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jueves, 13 de mayo de 2010
Woman in live
Ahora ya no está aquí y no podré llamarla para que me busque bajo la lluvia en cualquier rincón de la ciudad, como cuando le telefoneaba a las cuatro de la madrugada y se presentaba a mi lado a tiempo casi de colgar con su mano el teléfono. Los suyos eran aquellos días los únicos ojos que en medio del naufragio veían la luz de mis bengalas y se hacían a la mar para estar a mi lado en el agua. El barman de «El Corzo» pinchaba «Woman in love» cuando la sala estaba despejada, en ese momento en el que casi llega desde la calle el sonido de la lluvia en la marquesina de la puerta. Era nuestra canción. Sólo la bailaba con ella y eso ocurrió media docena de veces cada año desde que la conocí hasta que el maldito cáncer le impidió ponerse al teléfono. Se llamaba Marta y los tres minutos de aquella canción en la voz de Barbra Streisand fueron la única vez que estando despierto pasé tanto tiempo sin fumar. Escribí para ella docenas de notas en los posavasos de papel de aquel club. Ella las respondía siempre con una sonrisa y las guardaba luego en el bolso. No niego que en otras circunstancias me hubiese apetecido llegar a más con ella, pero en aquel momento me conformaba con ser la parte más autógrafa de sus pertenencias. Ni siquiera apretaba al bailar «Woman in love» y sólo me ponía un poco más íntimo si lo pedía ella. «Puedes tomarme de la cintura; te aseguro que ni se me pasará por la cabeza llamar a un guardia». Luego me pedía que le dijese cosas al oído. «No importa de que se trate –decía–. Me conformo con saber que llevo encima algo más varonil que la lluvia». Yo le recordaba entonces aquellas cosas tan hermosas que jamás nos sucedieron. «¿Recuerdas, Marta, amiga mía, aquella noche en el Berlín dividido? Tú no tenías tabaco y yo había perdido mi mechero. Fuimos un vicio antes de ser una pareja. Fuiste como una aparición en una ciudad de pana en la que no había una sola flor que no fuese más gris que sus cenizas». «Aquella noche bailamos por primera “Woman in love” en una boite en la que dijiste que la mitad de la gente era mala y el resto no eran de fiar». «Aquella madrugada no te dije que te quería por temor a que me diese la tos, Marta. Y sé que tú no me lo dirás esta noche porque no se puede ser sincera si se está acatarrada». La última madrugada que bailamos aquella canción, Marta se llevó en su bolso el posavasos de papel que ya jamás me contestará con el afectuoso autógrafo de su sonrisa: «Si por lo que sea te vas algún día de mi vida, sólo te pido que ni tus ojos vomiten sin memoria los míos, ni por culpa del olvido me devuelve tu bolso el correo». Ahora Marta está enterrada y yo suelto tierra al bailar «Woman in love».
sábado, 1 de mayo de 2010
Cinismo en la niebla
En la escena final de "Casablanca", Rick Blaine le pide a Ilsa Lund que se suba al avión que la alejará de él. Parece el sublime acto de generosidad de un hombre dispuesto a renunciar al amor de una mujer hermosa para no interferir en sus relaciones matrimoniales ni perjudicar el apoyo que ella le presta a su marido en la lucha por una causa patriótica. ¿Lo es realmente? ¿Se trata de un sublime y doloroso acto de desprendimiento? ¿No será tal vez la cruel venganza de Rick por haber sido antes abandonado por ella cuando vivían en París la dulzura sentimental de lo que empieza? ¿No habrán fermentado hasta el rencor los agridulces recuerdos del enigmático americano?
Por más veces que revise la vieja película de Curtiz, no acabo de creer que Rick siga enamorado de Ilsa, ni que a ella en su reencuentro con él le interese otra cosa que no sea conseguir los salvoconductos para ponerse a salvo de los nazis al lado de su marido. Años atrás el humo de un tren los había separado en París y al final de la película es la niebla del aeropuerto de Casablanca lo que vuelve a distanciarlos. Una mujer enamorada jamás habría tomado ese avión, ni un hombre que sintiese lo mismo se habría quedado cruzado de brazos. Ilsa insiste en quedarse en Casablanca, pero lo hace seguramente a sabiendas de que la resistencia de Rick a que se quede le servirá de pretexto para aparentar un dolor y una resignación que en el fondo no siente. Él lo sabe desde la decepcionante experiencia parisina y oculta con algunas frases falsamente sentimentales su deseo de que ella se suba aquel maldito avión antes que la niebla espese y frustre el despegue. En medio de un falso dramatismo, ella esconde su egoísmo y él disimula su rencor. En la famosa escena nocturna en el aeropuerto, una de las más hermosas del cine, realmente solo es sincera la niebla. Puede que una despedida así sea decepcionante para los amantes de los finales felices, pero lo cierto es que el distanciamiento a última hora de Ilsa y Rick es lo que hace de "Casablanca" una película realmente hermosa gracias precisamente a esa conclusión en apariencia tan desalentadora. Rick es un cínico y sabe por experiencia propia que el amor raras veces sobrevive a la rutina de la felicidad y que al cabo de algunos meses, tal vez unos pocos años, a él le molestará llevar tanto tiempo encima el maldito pijama de rayas y a ella la doméstica comodidad del amor se le volverá grasa en la cintura. Lo que cuenta para él es el recuerdo de los buenos momentos de París, los días benévolos bajo la lluvia y aquellos besos de Ilsa en los que ni siquiera había un resquicio para enfriar la saliva. Se estaban conociendo y compartían la esperanza, el aliento y los martinis. Ya no sería lo mismo a partir de su reencuentro en el café de Rick. La Ilsa romántica de París se ha convertido en una mujer falsamente conmemorativa que lo que pretende es que Rick Blaine se conmueva con la efeméride de los agradables días que precedieron al humo del tren. Aunque dice volver por sus besos, en realidad lo que ella espera de Rick no es el anillo de boda, sino un salvoconducto para su marido. Por la sangre ofimática de Ilsa corre ahora el inconfundible ruido del papeleo. Cínico pero caballeroso, Rick le resuelve la papeleta y se la quita de encima con exquisita elegancia, sin forzar la situación, insistiendo lo justo para que ella encuentre en las frases de su antiguo amante la excusa pecfecta que le permita subirse sin remordimientos al dichoso avión.
Hay quien cree que la película habría salido ganando con una escena complementaria en la que Ilsa reapareciese entre la niebla mientras el avión despega sin ella. Al guionista no le habría costado mucho dar con unas cuantas frases para que Rick demostrase lo feliz que le hace la inesperada decisión final de su chica, pero yo creo que cualquier añadido desvirtuaría el verdadero carácter de los personajes: El de ella, porque una mujer como Ilsa Lund es incapaz de estropear el sombrero y arriesgarse a un catarro por culpa de volverse atrás con tanta niebla; y el de Rick, no nos engañemos, porque cada vez que veo "Casablanca" tengo más claro que lo que él espera realmente es que el avión se estrelle al despegar. Así son en realidad los tipos como el protagonista de "Casablanca". Suena duro, tal vez incluso cruel, pero lo cierto es que si un tipo como Rick Blaine no puede conseguir el amor desinteresado y sincero de una chica como Ilsa Lund, no le importará en absoluto conformarse con el privilegio de identificar su cadáver.
Por más veces que revise la vieja película de Curtiz, no acabo de creer que Rick siga enamorado de Ilsa, ni que a ella en su reencuentro con él le interese otra cosa que no sea conseguir los salvoconductos para ponerse a salvo de los nazis al lado de su marido. Años atrás el humo de un tren los había separado en París y al final de la película es la niebla del aeropuerto de Casablanca lo que vuelve a distanciarlos. Una mujer enamorada jamás habría tomado ese avión, ni un hombre que sintiese lo mismo se habría quedado cruzado de brazos. Ilsa insiste en quedarse en Casablanca, pero lo hace seguramente a sabiendas de que la resistencia de Rick a que se quede le servirá de pretexto para aparentar un dolor y una resignación que en el fondo no siente. Él lo sabe desde la decepcionante experiencia parisina y oculta con algunas frases falsamente sentimentales su deseo de que ella se suba aquel maldito avión antes que la niebla espese y frustre el despegue. En medio de un falso dramatismo, ella esconde su egoísmo y él disimula su rencor. En la famosa escena nocturna en el aeropuerto, una de las más hermosas del cine, realmente solo es sincera la niebla. Puede que una despedida así sea decepcionante para los amantes de los finales felices, pero lo cierto es que el distanciamiento a última hora de Ilsa y Rick es lo que hace de "Casablanca" una película realmente hermosa gracias precisamente a esa conclusión en apariencia tan desalentadora. Rick es un cínico y sabe por experiencia propia que el amor raras veces sobrevive a la rutina de la felicidad y que al cabo de algunos meses, tal vez unos pocos años, a él le molestará llevar tanto tiempo encima el maldito pijama de rayas y a ella la doméstica comodidad del amor se le volverá grasa en la cintura. Lo que cuenta para él es el recuerdo de los buenos momentos de París, los días benévolos bajo la lluvia y aquellos besos de Ilsa en los que ni siquiera había un resquicio para enfriar la saliva. Se estaban conociendo y compartían la esperanza, el aliento y los martinis. Ya no sería lo mismo a partir de su reencuentro en el café de Rick. La Ilsa romántica de París se ha convertido en una mujer falsamente conmemorativa que lo que pretende es que Rick Blaine se conmueva con la efeméride de los agradables días que precedieron al humo del tren. Aunque dice volver por sus besos, en realidad lo que ella espera de Rick no es el anillo de boda, sino un salvoconducto para su marido. Por la sangre ofimática de Ilsa corre ahora el inconfundible ruido del papeleo. Cínico pero caballeroso, Rick le resuelve la papeleta y se la quita de encima con exquisita elegancia, sin forzar la situación, insistiendo lo justo para que ella encuentre en las frases de su antiguo amante la excusa pecfecta que le permita subirse sin remordimientos al dichoso avión.
Hay quien cree que la película habría salido ganando con una escena complementaria en la que Ilsa reapareciese entre la niebla mientras el avión despega sin ella. Al guionista no le habría costado mucho dar con unas cuantas frases para que Rick demostrase lo feliz que le hace la inesperada decisión final de su chica, pero yo creo que cualquier añadido desvirtuaría el verdadero carácter de los personajes: El de ella, porque una mujer como Ilsa Lund es incapaz de estropear el sombrero y arriesgarse a un catarro por culpa de volverse atrás con tanta niebla; y el de Rick, no nos engañemos, porque cada vez que veo "Casablanca" tengo más claro que lo que él espera realmente es que el avión se estrelle al despegar. Así son en realidad los tipos como el protagonista de "Casablanca". Suena duro, tal vez incluso cruel, pero lo cierto es que si un tipo como Rick Blaine no puede conseguir el amor desinteresado y sincero de una chica como Ilsa Lund, no le importará en absoluto conformarse con el privilegio de identificar su cadáver.
sábado, 3 de abril de 2010
El aviador del hospicio
Es cierto que cada ser humano tiene una sola madre biológica y es indiscutible el eterno tirón de la sangre, pero que yo recuerde, he sido un niño con poco sentido umbilical, un crío que se desentendía de los abrazos de su madre, un fugitivo que en las fotos de familia salía siempre retratado con la indiferente tristeza de un rehén. A veces me soltaba de la mano de mi madre durante el paseo camino del parque y corría hasta el hospicio para ver a todos aquellos chiquillos ruidosos, tristes y expósitos, arrastrado hasta allí por la extraña sensación de que mi verdadero sitio estaba entre ellos. Jamás pude explicarme aquella amarga propensión a la orfandad, pero lo cierto es que otras veces me escapaba hasta el río Sar y entraba desnudo en aquellas aguas puerperales y caldosas en las que acababan de enfriar sus vaginas las yeguas de los soldados. De niño me he perdido unas cuantas veces por la ciudad y casi sin darme cuenta le he dado la mano a la primera mujer que pasaba, como si fuese un genérico hijo en tránsito. No sé si me gustaría saber por qué hacía aquello, pero lo cierto es que no le encuentro sentido a que me incomodase regresar a un hogar cálido y confortable en el que incluso me amaba el gato. Con el paso de los años no hizo sino crecer en mí la tentación por la independencia, sin importarme que fuese la misma que la tentación de la más estricta y dolorosa soledad. Todavía a veces presiento en el agua del lavabo el placer expósito y transeúnte que me producía de niño aquel río ventral y caldoso al que debo la inenarrable sensación de haber recibido entre las piernas la tibia pomada labial de las vulvas de las yeguas. De aquella lejana evitación de la familia me viene seguramente mi costumbre de viajar rodeando las ciudades, probablemente porque aún ahora, como cuando era sólo un niño, por mi costumbre de escapar sólo le encuentro algún sentido a las ciudades de cuyas calles sepa con absoluta seguridad que jamás pasarán algún día por la mía. El río Sar baja ahora un poco sucio y algo escaso, pero, ¿sabes?, a veces me detengo a mirarlo y aún creo posible recorrerlo volando entre sus aguas en un aeroplano con las alas de tela, como un aviador que si falleciese en el cielo amniótico de su infancia sólo pondría de luto a los niños muertos de aquel hospicio.
sábado, 27 de marzo de 2010
Accidentes como aquellos
No tengo motivos para quejarme de los efectos de la mala vida. Puedo tomar copas sin que me afecten en absoluto y lo peor que me sucede con el tabaco es que me entra tos cuando dejo de fumar. En la época de vida nocturna más intensa he dormido un promedio de hora y media cada día durante veinte años sin que se me resintiese el cuerpo, aunque debo reconocer que esa fue la razón por la que acabé, triste y sin esperanza, en la consulta del siquiatra. Sucumbía al sueño sólo en circunstancias extremas, alguna vez en la carretera, sentado, casi muerto, al volante del coche. Sufrí por ese motivo tres percances en los que podría haber perdido la vida y sin embargó resulté con lesiones de escasa importancia, casi como las que podría haberme causado el barbero al afeitarme. En una ocasión me quedé dormido en un cambio de rasante y recorrí quinientos metros en sueños sin que me ocurriese nada. A veces me vencía el cansancio en plena obsesión por no dormirme y entonces soñaba que iba conduciendo por la carretera real y resolvía los lances del viaje con la misma facilidad que si condujese despierto, viajando con los ojos cerrados por una carretera imaginaria cuyo trazado se correspondía al pie de la letra con la carretera real, con la única diferencia que en mi sueño la muerte era amarilla, y el asfalto, azul. En un accidente que sufrí en la Autopista del Atlántico me falló la magia y me empotré contra otro coche al que di alcance a más de ciento cuarenta quilómetros por hora. Desperté con la sensación de haberme caído de cama sobre una alfombra de púas. Me toqué la cara, apenas ensangrentada por los cristales del parabrisas. Por un momento pensé que se me había cambiado de brazo el reloj. También se me pasó por la cabeza el engorro que sería renovar la documentación por culpa de haber quedado irreconocible porque el golpe incluso me hubiese cambiado de raza. Después de localizar mis gafas en el asiento de atrás, salí del coche y me interesé por el otro conductor. Tampoco a él le había ocurrido nada serio. Su automóvil tenía el maletero en el asiento del chofer; mi coche estaba tan destrozado que fue como si el golpe me lo hubiese cambiado de marca. Me disculpé con aquel tipo, cotejamos las pólizas de seguro y nos intercambiamos los teléfonos. A los pocos minutos se presentó una patrulla de Tráfico y le dijimos que no habiendo lesiones graves, aquello lo arreglábamos como amigos de toda la vida que acabasen de conocerse. Después el otro conductor y yo nos fumamos unos cigarrillos sentados en el quitamiedos del arcén mientras esperábamos una grúa que arrastrase mi coche. ¡Joder!, el vehículo estaba tan aplastado que pensé que podríamos retirarlo de la autopista metiéndolo en el maletero del otro coche. Al cabo de una hora llegó la grúa. El otro tipo se despidió y siguió viaje al volante de un coche que renqueaba como un barco con la carga corrida, dejando atrás un ruido de bolera.
Aquel hombre y yo conservamos nuestra amistad hasta el día de hoy. La verdad es que no creo haber hecho desde entonces muchas amistades como las suya. Yo no sé si eso se debe a que no abundan los tipos como aquel o, sencillamente, porque ya ni siquiera hay accidentes tan agradables como los de entonces, que yo creo que eran vida social. El caso es que, de regreso en Compostela, me tomé unas cuantas copas en “El Corzo” a la salud de aquel amigo después de haberme aseado un rato en el lavabo y asegurarme de que no tenía la nariz por debajo de la boca. Aquella fue una de las madrugadas más triunfales de mi existencia. Y aunque no me atrevo a jurarlo, yo creo que si aquella noche mis amigas estuvieron conmigo más cariñosas de lo habitual fue porque, en el fondo, nunca creyeron que mi existencia alma fuese en absoluto más interesante que el maletero del coche.
Aquel hombre y yo conservamos nuestra amistad hasta el día de hoy. La verdad es que no creo haber hecho desde entonces muchas amistades como las suya. Yo no sé si eso se debe a que no abundan los tipos como aquel o, sencillamente, porque ya ni siquiera hay accidentes tan agradables como los de entonces, que yo creo que eran vida social. El caso es que, de regreso en Compostela, me tomé unas cuantas copas en “El Corzo” a la salud de aquel amigo después de haberme aseado un rato en el lavabo y asegurarme de que no tenía la nariz por debajo de la boca. Aquella fue una de las madrugadas más triunfales de mi existencia. Y aunque no me atrevo a jurarlo, yo creo que si aquella noche mis amigas estuvieron conmigo más cariñosas de lo habitual fue porque, en el fondo, nunca creyeron que mi existencia alma fuese en absoluto más interesante que el maletero del coche.
jueves, 25 de marzo de 2010
Amor, esa patología
“Estoy enamorado, así que seré mal historiador”. Creo recordar que el joven Werther contestaba algo así cuando alguien le pedía que describiese a su amada y contase lo que sentía por ella. Con más o menos contenido literario, algo parecido nos ocurrió alguna vez a todos. Creemos haber puesto los ojos en la mujer más hermosa del mundo y tememos que los otros no hagan otra cosa que conspirar para privarnos de ella como sea. Haríamos por esa chica lo que fuese, y en un arrebato de absurdo desprendimiento romántico, incluso seríamos lo bastante idiotas para renunciar a ella si creyésemos que era por su propio bien. Por supuesto, a ella le sucede lo mismo y cree que no habrá jamás en su vida nadie que pueda sustituirte. Es difícil entender que el amor sea al mismo tiempo tan revitalizador y tan contraproducente, un sentimiento que te empuja a sobrevivir y sin embargo resulta que te quita el apetito. ¿Será el amor una patología? No hay mayor sufrimiento que el de estar enamorado. En cierto modo, el fracaso en el amor constituye a menudo su único alivio. Sobreviene después del fracaso un dolor que nos parece insufrible y creemos que solo nos valdría la pena morir. Hasta que de regreso en la báscula descubrimos que hemos recuperado un par de quilos, síntoma de que el dolor por el fracaso ya no nos produce en el estómago los mismos estragos que el hormigueo parásito de la solitaria. A pesar del traume, te recuperas. Comprendes que ella no era tan importante e imprescindible como suponías. En el fondo te sientes víctima de algo que te viene bien, como si cojeases por culpa de que te hubiesen amputado una jodida pierna ortopédica. Siempre habrá otro muchacho, otra chica, una nueva oportunidad. Será entonces el momento de zanjar el pasado y empezar de nuevo. Con el entusiasmo de entonces pero con la sabiduría que por lo general nos producen las malas experiencias. Y cuando alguien te pregunte como era aquella chica que te dejó en la estacada, sacarás del bolsillo la libretita de las diligencias y dirás de ella la estatura, el peso y el color de los ojos. Porque, ¡qué demonios!, los fracasos sentimentales te enseñan que no hay una sola historia de amor en la que los poemas que te inspiró no puedan ser como si tal cosa sustituidos por una simple y desapasionada descripción policial.
sábado, 13 de marzo de 2010
Caderas de taxista
Que soy un columnista mediocre o simplemente honesto lo prueba la inmensa fortuna de no haber ganado jamás un premio. En este oficio en realidad tan sedentario las probabilidades de alcanzar la gloria son infinitamente menores que las de desarrollar caderas de taxista. En uno de los periódicos en los que trabajé en Galicia lo máximo que conseguí fue un descuento en la esquela de mi padre. Empecé en esto hace cuarenta años y aunque al final las cosas me han ido razonablemente bien, no ignoro que la distancia que me falta para el éxito es sin duda menor que la que me separa de las hemorroides.
Cuando llevaba apenas unas semanas en la profesión, mi padre, que también era periodista, me dijo: «Si te van mal las cosas, te consolará saber que en este oficio lo normal es que ya estés en la calle cuando te despidan». Una parte de mi estilo, las uñas de los pies y muchas de mis costumbres, las heredé de él; mis errores y mis vicios fueron cosa mía. Un poco deformada por la mala vida, mi voz recuerda mucho a la suya. A diferencia de lo que ocurrió conmigo, él acertaba más a menudo con el portal de casa, lo que explica que muriese casado con su única esposa.
Gracias a haber llevado una vida más regular, supongo que nunca le ocurrió lo que a mí me sucedió con la fulana que una noche me dijo: «Siempre creí que era indecente relacionarse con un tipo promiscuo como tú, pero, confieso que al besarte me excita la idea de haber metido la lengua en la boca de otra mujer». A veces creo que el periodismo de sucesos fue determinante de mi destrucción por haberme aficionado a llevar la mala vida que tenía el compromiso profesional de retratar y el deber moral de maldecir. Pensaba que compartir la vida de los parias me ayudaría a comprenderla. Supongo que en eso fui un ingenuo. Era evidente que los periodistas que cubrían en Madrid las carreras del hipódromo se entusiasmaban con su trabajo sin necesidad de comerse la alfalfa de los caballos.
En realidad vivía aquí y tenía la cabeza muy lejos, en cualquiera de esos lugares remotos e insalubres en los que el viento sopla lo justo para que por las banderas se sepa dónde están las embajadas. Ahora soy más realista que cuando empecé en esto, pero todavía a veces me detengo en otoño frente al parque y no descarto que en las ramas de los árboles sin hojas se posen de un momento a otro los esqueletos de los pájaros.
Cuando llevaba apenas unas semanas en la profesión, mi padre, que también era periodista, me dijo: «Si te van mal las cosas, te consolará saber que en este oficio lo normal es que ya estés en la calle cuando te despidan». Una parte de mi estilo, las uñas de los pies y muchas de mis costumbres, las heredé de él; mis errores y mis vicios fueron cosa mía. Un poco deformada por la mala vida, mi voz recuerda mucho a la suya. A diferencia de lo que ocurrió conmigo, él acertaba más a menudo con el portal de casa, lo que explica que muriese casado con su única esposa.
Gracias a haber llevado una vida más regular, supongo que nunca le ocurrió lo que a mí me sucedió con la fulana que una noche me dijo: «Siempre creí que era indecente relacionarse con un tipo promiscuo como tú, pero, confieso que al besarte me excita la idea de haber metido la lengua en la boca de otra mujer». A veces creo que el periodismo de sucesos fue determinante de mi destrucción por haberme aficionado a llevar la mala vida que tenía el compromiso profesional de retratar y el deber moral de maldecir. Pensaba que compartir la vida de los parias me ayudaría a comprenderla. Supongo que en eso fui un ingenuo. Era evidente que los periodistas que cubrían en Madrid las carreras del hipódromo se entusiasmaban con su trabajo sin necesidad de comerse la alfalfa de los caballos.
En realidad vivía aquí y tenía la cabeza muy lejos, en cualquiera de esos lugares remotos e insalubres en los que el viento sopla lo justo para que por las banderas se sepa dónde están las embajadas. Ahora soy más realista que cuando empecé en esto, pero todavía a veces me detengo en otoño frente al parque y no descarto que en las ramas de los árboles sin hojas se posen de un momento a otro los esqueletos de los pájaros.
miércoles, 10 de marzo de 2010
Vías sin tren
No puedo entender que muchos hombres y mujeres sean felices por considerar el agnosticismo una fascinante conquista intelectual. Yo soy agnóstico y la verdad es que de todas mis conquistas esa es precisamente de la que menos orgulloso me siento. A lo mejor es que ocurre con el escepticismo lo que con el cansancio, que es algo que en la juventud supone el resultado de un placer y cuando uno se hace mayor descubre que sólo puede ser la secuela de alguna enfermedad preocupante. Por eso creo que el descubrimiento del agnosticismo produce en muchos seres humanos la misma decepción que experimentarían si por indagar en el origen del coqueto lunar de la barbilla descubriesen que en realidad esa diminuta manchita es el alarmante indicio de un pavoroso cáncer de piel cuyas trágicas ramificaciones podrían ser incluso imprevisibles. Encontrar una patología detrás de la belleza conduce a la misma amargura que sienten algunos agnósticos –yo mismo– cuando al cabo de hondas y angustiosas pesquisas se les confirma que la lucidez mental en el fondo sólo les ha servido para esclarecer la oscuridad iluminándola con una paradójica bombilla negra. Su fe en la resurrección hace más felices a los creyentes. Para ellos la muerte sólo es un tránsito hacia otra manera de ser y de existir, un simple transbordo al que muchos se enfrentan con la misma presencia de ánimo que si se tratase de cambiar de tren en un largo recorrido sin final. No es lo mismo para un agnóstico. No lo es en mi caso. Me asusta la idea de morir y encuentro insoportable la relativa certeza intelectual de que lo único aprovechable de mi muerte sea al día siguiente mi viuda. Me pregunto por qué diablos habré perdido la fe que me inculcaron en la infancia. Mirándolo bien, ni siquiera sé en qué preciso instante de mi existencia la perdí. Supongo que ocurrió cuando era demasiado joven, en ese fosco y analgésico momento de la vida en el que el coche de los muertos siempre está más allá que el carrito de los helados. Por desgracia, ahora ya es demasiado tarde para recapacitar y tendré que hacerme a la idea de morir sin la menor esperanza de que en el andén del tanatorio entre inesperadamente un tren. ¡Lástima y envidia! La muerte siempre es algo difícil de soportar para un agnóstico, sobre todo si, como es mi caso, no tiene costumbre de estar más de seis horas acostado.
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