávidas de sangre como para sólo hacer el amago de agarrarse al palo de la escoba.
Si eres hombre, corres el riesgo de entrarle por el ojo a alguna de Las Tres Desgracias, o de hacerlo por el rabillo de su campo visual. A mi, personalmente, me es indiferente esto último. Al contrario, casi prefiero que las miradas sean de superioridad a que en ellas se vea la lascivia que en ocasiones les embarga.
Mientras, si eres mujer, puedes darte por jodida. Mientras los radares de los chicos del billar no se activan con la presencia de ningún hombre que no forme parte de la partida, lo hacen por sistema cuando es una mujer quién mueve sus caderas a lo largo y ancho del local. Existen, tras ello, dos opciones. Si esas caderas se prestan anchas, dirigen sus miradas a la mesa donde se encuentran Las Tres Desgracias, buscando miradas cómplices favorables al escarnio, y si son largas, se juegan a "piedra, papel y tijera" quién será el que intente atraer a la dama a la mesa mediante gruñidos.
Normalmente, este ritual es tan llamativo, que las mujeres huyen despavoridas. De no ser así, sufrirán igualmente el escarnio de las ínclitas si se acercan al resto de chicos o verán su voluntad sometida a la de palo de escoba si se niegan a hacerlo.
Estos comportamientos, casi instintivos, sería dignos de formar parte de los estudios sobre fauna ibérica de Félix Rodríguez de la Fuente si este todavía viviese, y también si fuese capaz de permanecer cuerdo viendo actos que si bien son habituales a lo largo de las cadenas montañosas españolas, no lo son tanto allí donde, en teoría, debería primar la razón.
No es que yo sea un visionario, o que quiera compararme con quién tan ingentes estudios ha realizado sobre los animales de la península, pero para ser sincero, a su obra le han faltado un par de copas en La Lola's Club para poder considerarse completa. Tampoco le culpo. Hasta yo preferiría observar el ritual de apareamiento del lince ibérico en lugar de ver como cabestros bípedos se pavonean como lo hacen por recordar durante unos segundos qué es un orgasmo. Tampoco sería completa mi observación si no le reconociese mérito a uno de esos bípedos. Él, al menos, puede recordar desde hace un tiempo que hay sexo más allá de "El Solitario", aunque a qué precio. Mil bancos robaría, si fuese preciso, a cambio de evitar que el "Señor Andrés" me susurrase al oído que iba a proceder a echarme unos polvitos mágicos, y no precisamente en mi copa de ron.
La gente no baila en La Lola's Club. Lástima. Quizá, de hacerlo, conseguirían dejar atrás el merecimiento de ser incluidos en "Fauna Ibérica" y poder considerarse, a todos los efectos y como los tipos del Savoy y sus acompañantes, fauna jazzística.
Si eres hombre, corres el riesgo de entrarle por el ojo a alguna de Las Tres Desgracias, o de hacerlo por el rabillo de su campo visual. A mi, personalmente, me es indiferente esto último. Al contrario, casi prefiero que las miradas sean de superioridad a que en ellas se vea la lascivia que en ocasiones les embarga.
Mientras, si eres mujer, puedes darte por jodida. Mientras los radares de los chicos del billar no se activan con la presencia de ningún hombre que no forme parte de la partida, lo hacen por sistema cuando es una mujer quién mueve sus caderas a lo largo y ancho del local. Existen, tras ello, dos opciones. Si esas caderas se prestan anchas, dirigen sus miradas a la mesa donde se encuentran Las Tres Desgracias, buscando miradas cómplices favorables al escarnio, y si son largas, se juegan a "piedra, papel y tijera" quién será el que intente atraer a la dama a la mesa mediante gruñidos.
Normalmente, este ritual es tan llamativo, que las mujeres huyen despavoridas. De no ser así, sufrirán igualmente el escarnio de las ínclitas si se acercan al resto de chicos o verán su voluntad sometida a la de palo de escoba si se niegan a hacerlo.
Estos comportamientos, casi instintivos, sería dignos de formar parte de los estudios sobre fauna ibérica de Félix Rodríguez de la Fuente si este todavía viviese, y también si fuese capaz de permanecer cuerdo viendo actos que si bien son habituales a lo largo de las cadenas montañosas españolas, no lo son tanto allí donde, en teoría, debería primar la razón.
No es que yo sea un visionario, o que quiera compararme con quién tan ingentes estudios ha realizado sobre los animales de la península, pero para ser sincero, a su obra le han faltado un par de copas en La Lola's Club para poder considerarse completa. Tampoco le culpo. Hasta yo preferiría observar el ritual de apareamiento del lince ibérico en lugar de ver como cabestros bípedos se pavonean como lo hacen por recordar durante unos segundos qué es un orgasmo. Tampoco sería completa mi observación si no le reconociese mérito a uno de esos bípedos. Él, al menos, puede recordar desde hace un tiempo que hay sexo más allá de "El Solitario", aunque a qué precio. Mil bancos robaría, si fuese preciso, a cambio de evitar que el "Señor Andrés" me susurrase al oído que iba a proceder a echarme unos polvitos mágicos, y no precisamente en mi copa de ron.
La gente no baila en La Lola's Club. Lástima. Quizá, de hacerlo, conseguirían dejar atrás el merecimiento de ser incluidos en "Fauna Ibérica" y poder considerarse, a todos los efectos y como los tipos del Savoy y sus acompañantes, fauna jazzística.
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Jesús Domínguez,
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domingo, 18 de enero de 2009
Smoke gets in your eyes
Es justo, creo, que después de hablar de tabaco, la canción que acompañe al último texto se refiera, cuanto menos, al humo que este desprende, tal y como hace este tema.
Tabaco en oferta
"Cuando te reveles contra algo que detestes, chico, las obleas con las que emules al sacerdote de tu parroquia no han de estar sino cargadas de paciencia y tranquilidad. De lo contrario, no captarán lo que están recibiendo como un dardo envenenado, sino como el berrinche de un párvulo".
Aquel hombre había salido de su casa para comprar tabaco, y no volvió. No es que su intención fuese la de fugarse. Simplemente, cometió un gran error: Entrar a comprar tabaco a un sitio como La Lola's Club.
Había entrado en uno de aquellos días en los que, aún con toda la nieve que caía, el cielo se reflejaba en el suelo gris de La Lola's con un color azul intenso y un sol rebosante de luz. Llegaba a ser pedante este ambiente que en ocasiones había en el local. Y sin embargo, con su mera entrada, un par de nubarrones cubrieron esa luminosidad del suelo. Al poco, nos dimos cuenta de que así estaba su vida, llena de nubarrones. Su mayor desgracia no fue no encontrar la salida a esa espiral de billar y alcohol, ni tampoco que en La Lola's no haya máquina expendedora de tabaco, sino que nadie esperaba que dejase La Lola's Club y volviese a casa. Seguramente, incluso su perro habría aprovechado la oportunidad para saltar por la ventana, tal y como había hecho su concubina años atrás. Desde entonces, era un hombre atormentado. Había sido despojado de su oficio por depresión, decían, y sin embargo, su beneficio le permitía vivir de manera bastante holgada, dada la pensión que recibía. Por esto último, no tenía mayor preocupación que llevar siempre en la cartera dinero suficiente para invitar a una ronda al resto de chicos del billar, ni mayor alegría que ser capaz de reponerse de vez en cuando a su acuciante misoginia y, al menos, articular de cuando en vez , o algo más, con alguien del sexo opuesto.
Leyre era una de esas chicas con las que sí era capaz de hablar. Después de que su mujer se suicidase, fue tal el odio que adquirió a la mujeres, que pensaba que estas tenían forma de ángel, corazón de serpiente y mente de asno. A ella, sin embargo, no la tenía por un ser inferior. Quizá le recordase a su mujer, quién sabe. La cuestión es que él siempre se sentaba en la esquina de la barra donde ella atendía, y sólo gustaba de ser atendido por ella. Quizá también porque, con el tiempo, ella acabó comenzando a cobrarle a precio "de amigo" o, como él decía, a "venderle tabaco en oferta". Y es que, para él, eran esos dos sus mayores vicios, el tabaco y el alcohol.
Un día, hablando de mujeres, reflexionó sobre cómo se las debe tratar. Pese a ese odio que tiene al sexo opuesto, parece que Leyre le ha ablandado el corazón. Gracias a su tabaco en oferta, iba relacionándose ya con mujeres, y también acostándose. Entonces, no habló ya de dureza, sino de un dardo envenenado en forma de paciencia y tranquilidad.
Supongo que con ello lo que pretendía es decir que, en caso de disputa, hay siempre que intentar ser más inteligente que la otra parte. A mi modo de ver, ello se puede hacer extensivo también a disputas entre hombres, aunque ese no fuese el tema. Y es que puede ese hombre ser misógino, fumador, alcohólico o hare krisknaar, si con ello es feliz. Lo que está claro, es que en aquellas sabias palabras no le falta razón alguna.
Aquel hombre había salido de su casa para comprar tabaco, y no volvió. No es que su intención fuese la de fugarse. Simplemente, cometió un gran error: Entrar a comprar tabaco a un sitio como La Lola's Club.
Había entrado en uno de aquellos días en los que, aún con toda la nieve que caía, el cielo se reflejaba en el suelo gris de La Lola's con un color azul intenso y un sol rebosante de luz. Llegaba a ser pedante este ambiente que en ocasiones había en el local. Y sin embargo, con su mera entrada, un par de nubarrones cubrieron esa luminosidad del suelo. Al poco, nos dimos cuenta de que así estaba su vida, llena de nubarrones. Su mayor desgracia no fue no encontrar la salida a esa espiral de billar y alcohol, ni tampoco que en La Lola's no haya máquina expendedora de tabaco, sino que nadie esperaba que dejase La Lola's Club y volviese a casa. Seguramente, incluso su perro habría aprovechado la oportunidad para saltar por la ventana, tal y como había hecho su concubina años atrás. Desde entonces, era un hombre atormentado. Había sido despojado de su oficio por depresión, decían, y sin embargo, su beneficio le permitía vivir de manera bastante holgada, dada la pensión que recibía. Por esto último, no tenía mayor preocupación que llevar siempre en la cartera dinero suficiente para invitar a una ronda al resto de chicos del billar, ni mayor alegría que ser capaz de reponerse de vez en cuando a su acuciante misoginia y, al menos, articular de cuando en vez , o algo más, con alguien del sexo opuesto.
Leyre era una de esas chicas con las que sí era capaz de hablar. Después de que su mujer se suicidase, fue tal el odio que adquirió a la mujeres, que pensaba que estas tenían forma de ángel, corazón de serpiente y mente de asno. A ella, sin embargo, no la tenía por un ser inferior. Quizá le recordase a su mujer, quién sabe. La cuestión es que él siempre se sentaba en la esquina de la barra donde ella atendía, y sólo gustaba de ser atendido por ella. Quizá también porque, con el tiempo, ella acabó comenzando a cobrarle a precio "de amigo" o, como él decía, a "venderle tabaco en oferta". Y es que, para él, eran esos dos sus mayores vicios, el tabaco y el alcohol.
Un día, hablando de mujeres, reflexionó sobre cómo se las debe tratar. Pese a ese odio que tiene al sexo opuesto, parece que Leyre le ha ablandado el corazón. Gracias a su tabaco en oferta, iba relacionándose ya con mujeres, y también acostándose. Entonces, no habló ya de dureza, sino de un dardo envenenado en forma de paciencia y tranquilidad.
Supongo que con ello lo que pretendía es decir que, en caso de disputa, hay siempre que intentar ser más inteligente que la otra parte. A mi modo de ver, ello se puede hacer extensivo también a disputas entre hombres, aunque ese no fuese el tema. Y es que puede ese hombre ser misógino, fumador, alcohólico o hare krisknaar, si con ello es feliz. Lo que está claro, es que en aquellas sabias palabras no le falta razón alguna.
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Jesús Domínguez,
La Lola's Club
sábado, 17 de enero de 2009
Mad about the boy
La Lola's Club no es un sabor. Tampoco es un olor, ni un sonido.
No es, ni de lejos, el Savoy. Aquellos que transitan por los dos locales, sabe que jamás será La Lola's como el local neoyorkino. Sin embargo, saben que de ser un sabor, sería añejo. De ser un olor, sería similar a ese incienso que busca purificar el ambiente. Y de ser un sonido, bien podría ser un tema como el siguiente:
No es, ni de lejos, el Savoy. Aquellos que transitan por los dos locales, sabe que jamás será La Lola's como el local neoyorkino. Sin embargo, saben que de ser un sabor, sería añejo. De ser un olor, sería similar a ese incienso que busca purificar el ambiente. Y de ser un sonido, bien podría ser un tema como el siguiente:
Alguien especial
"Sabes, cielo, tampoco yo sé bien que le encuentro a semejante amargado. Tú mismo lo has visto, en cuanto lleva un par de copas encima, no deja de hablar de ella. Y aún así, jamás he cortado su historia ni he dejado de compadecerle. Tampoco le he negado nunca una cita, aunque en ocasiones me haya dejado plantada. Es el único cliente que puede presumir de que fuera de La Lola's quede con él, y aún así, me desperdicia como a un despojo cualquiera. Y es que no son pocos los que me pretenden, cielo, pero sí a los que no mando a paseo, y él…"
Definitivamente, sí había algo más entre Leyre y aquel pobre diablo. Para que luego diga Alvite que en La Lola's no ocurren cosas interesantes. Ella me había engañado a base de bien. Creía yo viendo a ese sujeto que quizá ella tuviese algo especial, como Earnie, como para que la gente le contase sus penas al segundo sorbo de bourbon, y lo único que tenía de especial, a lo sumo, habrían sido un par de polvos en alguna noche lluviosa. No podía reprocharle nada, aún así, encima de tener que soportar sobre sus hombros aquel aura divina, tampoco iba yo a ponerme quisquilloso con la chica porque el estar detrás de la barra la equiparase con el sacerdote de mi parroquia. No creo que le faltase, además, razón en eso de que no serán pocos los que le pretenden ya que sin ser una top model, he de reconocer que la chica está de muy buen ver. No es que a mi me guste la chica, pero hay que reconocerle el mérito al chico para conquistarla.
Le falta bastante a Leyre para ser como "La Mesa", "La Hipotenusa" y "El Señor Andrés", por suerte. Al menos, tres sesiones de chapa y cuatro de pintura, más dos semanas siguiendo la dieta de la alcachofa. También debería crecer medio metro más, ese medio metro de aguja que utilizan Las Tres Desgracias para elevarse sobre lo que ellas consideran el populacho, que no es, en realidad, más la gente normal. No exhibe tampoco tanto postureo como ellas. Sí comparten el que tampoco ella tiene el glamour de las estrellas que se retocan el maquillaje en los lavabos del Savoy, quizá porque alguien como ella, en el local de la Gran Manzana, sólo conseguiría empleo para limpiar estos.
En esto último, al menos, ganaba con respecto a las otras. Ellas jamás se rebajarían a limpiar los bajos, ni tan siquiera los suyos, mientras Leyre no lleva anillo alguno en la mano como para no bajar el lomo para frotar el suelo, o quién sabe, si para limpiar algún que otro bajo. Lo poco que con ella he tratado, no parece de las que hacen esto último, la verdad. Es mundana, sí, pero recatada, sin caer en lo pedante de las tres desgracias. No es que a mi me importe a lo que se rebaja, en su vida laboral o sentimental, pero sí parece extraño que lo haga en esto último, y sin embargo, con ese imbécil lo hace.
Siguió contándome entre copa y copa servidas que también ella había estado enamorada, y que quizá esa compasión que por él sentía se debiese al hijoputismo que había tenido que soportar. Le corté diciendo que por la caridad entra la peste, pero rápidamente contestó "cuando has estado con alguien tan testarudo como para haber necesitado el baño de su casa para ser bautizado, cielo, te das cuenta de que hasta un chute de bubónica puede funcionar en el amor mejor que cualquier psicotrópico". Intuí que o que pretendía decirme con eso es que, en ocasiones, el amor es ciego.
De repente, vi entrar al "Señor Andrés" del fornido brazo de uno de los chicos del billar, y supe que de estar en lo cierto en mi interpretación, Leyre tenía razón, y más cuando nos miramos y me dijo "cielo, he dicho bubónica, no oligofrenia". También con ello llevaba razón, pues sólo un oligofrénico podría dejarse tocar por "aquello".
El hombre que nos había hablado el día anterior de ella, aseveró, "Dios los da, y ellos se juntan. Sólo espero que así se los encuentre el día del Juicio. De lo contrario, tendrá que malgastar mucho dinero en taxi para ir a la mierda donde se tope aquel que encuentre de último". Yo, la verdad, dudo que Dios vaya en taxi, pero por su bien, y de ser así, espero que se cumpla la petición de aquel bendito… o que la crisis le pille confesado.
Definitivamente, sí había algo más entre Leyre y aquel pobre diablo. Para que luego diga Alvite que en La Lola's no ocurren cosas interesantes. Ella me había engañado a base de bien. Creía yo viendo a ese sujeto que quizá ella tuviese algo especial, como Earnie, como para que la gente le contase sus penas al segundo sorbo de bourbon, y lo único que tenía de especial, a lo sumo, habrían sido un par de polvos en alguna noche lluviosa. No podía reprocharle nada, aún así, encima de tener que soportar sobre sus hombros aquel aura divina, tampoco iba yo a ponerme quisquilloso con la chica porque el estar detrás de la barra la equiparase con el sacerdote de mi parroquia. No creo que le faltase, además, razón en eso de que no serán pocos los que le pretenden ya que sin ser una top model, he de reconocer que la chica está de muy buen ver. No es que a mi me guste la chica, pero hay que reconocerle el mérito al chico para conquistarla.
Le falta bastante a Leyre para ser como "La Mesa", "La Hipotenusa" y "El Señor Andrés", por suerte. Al menos, tres sesiones de chapa y cuatro de pintura, más dos semanas siguiendo la dieta de la alcachofa. También debería crecer medio metro más, ese medio metro de aguja que utilizan Las Tres Desgracias para elevarse sobre lo que ellas consideran el populacho, que no es, en realidad, más la gente normal. No exhibe tampoco tanto postureo como ellas. Sí comparten el que tampoco ella tiene el glamour de las estrellas que se retocan el maquillaje en los lavabos del Savoy, quizá porque alguien como ella, en el local de la Gran Manzana, sólo conseguiría empleo para limpiar estos.
En esto último, al menos, ganaba con respecto a las otras. Ellas jamás se rebajarían a limpiar los bajos, ni tan siquiera los suyos, mientras Leyre no lleva anillo alguno en la mano como para no bajar el lomo para frotar el suelo, o quién sabe, si para limpiar algún que otro bajo. Lo poco que con ella he tratado, no parece de las que hacen esto último, la verdad. Es mundana, sí, pero recatada, sin caer en lo pedante de las tres desgracias. No es que a mi me importe a lo que se rebaja, en su vida laboral o sentimental, pero sí parece extraño que lo haga en esto último, y sin embargo, con ese imbécil lo hace.
Siguió contándome entre copa y copa servidas que también ella había estado enamorada, y que quizá esa compasión que por él sentía se debiese al hijoputismo que había tenido que soportar. Le corté diciendo que por la caridad entra la peste, pero rápidamente contestó "cuando has estado con alguien tan testarudo como para haber necesitado el baño de su casa para ser bautizado, cielo, te das cuenta de que hasta un chute de bubónica puede funcionar en el amor mejor que cualquier psicotrópico". Intuí que o que pretendía decirme con eso es que, en ocasiones, el amor es ciego.
De repente, vi entrar al "Señor Andrés" del fornido brazo de uno de los chicos del billar, y supe que de estar en lo cierto en mi interpretación, Leyre tenía razón, y más cuando nos miramos y me dijo "cielo, he dicho bubónica, no oligofrenia". También con ello llevaba razón, pues sólo un oligofrénico podría dejarse tocar por "aquello".
El hombre que nos había hablado el día anterior de ella, aseveró, "Dios los da, y ellos se juntan. Sólo espero que así se los encuentre el día del Juicio. De lo contrario, tendrá que malgastar mucho dinero en taxi para ir a la mierda donde se tope aquel que encuentre de último". Yo, la verdad, dudo que Dios vaya en taxi, pero por su bien, y de ser así, espero que se cumpla la petición de aquel bendito… o que la crisis le pille confesado.
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viernes, 16 de enero de 2009
That's life
No hay nada mejor que la sátira para retratar a alguien que no es de tu agrado. Y poco mejor hay que algo estúpido para acompañar tal sátira, máxime si lo canta Sinatra.
Las Tres Desgracias
Hoy me he acordado mucho de Frankie. Nada más entrar en La Lola's, me vino a la mente aquello que él me dijo cuando fui a visitarlo. Y es que en la esquina opuesta a la mesa de billar había tres sujetos curiosos. Tres personajes de esos a los que Sinatra se había referido, esa gente que en busca del glamour, no come por no defecar.
No conocí a Ava Gardner, Mia Farrow o Marilyn Monroe, pero sabía que aquellos sujetos no se parecían, ni de lejos, a ellas tres, aunque así lo creyesen. Al solía hablarme del encanto de Lorraine Webster. Tampoco creo que a ella se pareciesen.
A decir verdad, aunque así se sintiesen, más que "Las Tres Gracias", parecían aquellas insulsas "Las Tres Desgracias". Hasta las tres gordas del cuadro eran más gráciles que esas tres arpías. Los chicos del billar, de ser preguntados, seguramente contestasen que no las tocarían ni con un palo con la punta ardiendo y aderezada con tropezones de bosta bovina.
En la barra me encontré con un hombre que, entre sorbo y sorbo, las miraba y se reía. Decía haber compartido algunos momentos de su vida con ellas.
Según él, cuando las conoció, sus mentes tenían diez años más que sus cuerpos. Ahora, saltaba a la vista que eran sus cuerpos quienes aventajaban en una década a sus mentes. Pretendieron madurar pronto, y lo que lograron fue envejecer demasiado deprisa.
Aún así, aquel hombre no parecía compadecerlas. De hecho, se refería a ellas tres como "La Hipotenusa", "La Silla" y "el Señor Andrés".
No es que esta última gastase mostacho, ni tampoco que fuese demasiado varonil, sino que solía buscar en la gente el mero provecho. "Polo pan baila o can", aseveró una de las allí presentes con su acento gallego. "Por el interés te quiere Andrés", tuve que traducir al resto de oyentes de tan peculiar escarnio.
Con cierto desprecio, a la de en medio la llamaba "La Silla". Decía de ella que su materia gris y su personalidad eran del mismo tamaño que las de un mueble. Con la espalda recta y estirada, daba la sensación de que si alguien se le sentase encima, lo máximo que podría recibir como respuesta sería el chasquido de la madera carcomida, salvo que "La Hipotenusa" alzase la voz.
Era "La Hipotenusa" la más llamativa de las tres. Mientras "el Señor Andrés" buscaba encubrir con esa falsa sonrisa que en ocasiones esbozaba y con su sociabilidad algo a caballo entre el Fuhrer y un malo de una película de Marvel cualquiera y "La Silla" era casi un mueble más de La Lola's Club, la tercera en discordia daba la sensación de que era de esos animales a los que hay que dar de comer aparte.
Decía aquel hombre que en su juventud, muchas veces se la veía acompañada de dos catetos cuadrados. Es obvio, pues, que su apodo provenía de un juego de palabras entre el tamaño físico de aquellos aplaude-bobos que besaban por donde ella pisaba y su forma de ser respecto de terceros.
Yo, la verdad, sé poco de matemáticas, pero creo recordar que la hipotenusa es el lado más largo del triángulo, algo que de entre las tres, saltaba a la vista que así era. También era su tono de voz más alto de entre las tres, y también ella parecía ser quién más destacaba. Sin embargo, tampoco tiene mucho mérito ser el lado más largo de un triángulo cuando los otros dos que lo acompañan parecen más bien ser los lados más cortitos de un rectángulo.
La verdad, a mi sí acabaron dándome pena. Pobres. Aquel hombre había llegado a La Lola's Club abrazando una maceta de cizaña. Seguro que estando en manos de cualquier santo, preferiría este ser demonizado haciendo un favor al mundo no dándoles qué hablar por medio de las miradas (de las que ellas se reían, creyéndose más monas que Chita y más divinas que Audrey Hepburn), sino dándoles sentido a su vida dándoles un abrazo a ellas guadaña en mano.
Definitivamente, Frankie tenía razón. Mucha aparente sabiduría y mucho postureo, y resulta que, tal y como él decía, sí existe ese tipo de gente cuyo valor es menor que el de su propia mierda. La muestra, en aquella mesa de La Lola's Club.
No conocí a Ava Gardner, Mia Farrow o Marilyn Monroe, pero sabía que aquellos sujetos no se parecían, ni de lejos, a ellas tres, aunque así lo creyesen. Al solía hablarme del encanto de Lorraine Webster. Tampoco creo que a ella se pareciesen.
A decir verdad, aunque así se sintiesen, más que "Las Tres Gracias", parecían aquellas insulsas "Las Tres Desgracias". Hasta las tres gordas del cuadro eran más gráciles que esas tres arpías. Los chicos del billar, de ser preguntados, seguramente contestasen que no las tocarían ni con un palo con la punta ardiendo y aderezada con tropezones de bosta bovina.
En la barra me encontré con un hombre que, entre sorbo y sorbo, las miraba y se reía. Decía haber compartido algunos momentos de su vida con ellas.
Según él, cuando las conoció, sus mentes tenían diez años más que sus cuerpos. Ahora, saltaba a la vista que eran sus cuerpos quienes aventajaban en una década a sus mentes. Pretendieron madurar pronto, y lo que lograron fue envejecer demasiado deprisa.
Aún así, aquel hombre no parecía compadecerlas. De hecho, se refería a ellas tres como "La Hipotenusa", "La Silla" y "el Señor Andrés".
No es que esta última gastase mostacho, ni tampoco que fuese demasiado varonil, sino que solía buscar en la gente el mero provecho. "Polo pan baila o can", aseveró una de las allí presentes con su acento gallego. "Por el interés te quiere Andrés", tuve que traducir al resto de oyentes de tan peculiar escarnio.
Con cierto desprecio, a la de en medio la llamaba "La Silla". Decía de ella que su materia gris y su personalidad eran del mismo tamaño que las de un mueble. Con la espalda recta y estirada, daba la sensación de que si alguien se le sentase encima, lo máximo que podría recibir como respuesta sería el chasquido de la madera carcomida, salvo que "La Hipotenusa" alzase la voz.
Era "La Hipotenusa" la más llamativa de las tres. Mientras "el Señor Andrés" buscaba encubrir con esa falsa sonrisa que en ocasiones esbozaba y con su sociabilidad algo a caballo entre el Fuhrer y un malo de una película de Marvel cualquiera y "La Silla" era casi un mueble más de La Lola's Club, la tercera en discordia daba la sensación de que era de esos animales a los que hay que dar de comer aparte.
Decía aquel hombre que en su juventud, muchas veces se la veía acompañada de dos catetos cuadrados. Es obvio, pues, que su apodo provenía de un juego de palabras entre el tamaño físico de aquellos aplaude-bobos que besaban por donde ella pisaba y su forma de ser respecto de terceros.
Yo, la verdad, sé poco de matemáticas, pero creo recordar que la hipotenusa es el lado más largo del triángulo, algo que de entre las tres, saltaba a la vista que así era. También era su tono de voz más alto de entre las tres, y también ella parecía ser quién más destacaba. Sin embargo, tampoco tiene mucho mérito ser el lado más largo de un triángulo cuando los otros dos que lo acompañan parecen más bien ser los lados más cortitos de un rectángulo.
La verdad, a mi sí acabaron dándome pena. Pobres. Aquel hombre había llegado a La Lola's Club abrazando una maceta de cizaña. Seguro que estando en manos de cualquier santo, preferiría este ser demonizado haciendo un favor al mundo no dándoles qué hablar por medio de las miradas (de las que ellas se reían, creyéndose más monas que Chita y más divinas que Audrey Hepburn), sino dándoles sentido a su vida dándoles un abrazo a ellas guadaña en mano.
Definitivamente, Frankie tenía razón. Mucha aparente sabiduría y mucho postureo, y resulta que, tal y como él decía, sí existe ese tipo de gente cuyo valor es menor que el de su propia mierda. La muestra, en aquella mesa de La Lola's Club.
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Jesús Domínguez,
La Lola's Club
Misty
Ya no hay nieve fuera de La Lola's Club. No pasea el jazz por las calles como hace días. No es motivo, sin embargo, para que la gran Sarah Vaughan deje de ser fuente de inspiración para los arrastrados que por el local transitan.
Año de nieves, año de bienes
"Definitivamente, muchacho, La Lola's no es, ni por asomo, como el Savoy. Llevo un rato fijándome en la gente, y la mayoría creo que deben todavía medio metro para llegar a la suela de los zapatos a los tipos del Savoy. Allí, eres un completo desconocido la segunda vez que entras, pero a la tercera, todos te reconocen cuando como si de un rito sectario se tratase, te diriges al lavabo a persignarte con el agua del retrete. Aquí, sin embargo, los meapilas que transitan no se persignarían ni aún colocando una pila bautismal como portero. No creas que no siento lástima por ellos. Deben creerse mucho. Pobres. En el Savoy, sería su sangre con lo que aquellos que se persignan se santiguan.
Fíjate en el pollo de aquella mesa. He estado antes charlando con él, y todavía no sabe si cuece o enriquece. Entre cacareo y cacareo, he conseguido descifrar que su cometido es el de escribir un artículo de opinión. Donde estén aquellas columnas góticas del gran Chester Newman, muchacho… Deseo, por su bien, que haya cambiado de idea. Lo que llevaba escrito cuando me retiré de allí sólo tendría sentido en el Savoy como segundo plato, con guarnición de bazofia".
Parecía que Alvite empezaba a conocer realmente como es por dentro La Lola's Club. Dijo, entre sorbo y sorbo de bourbon, que lo que aquel bendito buscaba plasmar era algo tan insulso e insípido como la polémica que se ha creado en Barajas por culpa de la nieve. Su mayor error no era ya el querer plasmar esa idea, sino el haber puesto nombre al niño antes de saber si sería varón o hembra. Decía algo así como que "Año de nieves, año de bienes, fin de la crisis, pensarán los socialistas; mientras los populares rezan por que esas nieves se repitan no para que haya más bienes, sino para, ávidos de sangre, ver como ruedan cabezas si lo que se repiten son los males del gobierno". Buena metáfora, la suya, de no ser que en días como hoy, en los cuales hasta los chicos del billar han hecho un muñeco de nieve antes de entrar a tomarse sus copas, es algo poco elocuente.
Ayer, igual de imprevisible que siempre, faltó a su cita. Tuvo suerte, el bueno de Alvite. De haber acudido a mi llamada, habría conocido a aquel alma cándida que añadía a su copa de ron un par de lágrimas por palabra que balbuceaba. No es que sea atípico el encontrarse con alguien que, a fin de cuentas, tenga su corazoncito, pero sí que lo abra de par en par en un sitio como este. Aquel lamento de amor tan sólo lo escuchamos Leyre y yo, y por como ella le miraba, creo que no era la primera vez que lo hacía. Le faltan canas y le sobra pecho para ser como dice Alvite que es Ernie, pero si en Valladolid hay alguien con su magia, quizá sea ella, pues es ella quién consigue dar de madrugada ese ambiente a caballo entre el morbo y la compasión en La Lola's.
Supongo que, de escuchar tal paralelismo, Alvite lo consideraría descabellado, o incluso un insulto hacia su añorado Savoy. Para él, aquello era como un purgatorio de almas errantes, al cual faltaba limpieza para ser cielo y sobraba humo para ser infierno. Y es que incluso el infierno suele tener el ambiente menos cargado que el del Savoy.
Nunca he estado allí, pero dudo mucho que Ernie diste mucho de lo que él cuenta. Dice siempre Alvite que Loquasto no tiene suficientes virtudes como para ser considerado diablo, ni suficientes defectos como para que lo tomen por un santo; pero después de todo, bastante tiene con purgar almas diariamente mojando su trapo con licor cuarenta y tres, ¿no?
Fíjate en el pollo de aquella mesa. He estado antes charlando con él, y todavía no sabe si cuece o enriquece. Entre cacareo y cacareo, he conseguido descifrar que su cometido es el de escribir un artículo de opinión. Donde estén aquellas columnas góticas del gran Chester Newman, muchacho… Deseo, por su bien, que haya cambiado de idea. Lo que llevaba escrito cuando me retiré de allí sólo tendría sentido en el Savoy como segundo plato, con guarnición de bazofia".
Parecía que Alvite empezaba a conocer realmente como es por dentro La Lola's Club. Dijo, entre sorbo y sorbo de bourbon, que lo que aquel bendito buscaba plasmar era algo tan insulso e insípido como la polémica que se ha creado en Barajas por culpa de la nieve. Su mayor error no era ya el querer plasmar esa idea, sino el haber puesto nombre al niño antes de saber si sería varón o hembra. Decía algo así como que "Año de nieves, año de bienes, fin de la crisis, pensarán los socialistas; mientras los populares rezan por que esas nieves se repitan no para que haya más bienes, sino para, ávidos de sangre, ver como ruedan cabezas si lo que se repiten son los males del gobierno". Buena metáfora, la suya, de no ser que en días como hoy, en los cuales hasta los chicos del billar han hecho un muñeco de nieve antes de entrar a tomarse sus copas, es algo poco elocuente.
Ayer, igual de imprevisible que siempre, faltó a su cita. Tuvo suerte, el bueno de Alvite. De haber acudido a mi llamada, habría conocido a aquel alma cándida que añadía a su copa de ron un par de lágrimas por palabra que balbuceaba. No es que sea atípico el encontrarse con alguien que, a fin de cuentas, tenga su corazoncito, pero sí que lo abra de par en par en un sitio como este. Aquel lamento de amor tan sólo lo escuchamos Leyre y yo, y por como ella le miraba, creo que no era la primera vez que lo hacía. Le faltan canas y le sobra pecho para ser como dice Alvite que es Ernie, pero si en Valladolid hay alguien con su magia, quizá sea ella, pues es ella quién consigue dar de madrugada ese ambiente a caballo entre el morbo y la compasión en La Lola's.
Supongo que, de escuchar tal paralelismo, Alvite lo consideraría descabellado, o incluso un insulto hacia su añorado Savoy. Para él, aquello era como un purgatorio de almas errantes, al cual faltaba limpieza para ser cielo y sobraba humo para ser infierno. Y es que incluso el infierno suele tener el ambiente menos cargado que el del Savoy.
Nunca he estado allí, pero dudo mucho que Ernie diste mucho de lo que él cuenta. Dice siempre Alvite que Loquasto no tiene suficientes virtudes como para ser considerado diablo, ni suficientes defectos como para que lo tomen por un santo; pero después de todo, bastante tiene con purgar almas diariamente mojando su trapo con licor cuarenta y tres, ¿no?
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jueves, 15 de enero de 2009
El Rey Tiburón
Con este tema, rompo los esquemas musicales que hasta ahora había seguido. Sin embargo, no hay canción que mejor se ajuste con el texto anterior que esta, "El Rey Tiburón".
Enamorado de la vida
Sabes, chico, una vez estuve enamorado de verdad. Ella no era como aquellas chicas de las que siempre hablas, esas que ilustraban las historias de tu maestro. No, chico, ella no era tan glamourosa como aquellas mujeres que se maquilaban aprovechando las chispas que provocaban los disparos. Era una chica mundana. Guapa, pero del montón. Con buen cuerpo, sí, pero sin llamar demasiado la atención por ello. Sin embargo, por mi podría haber sido fea como un demonio, y con más carne que el dibujo de Homer Simpson, porque tenía algo mágico que seguro aún siendo así permanecería: Su mirada.
Antiguamente, trataban a las oráculos casi como diosas. En ocasiones, su belleza era tal que no se permitía siquiera mirar a la cara a chicas como ella. Eso me habría gustado hacer con ella, prohibir siquiera que dos ojos lascivos conectasen con una mirada como la suya. De haber podido, a aquel malnacido le habría arrancado las córneas y me habría hecho un collar con ellas. Sin embargo, tenía un gran problema: Era dos veces yo.
Tuvimos un pequeño escarceo antes de la aparición del hombre sin córneas. ¿He nombrado que tampoco tenía cerebro? Me refiero a él. Bueno, y también a ella, aunque es típico en el amor el preferir a alguien que te caliente y no a quién te entienda. Y es que eso hacía yo, entenderla, pero no tuvo ni eso en cuenta ni lo mucho que le demostraba que le quería.
Durante mucho tiempo fui un imbécil, más aún de lo que ahora soy. Deseando ser postre, no pasaba de segundo plato. Tenía que conformarme con las sobras, a la vez que ella desaprovechaba algo que no creo que sea tan poco apetitoso como quiso hacerme ver. Y es que aunque no parezca un plato apetecible, aquí donde me ves, antes de aquello solía dejar un buen sabor de boca.
Lo peor no fue ver tal desprecio, sino que fuese ella quién se sintiese agraviada cuando me di cuenta. Y es que sí, era imbécil, pero llegado el momento, hasta el musculitos ese si le hubiese arrancado las córneas como deseaba, habría visto que gustándome tanto el ron, lo único que habitualmente pagaba eran fantas, recibiendo a cambio sólo miradas, o en ocasiones ni eso.
No se lo reprocho, chico, ni le lloro ni tan siquiera un euro. Al que faltaban las córneas y una tercera neurona que ordenase una mente donde sólo había carreras entre sus dos hermanas, era yo. No era el único, es verdad, pero al fin y al cabo sí el verdadero culpable, porque a diferencia de ella y su amiguito, yo sí era capaz de saber que uno más uno suelen sumar dos.
Tardé en darme cuenta de aquello, pero lo hice. Nunca es tarde si la dicha es buena, dicen, y hoy mi dicha es mucha. Aquel desamor no dejó más que un vago recuerdo en el rincón de pendientes a olvidar, y un segundo plato ávido de algo que llevarse a la boca.
Es tanta la gula que me dejó, chico, que he vuelto a enamorarme un par de veces. La última, sin ir más lejos, este mediodía, aunque sé que ya luego se me pasará, en cuanto otro bombón luzca su envoltorio en las proximidades de esta mesa y moje los labios en ron. Eso dejó, chico, un hombre rácano que ya sólo paga su consumición, que busca siempre tener algo que llevarse a la boca y que cree en el amor. En el amor que tengo a mi propia vida.
Antiguamente, trataban a las oráculos casi como diosas. En ocasiones, su belleza era tal que no se permitía siquiera mirar a la cara a chicas como ella. Eso me habría gustado hacer con ella, prohibir siquiera que dos ojos lascivos conectasen con una mirada como la suya. De haber podido, a aquel malnacido le habría arrancado las córneas y me habría hecho un collar con ellas. Sin embargo, tenía un gran problema: Era dos veces yo.
Tuvimos un pequeño escarceo antes de la aparición del hombre sin córneas. ¿He nombrado que tampoco tenía cerebro? Me refiero a él. Bueno, y también a ella, aunque es típico en el amor el preferir a alguien que te caliente y no a quién te entienda. Y es que eso hacía yo, entenderla, pero no tuvo ni eso en cuenta ni lo mucho que le demostraba que le quería.
Durante mucho tiempo fui un imbécil, más aún de lo que ahora soy. Deseando ser postre, no pasaba de segundo plato. Tenía que conformarme con las sobras, a la vez que ella desaprovechaba algo que no creo que sea tan poco apetitoso como quiso hacerme ver. Y es que aunque no parezca un plato apetecible, aquí donde me ves, antes de aquello solía dejar un buen sabor de boca.
Lo peor no fue ver tal desprecio, sino que fuese ella quién se sintiese agraviada cuando me di cuenta. Y es que sí, era imbécil, pero llegado el momento, hasta el musculitos ese si le hubiese arrancado las córneas como deseaba, habría visto que gustándome tanto el ron, lo único que habitualmente pagaba eran fantas, recibiendo a cambio sólo miradas, o en ocasiones ni eso.
No se lo reprocho, chico, ni le lloro ni tan siquiera un euro. Al que faltaban las córneas y una tercera neurona que ordenase una mente donde sólo había carreras entre sus dos hermanas, era yo. No era el único, es verdad, pero al fin y al cabo sí el verdadero culpable, porque a diferencia de ella y su amiguito, yo sí era capaz de saber que uno más uno suelen sumar dos.
Tardé en darme cuenta de aquello, pero lo hice. Nunca es tarde si la dicha es buena, dicen, y hoy mi dicha es mucha. Aquel desamor no dejó más que un vago recuerdo en el rincón de pendientes a olvidar, y un segundo plato ávido de algo que llevarse a la boca.
Es tanta la gula que me dejó, chico, que he vuelto a enamorarme un par de veces. La última, sin ir más lejos, este mediodía, aunque sé que ya luego se me pasará, en cuanto otro bombón luzca su envoltorio en las proximidades de esta mesa y moje los labios en ron. Eso dejó, chico, un hombre rácano que ya sólo paga su consumición, que busca siempre tener algo que llevarse a la boca y que cree en el amor. En el amor que tengo a mi propia vida.
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Jesús Domínguez,
La Lola's Club
miércoles, 14 de enero de 2009
My way
Frankie vivió a su manera. Puede que en el Savoy diese sensación de estrellado, pero lo cierto es que fue más bien una gran estrella, gracias a su voz.
Su voz ha sido, es, y será siempre, La Voz, por temas inolvidables como este "My way".
Su voz ha sido, es, y será siempre, La Voz, por temas inolvidables como este "My way".
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