sábado, 14 de febrero de 2009

¿Donde estás?

En días como hoy, cualquier alma errante piensa en el amor sin que ello sea motivo de expulsión del local. En días como hoy, cualquier arrastrado tiene derecho a hablar de amor, aún cuando no esté enamorado. Los que lo están, hablarán de sus parejas o de quién lo estén. Los que no, se preguntarán donde está su media naranja.

Personalmente, aún diciendo te quiero, o felicitando el día a alguien, yo no sé donde está la mia. Por ello, en días como hoy canto con esas cuatro almas errantes al amor, como en esta canción lo hacen cuatro grandes: Enrique Bunbury, Jaime Urrutia, Loquillo y Andrés Calamaro.

Días como hoy...

En días como hoy, cualquier alma errante piensa en el amor sin que ello sea motivo de expulsión del local. En días como hoy, cualquier arrastrado tiene derecho a hablar de amor, aún cuando no esté enamorado. Los que lo están, hablarán de sus parejas o de quién lo estén. Los que no, se preguntarán donde está su media naranja.

Pedro es el único habitual en La Lola's que en un día como hoy tiene media naranja. Ese pobre pollo que según Alvite no sabe aún si cuece o enriquece con su prosa periodística, es el único que no tiene derecho a subirse hoy al escenario de La Lola's a cantar al amor, aunque sea el único que conozca hoy día de su significado. Y es que en La Lola's Club no se le da ese cáriz romántico a un día así.

Gustavo, Marco, Juan y Diego, consideran que es más que el día del amor, un día más de esos en los cuales El Corte Inglés se hace su agosto aún quedando mucho para que este llegue. No piensan en un día así en encontrar pareja, no. Piensan, más bien, en hacer lo mismo de todos los días, emborracharse, con la única diferencia de que en días así, hasta John se desmelena y deja de pensar en dinero y putas para pensar, más bien, en pasárselo bien. En días así, pone a sus clientes habituales las copas a mitad de precio y con la mitad del matarratas habitual. No quiere en un día así matar a los suyos. No sin antes reírse con ellos y sus desamores un rato, esos desamores que hoy sirven para cantar al amor alto, fuerte y alcoholizado.

¿Y qué que no tenga pareja ninguno de los cuatro? No es motivo para dejar de desplazar a Irene de su protagonismo habitual en el escenario, coger los instrumentos, y sonar como cuatro grandes, no por sus voces ni por su destreza musical, sino por sus corazones rotos de una forma tan peculiarmente cómica. Cantan ellos cuatro no a una mujer, sino a un ente. Para ellos el amor es como Dios, todos creen en él, pero ninguno lo ha visto ni ha experimentado en sus propias carnes alguno de sus milagros. No. Lo único que han podido experimentar, a lo sumo, es sexo. Y tampoco el sexo es, dicen, todo lo gratificante que pudiera ser mediando amor de verdad, lo mismo que el vino no sabe igual si no tienes la seguridad de que antes de que Jesucristo actuase, no era más que agua.

De estar hoy Alvite en La Lola's, saldría asombrado. O también mareado. Acostumbrado a los tipos duros del Savoy, dudo que fuese capaz de dar crédito al espectáculo que vería y a lo que sus oídos sufrirían. Seguramente, de hecho, le pareciese más que deplorable, pero también lo es Ortega Cano cuando torea, y no por ello deja de considerarse tal hecho un espectáculo. Tampoco creo que a las cuatro almas errantes les importe. Después de todo, hasta Frankie cantaba en ocasiones al amor, o a alguna de las mujeres que por su vida transitaban cuan automóviles por la Gran Manzana.

Lo único que a ellos les importa hoy, a buen seguro, es el tener un pretexto más para emborracharse, divertirse y hablar mal de las mujeres que por sus vidas han pasado, con la salvedad de que el plato del día no sería spaghetti carbonara, sino canto al ron, aderezado con un chorro de savoir-faire y con guarnición de pendenciero.

Le cantan hoy a ella, aún cuando no conocen su identidad. Y es que dicen siempre que el mejor amor está por llegar. La quieren ya de antemano, sin saber si será rubia o morena, alta o baja. La quieren porque la tienen que querer, como Pedro a su chica o como Leyre a Juan. La quieren porque, como quien cree en Dios, a alguien tienen que querer. La quieren porque hoy toca. En este día de San Corte Inglés, incluso para ellos, es pecado no querer a alguien.

Incluso yo he dicho hoy te quiero, o he felicitado a alguien, ¿y qué? Puede que me esté ablandando. El otro día cogí la trompeta para acompañar a Leyre, hoy cogí flores para regalarlas a Dios sabe quién, pero es que en días así, yo también quiero a esa chica a la que ellos cantan. Esa chica ideal de cuya identidad no tienen idea. Después de todo, ni esto es el Savoy, ni yo soy un tipo duro…

Feliz día de San Valentín a los enamorados y del San Corte Inglés a los arrastrados.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Pájaros en la cabeza

Pocas veces he tenido tan clara la banda sonora de alguno de mis relatos.
Pocas veces he tenido menos argumentos para considerar una canción banda sonora de un relato.
Pocas veces, también, he sido capaz de encontrar un acompañamiento mejor para una de mis entradas que la que ahora he encontrado con el gran Ismael Serrano.

Y la rata se comió al gato

Siempre me considere un hombre abstemio, chico. Siempre, hasta que la encontré a ella. En el tercer abrazo que le di, de forma repelente, me dijo "suéltame, borracho". Me di cuenta entonces de que quizá no fuese la que yo mismo hacía la mejor definición posible de mi persona. Y menos, teniendo en cuenta que siempre he acostumbrado a bajar a la calle sobrio y volver a casa arrastrándome a gatas por las escaleras.

No se puede decir que en el momento en que empezó a formar parte de mi vida, se debiese a que me encontrase con ella de bruces. Más bien, creo que fue ella quién me encontró a mi. Cierto es que ella estaba en aquella tienda antes de que yo entrase, sí, pero de no haberse cruzado en mi camino, no creo que ahora estuviese conmigo. Y es que cuando buscaba un ramo de flores que me gustasen para la que por aquel entonces era mi chica, choqué con ella provocando que acabase por los suelos.
"El que rompe paga", dijo la dependienta, y puestos a pagar, por muy fea que me pareciese en el momento, decidí llevarme la planta a casa. No compré flores, y ese mismo día, mi chica me dejó, pero la cizaña, a día de hoy, todavía sigue siéndome más fiel que aquella puta que no me perdonó que le comprase aquellos bombones rellenos de licor. Todavía no acierto a saber el porqué ocurrió así, pero sí la razón por la cual desde aquel maldito momento renegué del licor y el alcohol, aunque en este último me refugie desde entonces.

Quizá tuviese otro, o quizá no le gustase la idea de engordar y pasar a tener más cintura que tobillo. Ahora que lo pienso, lo suyo sería que le hubiese regalado una paloma, pues no tenía más que pájaros en la cabeza. Ansiaba, por esto, volar y sin embargo, más que pájaro, acabó siendo rata. A lo mejor las alas debía habérselas regalado yo. Por su carácter, lo justo es reconocer no la habría convertido en ángel, pero sí que sí habría provocado su conversión en un roedor alado. Y es que eso hacía conmigo, roer mis huesos y darme sólo cariño y sexo cuando le convenía. Siempre fui un lince para reconocer a gente así, chico, pero ella me domesticó como a un gato. Luego, la curiosidad me mató, y ella solita me comió, hasta el día en que lo que no quiso comer fueron unos bombones. Increíble, sí, pero cierto. Por una vez, la rata comió al gato.

Aquel día acababa de comprar esta planta que siempre me acompaña, chico. Lástima que no me hubiese hecho con una carnívora. Una planta que a su paso abriese las fauces y la devorase. Todavía tengo esperanzas en que mi sueño se cumpla, como si fuese yo Gepetto y esta maceta mi Pinocho. Muchas veces, en mis delirios, pienso que es Irene mi hada roja, y que ella me hará devolvérselas todas juntas, relegándola al olvido y a ser alimento de mi cizaña. Pido mucho, lo sé. El jazz no hace milagros, sólo provoca desgracias, pero y qué si deseo verla igual de carcomida que como ella me dejó. Después de todo, al peor sitio al que me puede llevar el rencor es al infierno, y dudo mucho que aquello diste mucho de esto más allá de un par de grados, porque las putas y sus hijos ya los vemos en este mundo todos los días.

No, chico. Soy rencoroso, pero no un resentido. No le deseo nada bueno, pero tampoco creo que el abrazarla a ella fuese mejor que abrazar mi maceta. Después de todo, con esta el sol y el agua no me costarán tanto como el llevarla a ella a la playa o pagarle sus refrigerios. Es más, regarla e iluminarla, no me costará más que aquella puta caja de bombones que sólo sirvió como detonante de todo. Como detonante para que la rata escupiese al gato y me llevase a lo que soy hoy, un perro cizañero y sin más curiosidad que la de saber con qué copa me podré considerar hoy ebrio, o tras la cual volver a declararme abstemio.

martes, 10 de febrero de 2009

A song for you

Hacía tiempo que no me dejaba caer por El Rincón de los Arrastrados. Tiempo que no veía, pues, a la mujer de rojo y a mi camarera favorita. Ahora, ya con más tiempo libre, he vuelto a La Lola's Club. Al entrar, sonaba esta canción:

Lágrimas de suavidad

Jamás mis manos han destacado por ser excesivamente suaves. Se puede decir, de hecho, que mi suavidad era casi como la de una lija. No es que fuesen tan cortantes mis manos como a veces lo son mis palabras, pero casi. Sin embargo, aquel rato en La Lola's lo cambió todo. No acostumbro a tomar entre mis manos a nadie de esa manera, pero ella me obligó. Esa boca, esa voz, el ambiente... Todo. Todo era propicio para que la tomase entre mis manos y me dejase llevar.

A decir verdad, hacía mucho tiempo no sólo que mis actos no contradecían a mi habitual prudencia, sino incluso que no tocaba, o no al menos con la pasión que en ese momento me embargó.
Suelen ser los lunes días donde la improvisación se apodera de La Lola's. Son estos días atípicos, ya que las cucarachas que esperan en el callejón para dar una paliza al insecticida que dentro se encuentra son más que los clientes que acompañan dentro al asesino de insectos. Combaten en días así el aburrimiento Leyre pensando en él, John en putas e Irene en cambiar el curso de sus habituales actuaciones. En esto, me pidió Irene que tomase entre mis manos una trompeta y le acompañase en uno de sus temas.

Aunque no eran muchas las almas errantes de nuestro rincón, al subir con ella al escenario sufrí pánico escénico, hasta que supe qué tema iba a tocar. Desde la barra, John me sonrió, ante lo cual me di cuenta que había sido él quién había dicho a la guapa corista que en otros tiempos, la trompeta y yo éramos íntimos. La cogí entre mis manos, y ahí se acabó todo. El jazz me envolvió como jamás en la barra lo hacía. Por primera vez, me sentí protagonista en La Lola's, aunque únicamente las cucarachas del callejón prestasen atención más allá de quienes siempre me rodean como los fieles al predicador, aún cuando son ellos quienes predican con sus penas siendo únicamente fieles al alcohol. Fueron sólo cinco los minutos que allí encima estuve, pero fueron cinco minutos en los que me pareció haber superado el vértigo viendo el mundo desde su cúspide junto a quién durante esos momentos me parecía casi una diosa. A decir verdad, también al bajarme me lo pareció, sólo que se me pasó en cuanto Leyre me devolvió a la realidad y a la falta de líbido con sus lágrimas.

Puede decirse que era para ella un lunes normal. Uno de esos en los que estaba más amargada que Las Tres Desgracias, y en los cuales el trago que más le apetecía tomar era ácido sulfúrico. Sólo le frenaba el pillarse cogorza con tal bebida el pensar que quizá al día siguiente volviese a estar con él en el Hotel California. Lo que diferenciaba ese lunes de otro es que las lágrimas no se debían a su ausencia de ese día, sino a que hacía ya un par de días que Juan no se pasaba por La Lola's. Era algo que se escapaba a mi conocimiento, ya que también yo he faltado a mi cita con nuestro rincón últimamente.

Lloraba, me decía, por no ser capaz de coger el teléfono y averiguar la razón de su ausencia. Lloraba por no saber nada de él. Lloraba por no tener suficiente valor para decir lo que siente. Lloraba por no saber si sus sentimientos son correspondidos. Lloraba por porque Irene había logrado tocarle la fibra sensible con el tema que a medias habíamos interpretado. Lloraba por llorar, pero sobre todo lloraba porque en aquel momento, lo que más ansiaba era que quién le dijese "cariño, esta canción para ti" no fuese la mujer de rojo, sino ese hombre cuya suavidad se asemeja a la de mis manos. Ese hombre que en ocasiones la trata como un despojo, pero ese hombre por el cual, al fin y al cabo, no es capaz de dejar de llorar.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Hotel California

Dado el título de la anterior entrada, es de recibo que al último relato le acompañe la canción que le da nombre, "Hotel California".

Tema grandioso donde los haya. Simplemente, una de las mejores baladas rockeras de la historia, sino la mejor. Disfrutadla.

Hotel California

No hay estos días mucho movimiento por La Lola's Club, dice John. Están los fieles. Los chicos del billar, con Las Tres Desgracias enfrente. El misógino Gustavo y el pendenciero Diego. Pedro y el pollo, y Marco y su cizaña. También Juan estaba. No así Alvite, de quién todos conocemos ya su funcionamiento. Como no, también estaban Leyre e Irene. Ay, Irene…

La verdad es que en el poco tiempo que llevaba en La Lola's había conseguido ya levantar pasiones y otros menesteres más masculinos. Cada vez que entre sus manos cogía el micrófono para dar la función por comenzada con su "buenas noches. Como cantábamos ayer…", un halo celestial la envolvía, y más de uno soñaba con que lo envuelto fuese su falo entre sus manos. Diferentes formas de concebir la sensualidad y la sexualidad.

"Mírala, parece una superestrella. Si algún día vuelvo a confiar en alguna mujer, espero topar con alguna que cante a mi micrófono como ella lo hace a ese objeto inanimado. Y espero que el mio sea capaz de animarlo", solía decir Gustavo a la tercera copa.
"Bah, tampoco es para tanto. Cualquier mujer de Ipanema, coja, sorda o manca, haría mejores trabajos que ella. Incluso cualquiera que fuese las tres cosas", sentenciaba Diego, haciéndose el interesante al citar uno de los muchos sitios en los que confraternizó con el sexo opuesto.
"Pues quieres que te diga, si algún día consiguiese dejar mi cizaña a más de veinte centímetros de mi, no me importaría que entre mis brazos la sustituyese ella…", añadía frecuentemente Marco.
Pedro completaba el sanedrín de sabios, pero como siempre, dilucidaba entre cocer comentando a viva voz o enriquecer mediante su pluma, para así evitar la inercia de la chabacanería.

Juan no solía unirse a la conversación. No es que no fuese buen conversador, ni tampoco que no gustase de la compañía del resto de contertulios. Simplemente, no le parecía de recibo alabar públicamente los atributos de la compañera de quién muchas veces acababa la noche con él en el Hotel California. Solía ser acusado por las otras caras conocidas del local de poco hombre por ello, pues ellos se pensaban que el latino del billar era la razón de que guardase silencio, desconocedores de que fuera de aquellas cuatro paredes, él tenía algo con quién les emborrachaba diariamente. Algo, por no decir sexo, ya que en él no había, ni mucho menos, amor.

Era aquel su nidito de amor, aunque no existiese tal sentimiento por su parte. Nadie sabía qué había en su vida para que él dispusiese siempre de la llave de esa habitación que tantas veces dejaban patas arriba, la 229. Tampoco nunca Leyre se había molestado en preguntar. "Es sólo un polvo", intentaba autoconvencerse frecuentemente. De ello había intentado convencer a Pedro cuando este reconoció haberlos visto una noche. Por suerte, en lugar de periodista, ejerció de confesor no contando nada a nadie, pensaba ella. Como si la gente de La Lola's fuese imbécil y no se diese cuenta de nada…

La propia Irene pareció darse cuenta rápido, aunque tampoco Leyre se lo puso difícil. Buscando un gesto cómplice por su parte, decidió un día pedir a la nueva corista que rompiese con los sus frecuentes esquemas y que emulase a los Eagles. Era uno de esos días de los que John me hablaba hoy. Uno de esos días donde ni tan siquiera vagaba por entre los pasillos de La Lola's una de esas plantas rodantes de las películas del oeste. Era como si aquellas almas errantes esperasen expectantes en sus sitios un duelo, o como si hubiesen yacido en el mismo.

Nada se movía en La Lola's Club cuando Leyre rompió a llorar ante la indiferencia de Juan hacia la que ella consideraba su canción. Todos desearon que los matojos pasasen cuán tupido velo cuando ella cayó. Y es que había perdido el duelo desde el mismo instante en que Irene dijo "buenas noches. Como cantábamos ayer…".

viernes, 30 de enero de 2009

I've been loving you too long

Como no podía ser de otro modo, el anterior relato debe ir, y de hecho va, acompañado de un buen tema de soul.
Pese a que es versionada esta canción por el gran Seal, me decanto hoy por la versión de Guy Sebastian, de igual o mayor nivel, si cabe.

La avaricia y el amor

"A decir verdad, cielo, no sé nada de él. Sólo que tiene el corazón espinado, que viene siempre repeinado y que odia comer nada emparedado. Puede que alguna vez haya jugado a la ruleta rusa, o que se haya apostado su casa a los dados. Puede, incluso, que sea mejor tipo que lo que esa furcia le hizo parecer con lo que le hizo. Puede pasar cualquier cosa en su vida. Yo únicamente sé sobre él esa historia que siempre cuenta. Jamás un hombre me había confundido tanto, ni había hecho dispararse mi imaginación hasta tal punto que hasta su nombre me gustaría soñarlo, y no saberlo".

Como buen lunes, no fue la de ayer una noche muy entretenida. Tal es así, que quizá eran más las copas que entre Leyre e Irene bebían que las que los chicos del billar se tomaban. Podrían haber montado un karaoke, o haber hecho un striptease, que jamás pasaría esa noche a los anales como algo a recordar, por mucho que más de uno desease ver ligeritos de ropa esos cuerpos esculpidos por la vida a base de golpes. En noches así, donde el único alcohol que corría lo hacía por las venas de su corista y su camarera, era en las cuales John teorizaba sobre lo rentable que le podría salir el dar también comidas, o el contratar mujeres de vida alegre que se las hiciesen a sus clientes, aunque al rato pensase "suerte que sólo haya un lunes por semana. Mañana, en las únicas rameras que pensaré será en aquellas tres que siempre se sientan en aquella mesa". Sobre comidas, no solía pensar, y menos desde que "el Señor Andrés" frecuentaba el baño en compañía de aquel oligofrénico.

Eran también las de los lunes las noches en que más solía pensar Leyre en Juan. Quizá por su habitual ausencia, quizá por la falta de movimiento, o quizá por la falta de movimiento postrero en su compañía. El caso es que en noches así, era cuando parecía incluso estar enamorada de aquel pobre diablo. Es en noches así en las que suele pensar también en comidas, pero de una manera diferente a la de su jefe. Ella lo hace sentimientos mediante. También así lo hace Irene, sólo que ella es correspondida más a menudo. Por esto, no ejerce de perro del hortelano los martes, y aunque, como Leyre, no deja comer, sí come ella. Y es que son los martes cuando suelen pasar juntos el día ella y su chico latino, mientras la camarera del local debe conformarse con hacerse la indignada para ser recompensada después con su labia… y otra comida.

Era la envidia de Las Tres Desgracias. No por acostarse de vez en cuando con Juan. Ni tan siquiera por hacerlo con un hombre. Lo era por comer (o ser comida) con alguien con más de dos neuronas, o al menos con alguien cuyas células pensantes sirvan para algo más que echar carreras entre sí. Con todo y con eso, como su amiga la corista, poco caso hacía a esas arpías y sus aspiraciones o pretensiones, pues cada lunes se proponía el ignorar a ese hombre del cual sólo conocía el nombre y la cama.

Lástima para ella que, como si de un obeso se tratase, buscando guardar régimen, o de un fumador que promete dejar el tabaco, su propósito cada inicio de semana tenía el mismo valor que los propósitos de cualquier alma errante, obesa o fumadora, carente de fuerza de voluntad o de autoconvicción de superación.

Suerte, sin embargo, que el suyo sea un vicio no pecaminoso. Bastante tenía con la avaricia y la codicia que le embargaban cada vez que con él estaba como para que, como siempre le decía Irene, fuese condenada por concurso de pecados el día del juicio final.

martes, 27 de enero de 2009

Hay amores

Amor. Rojo. Pasión. Bolero. Sensualidad. De todo ello habla el anterior relato, y todo ello se encuentra en el tema principal de la BSO de "No es país para viejos", cantado por Shakira, "No hay amores".

Rojo Pasión

Tenía tanto carácter, que en lugar de utilizar la fusta en sus relaciones, era ella la utilizada como tal para azuzar al corcel de turno. Su carácter era contundente, arisco. Era una incomprendida. Pero si había algo que realmente era, es sensual. Esta no se desprendía únicamente de todo su ser, sino incluso del trago de su copa, "sexo en la playa", o de su forma de vestir.

Se preguntaba si lo que dentro del vestido blanco que portaba la hoy primera dama estadounidense sería una mesa camilla, o esa parte del cuerpo donde la espalda pierde su honroso nombre. Decía que le parecía una negra zumbona a quién aquel vestido blanco le daba luminosidad. ¿Acaso había mandado ya Zapatero las bombillitas de bajo consumo a su homólogo americano para fomentar el buenrrollismo entre ambos?

Fácil era hablar para ella de ese modelito, o de otro cualquiera. Había trabajado mucho tiempo como estilista, y todavía se notaba esa anterior profesión en su forma de vestir, siempre tan pulcra e impoluta. No le gustaba enseñar, pero sí insinuar sus encantos con cualquiera de esos vestidos rojos que tan bien le quedaban. Los chicos del billar le habían puesto como apelativo "La mujer de rojo", y es que era cualquier prenda encarnada casi como una segunda piel que únicamente dejaba al descubierto tan sugerentes curvas. Conjuntaba también el color de su ropa, habitualmente, con tan ardiente carácter y con unos labios carnosos igual de sugerentes que su cuerpo.

No envidiaba, para nada, a la señora de Obama. Podía no ser ella precisamente concubina de un presidente del gobierno, pero tampoco a tanto buscaba llegar. Le bastaba con generar odio en Las Tres Desgracias y casi en cualquiera alma de mujer que por La Lola's transitaba. Su relación era especialmente llamativa con "el Señor Andrés", a quién comparaba con la negra zumbona, aún siendo esta más alta que su amiga. De no ser por Leyre, habría buscado conquistar, posiblemente con acierto, al sujeto que de un tiempo a esta parte entraba tirando de tan peculiar mujer, para después tirarlo a la basura, cuán clinex usado, y dejarla a ella como el país de la mesa camilla la prisión de Guantánamo. Cerrada, y bien jodida.

Tampoco es que le importase demasiado aquel tío cerrado de mente, sino que más bien habría buscado joderla a ella, y eso, pese a que llevaba poco tiempo en La Lola's. Poco, pero suficiente no sólo para odiar y ser odiada, sino también para hacer circular a doscientos por hora la sangre de más de uno de los chicos del billar. Uno de ellos, al que ella solía sacar a bailar entre tango y tango era, como decía el antiguo lema olímpico, "altius, citius, fortius" y, como su propia definición, tenía apariencia latina. Al contrario que sus compañeros, sumaba bastante más de dos neuronas, lo que le hacía un tipo ciertamente interesante. Tanto, que "el Señor Andrés" también había decidido tirarle la caña, tratando de buscar un rey puesto antes de ver al otro muerto y, ya de paso, buscar también ella el joder al prójimo.

Cada vez que aquel chico latino entraba y el dos neuronas que le acompañaba no estaba ojo avizor, la amiga de la zumbona rondaba a aquel chico que tanto había llamado la atención a Irene. Sin embargo, contaba esta con un punto favorable y definitivo: Su música.
No era precisamente Sarah Vaughan, y ni tan siquiera era el jazz el tipo de música que mejor se ajustaba a su voz, por lo cual solía obviarlo. Así, para coger confianza en su primera actuación, comenzó cantando un tango. ¿Qué mejor manera de cantar una oda a la vida, dejando de lado el jazz, qué cantando a Carlos Gardel?

No se sabe si fue su voz. Tampoco si fueron sus andares. Ni tan siquiera se hace obvio el que fuese esa abertura en su vestido, la cual dejaba intuir su pierna izquierda hasta lugares casi prohibidos; o que fuesen esos escasos segundos en los que el tango los unía. El caso es que él, como Obama, también decidió cerrar el Guantánamo de sus sentimientos, y con ello dejar jodida a quién por otros sentimientos suspiraba, la zumbona blanca.

En La Lola's suena jazz, pero definitivamente, fue un acierto que John contratase a Irene. Jamás en un local como este se había mezclado lo desenfrenado del jazz y lo sensual del tango como en su cuerpo. Y es que es el tango, junto al sonido americano por antonomasia, lo que mejor define a un alma errante. Poco importaba que allí sólo aquel chico comprendiese este alma. Daba igual que nadie comprendiese su manera de entender el jazz e interpretar un tango. Era indiferente que cualquier zumbona, fuese esta negra, blanca o verde, buscase encerrar su personalidad en cualquier Guantánamo de sentimientos o actitudes. Ella no necesitaba bombilla alguna de bajo consumo para iluminar más que una estrella. Le bastaba con su vestido rojo pasión, un sexo en la playa y el tango de la vida para ser la estrella del local… o al menos, del latino del billar.

lunes, 26 de enero de 2009

This love

Ese amor es lo que había abierto los ojos a aquel pobre diablo. Ese amor es justo, pues, que sea representado también como hilo musical simultáneo a la lectura de este último relato.

Aprendiz de todo, maestro de nada

"A nadie que haya sido poeta en Rimini, dramaturgo en Candanchú o bailarín en Portimão podré augurarle nunca demasiado futuro, muchacho. Nunca he tenido alma de vidente, pero es seguro que alguien así, lo máximo a lo que podría aspirar en su vida será a ganarse el cielo siendo monologuista en su propio sepelio".

Hablaba Alvite de aquel pobre diablo cuya historia se podría resumir en una clara premisa lapidaria: "Aprendiz de todo, maestro de nada". Su presencia era para todos desconocida, aunque su faz era para muchos una de esas caras que uno no recuerda bien si la ha visto anteriormente en la sala de espera en su última cita con el urólogo o si era él el pobre que pedía en la puerta de la iglesia para poder hacerse con dinero suficiente para pagar a Caronte el ticket de entrada al infierno.
"Todo estaría en que pidieses a tu amigo Frankie referencias sobre él", dijo Marco mientras posaba su inseparable maceta en la barra. También a él le parecía curioso aquel hombre. Daba la sensación de que había confundido La Lola's Club con el Savoy, a juzgar por su pronta verborrea, o bien de que se consideraba a sí mismo una efímera estrella de la prensa rosa frente a sus periodistas-confesores.

Se reconocía a sí mismo como un hombre pendenciero, y el más mujeriego de los varones que conocía. Decía no llevar la cuenta de las mujeres a las que se había follado, pero sí se acordaba de a cuantas le había hecho el amor: A ninguna. No es que fuesen pocas mujeres con las que se había acostado. Simplemente, sólo a una había amado, y no había sido correspondido.

Nos contó, entre sorbo y sorbo, que creía tener unos cuantos pequeños bastardos repartidos por el mundo. "Siempre tuve buena puntería", decía.
Como buen marinero, estaba en el puerto el tiempo suficiente para recordar cada vez que pisaba tierra firme que lo suyo no era el arraigo por un lugar. Recordaba esos sitios en los que había estado por sus mujeres, y no por sus lugares de interés. Dejaba claro, pues, que no había mayor interés allá por donde pisaba que el estar con alguna de las mujeres del lugar. En cuanto se labraba su acompañante un bonito recuerdo, él levaba anclas, como si en lugar de practicar sexo le hubiese hecho a cada mujer un favor, o varios. Desaparecía como alma que lleva el diablo, decía, sin mayor preocupación que el encontrar una nueva mujer que le ofreciese su cama para cualquier cosa salvo para dormir.

Sin embargo, hubo una distinta al resto. No recordaba ya más que su mirada y su olor, pero decía estar todavía prendado de ella. Ni tan siquiera se acordaba de su nombre. Sólo de su mirada y su fragancia. Cuando hablaba de aquel amor platónico, sus ojos todavía parecían imaginar unas frágiles manos haciendo sonar en un bajo unas notas en las cuales sólo se pudiera dilucidar lo bajo que él había caído tras aquel desamor.

Muchas camas había recorrido, y muchas damas habían cabalgado sobre su noble corcel, pero en poco o nada podía considerarse un maestro. Aquel desamor sólo le sirvió para darse cuenta de que esas muchas mujeres no le habían servido más que como aprendizaje. No le habían servido más que para aprender que no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita. Tampoco sus múltiples viajes le habían enseñado que no podría nunca autoproclamarse erudito en tierras lejanas, sino más bien que podría considerarse ignorante incluso en lugares cercanos. Sus mil y un oficios tampoco le habían servido de mucho. A lo sumo, podría decirse que era un valioso inútil, o alguien útil carente de valor.

Muchas eran las vivencias y experiencias por las que había pasado. Sólo dos cosas podía sacar en claro: Un amargo desamor y su cita lapidaria, "aprendiz de todo, maestro de nada".

jueves, 22 de enero de 2009

Crime

Es difícil encontrar algo que se ajuste al maremagnum musical del que en el anterior relato hablo. Quizá, por ser eso, un maremagnum, me transmite una vacía sensación.
O quizá se deba esto a que, en un lugar como La Lola's Club, alguien como yo no encontraría su propia banda sonora.

Suenan muchas canciones en el Rincón del que escribo, pero ninguna me define. Es por ello que, quizá, la canción que más vengo escuchando a lo largo del día sea la que defina un momento de indefinición como este.

Banda sonora

"En La Lola's suena jazz, pero no es el jazz su banda sonora. La banda sonora del local no existe, sino que cada alma errante que allí entra tiene su propia BSO.
En la Lola's suena jazz, pero también suena pop, indie, música latina, o incluso rap. No suena, sin embargo, pachangueo alguno, ni mucho menos reggaeton.
En La Lola's Club tienen sitio sólo aquellos cuya banda sonora estimule un canto, un llanto, o un lamento. Tienen sitio aquellos no que tengan una historia que contar, sino que den lugar a una historia contada. Eso es lo que diferencia a mi local del Savoy, chico. Eso, y que en el local de la Gran Manzana, llamar a alguien por su nombre de pila puede provocar que te vacíen el cargador de un arma encima, mientras que aquí el no hacerlo puede provocar que te conecten a la corriente para cargarte las pilas".

Al bueno de John no le faltaba razón. Llevaba demasiado tiempo sólo como para saber que no necesitaba a nadie. Demasiado tiempo a cargo de La Lola's, como para considerarse una voz autorizada a hablar de qué era en realidad aquello que, sin ser nada especial, era considerado para quién por allí transitaba como un lugar de culto a la vida bohemia.

Tenía razón también cuando decía que en La Lola's Club, como Obama, todos tenían su propia banda sonora original. Gracias a lo que con el local había conseguido, y a que es él el mayor de los bohemios que por allí transitan, puede decirse que su mejor definición se encuentra en el tema "El Rey".
Tampoco el jazz habla de ninguno de los chicos del billar. Dice siempre John que ellos son como el rock duro, fuertes e intensos, pero que sus letras llaman a la razón. Como es obvio, a la razón de la que todos sabemos que carecen, pues consideran que esta está reñida con las caricias de sus mayores amores, sus tacos de billar.

Al igual que al dueño del local, a "Las Tres Desgracias" también podría definírselas con una canción. Inspirándonos en la letra, todos hemos pensado alguna vez en tintarles el cristal del espejo gastado en el que tanto se miran, o que eran estas un tumor del club, aunque en el fondo, todos las queremos. ¿De quién nos reiríamos si no de ellas?

Leyre, mientras, es sensual como un tango, y para algunos, sexual como el jazz. En lenguaje alvitiano (a quién, por cierto, le sienta Sabina mejor que a Scarlett Johansson sus habituales palabra de honor encarnados), sería ella un nueve largo encubierto en la imberbe apariencia de un mediocre seis, a quién el sonido de un saxo haría más justicia que cualquier falda corta.

Gustavo y Juan, esa extraña pareja. Más de una vez han compartido mesa, barra, cogorza o servicio. Sin embargo, para nada comparten una definición musical. A Juan le define cualquier canción que hable de una puta y un bobo, mientras que para templar el temperamento de Gustavo, en ocasiones, sería preciso el new age de Yanni o Sakya Tashi Ling.

A Marco quizá le pegue más algo del gran Riki López, como "un hombre despechado". Es lo más justo, teniendo en cuenta que habla y actúa con respecto a esos tres frutos de su pasado como si fuesen ex novias que le hubiesen llevado a la infelicidad, a las drogas, o a ambas cosas.

Pedro es ingenuo como un grupo de indie. Escribe sus artículos como si no existiese maldad en el mundo, o como si hubiese acabado de colocarse con una raya de azúcar siendo diabético.

Yo, mientras, soy indefinible. Únicamente soy un mero espectador de lo que en La Lola's ocurre, un mero oyente de lo que allí se cuenta, una mera nota de ese saxofón cuya alma se asemeja a un nueve largo.

miércoles, 21 de enero de 2009

Puntos suspensivos

Ha llegado Sabina al Rincón de los Arrastrados. Dos pasos detrás de él, venía el gran Alberto, primera de esas Almas Errantes que se han prestado a hacer de este Rincón algo tan acogedor que cualquier pobre diablo preferirá yacer durante una eternidad en estos lares en lugar de hacerlo en otros vestido con pijama de pino.

No fue bueno... pero fue lo mejor

Las mujeres, los hombres, los niños, los perros...todos, absolutamente todos, perseguimos el mismo deseo durante nuestra existencia: ‘Amar y ser amados’.

Odio a esa clase de personas que reniegan del amor, a ese tipo de personas que se escudan con frases del tipo: ‘El amor no está hecho para mí’…‘Realmente nunca supe amar’…‘Amo mi soledad’…‘Nací para ser libre’… Mentira. Todo es una falacia.

No son más que frases carentes de sentido, frases de consuelo para tipos tristes, para hombres, mujeres, niños y perros que fueron abandonados a su buena suerte.
Quizá no fue en una cuneta, quizá tampoco en un bar, quizá no sufriste directamente el abandono físico por parte de otra persona o ser animado…pero lo sientes así.
Sientes que nadie te comprende, que todo el maldito y ruidoso mundo vive en pareja, que estás condenado a caminar solo por el mundo…piensas que jamás conocerás a nadie que merezca la pena...Piensas que la humanidad se está yendo a pique, y que nadie se encuentra a salvo…Piensas que...dejar de pensar sería la mejor respuesta.

Últimamente tan solo frecuentas cuerpos, desnudas mentes, recorres calles de madrugada, y todo ello ¿para qué?... cariño, yo tengo la respuesta; Todo ello para volver a casa sintiendo que tu vida está un poquito más vacía. Esto debe ser lo que los bohemios entienden por felicidad. En fin.

Cansado de navegar entre dos aguas, cansado de la rutina, casado de todo y de nada, cansado sin más. Estoy cansado.
Odio conocer a desconocidos, y desconocer a los que creo conocer. Odio demasiadas cosas, pero he de reconocer que amo muchas más de las que odio.
Me odio por tirar por tierra mis principios, por ser en ocasiones un cobarde. Me odio…pero he de reconocer que me amo mucho más.
Tengo una teoría, basada en que el ser humano realmente no busca comprensión en otras personas, sino simple y puro amor. Amor verdadero. Amor ‘del bueno’ que dicen.
Es una simple teoría, tengo otras mucho mejores.

Decía el gran y pérdido sabina en una de sus coplas:

Lo peor del amor es cuando pasa,
cuando al punto final de los finales
no le quedan dos puntos suspensivos…

No le falta razón…pero yo soy de los que piensan que hay que saltar al vacío cuando uno así lo siente, a pesar de los efectos de la caída.
Podría decirse del amor, cuando termina: ‘No fue bueno, pero fue lo mejor’.

Ay dios, si del mundo yo tuviera el timón…


* Escrito por: Alberto Rodríguez

martes, 20 de enero de 2009

The change is gonna come

En efecto, soy un escéptico del cambio. Hoy es un día histórico, sí, pero no más histórico que ayer, ni menos que mañana. El color de la historia será distinto, sí, pero su argumento será, sin duda, el mismo.
Al menos eso creo yo. Ojalá no sea así, pero poco puedo cambiar el en Imperio, más allá de Guantánamo. Ojalá no sea así, y pueda aquí hablar, algún día, de cambio.

No lo llames cambio, llámalo marioneta

Barack Obama jamás tendría sitio en un lugar como La Lola's Club. No es que corra riesgo de recibir el cariño de los tacos de billar y sus portadores, que también, sino que alguien como él jamás se rebajaría a tratar con gente que se ha quedado a medias en un curso a distancia para oligofrénicos aspirantes a terroristas.

Un hombre de su porte y carisma podría degustar un buen vino en cualquier vinoteca de Porto, pero nunca emborracharse a la hora de la eucaristía en un sitio como este. Y es que no hay en La Lola's Club un sólo arrastrado con apariencia de estrella del Savoy.
No es que Leyre pida currículo alguno para servir una copa de matarratas, ni tampoco que no pueda inspirar al pollo que tan bien cae a Al una buena historia. Simplemente, no es La Lola's un sitio de esos donde los personajes se ven en blanco y negro, sino que más bien un paraje sacado de alguna película de Almodóvar donde lo que prime no sea el rosa fucsia y mujeres al borde de un ataque de nervios.

Pese a esto, quizá sí tuviese sitio en el Savoy en alguna de las mesas cercanas al escenario. Mientras aquí los chicos del billar se extrañarían de ver como alguien de color pretende desafiarles en su juego, en el local de Ernie más de un tipo duro buscaría sitio junto a él para escuchar la historia por la que después le pegaría un tiro en el callejón.

Y es que es Barack Obama una de esas estrellas surgidas de la nada una familia mundana y humilde y cuya juventud estuvo cargada de sexo, drogas y rock'n roll. Sin embargo, algo cambió en él. Escuchó un día a su hermano negro Martin Luther King hablar de sus sueños, y empezó a soñar él también, recordando las historias que su padre contaba sobre Kenia.
Se dijo a sí mismo que alguien tan cosmopolita como él no podía ser un mediocre más, y empezó a cambiar su mundo, y a convertirse en eso por lo que hoy día en el Savoy sería condenado a muerte: Su ambición.

Como Frankie, empezó a ganarse el favor de gente cercana a JFK y a subir como la espuma en su vida. Empezó también, por esa ambición, a soñar con que el cambio fuese más allá de su fuero interno, hasta que consiguió hacer realidad ese sueño de ser el primer César negro del Imperio Norteamericano.
"El cambio ha llegado", dijo tras convertirse en Emperador mundial electo, aunque es aún hoy cuando toma posesión de tan preciado cargo.

Me dijo el otro día Al que hay mentes con olor a rancio que piensan que lo difícil era que no se produjese cambio alguno con respecto al reinado del mal del Monstruo de las galletas, ese a quién Iraq le confundieron recientemente con nuestro presidente cuando le dijeron eso de "zapatero, a mis zapatos". Mentes rancias, decía, no ya por restar mérito futuro a alguien en plena senectud, sino a una mujer o un negro. Raro es que esas mentes no estén todavía jugando con los chicos del billar, o que no hayan yacido aún en el callejón.

Y es que en el Savoy no importa el sexo ni el color, sino lo amargo de tu historia personal, y es esa amargura lo que hoy día salva a Obama de dormir en pijama de pino. No ya esa amargura pasada, sino la amargura que, como el cambio, está aún por venir.

Comentaba el otro día con John que, lo crea él o no, las cartas están ya sobre la mesa, y difícil es cambiar el sentido del juego. "En estos tiempos del sálvese quién pueda, el único cambio posible es el del nombre de aquel que por el sistema es manejado. Ayer era Bush, hoy será Obama", añadió. Según él, poco importa que la película sea en blanco y negro o a color. Lo realmente importante es el argumento.

Dejando Guantánamo de lado, en el fondo no le falta razón. El cambio vendrá cuando los intereses muevan los hilos para que la marioneta actúe en un distinto sentido. Ayer era Bush, hoy será Obama, y yo mañana me levantaré siendo el mismo.
¿Cambio? Quizá, pero nunca antes de que la marioneta se dé cuenta de los hilos que de su cabeza penden. Para entonces será ya demasiado tarde, tanto, que Barack se habrá ganado el favor de los tipos duros del Savoy. Será entonces cuando realmente se produzca el cambio, de condenado a morir en el callejón, a condenado a beber en el Savoy.

I'm your man

En La Lola's Club la gente no baila, pero sí se escucha música bailable, música sensual que incita a unir el propio cuerpo con el de alguien del sexo opuesto y ser jazz.

Fauna jazzística

La gente no suele bailar en La Lola's Club. La música, habitualmente, invita a ello, pero lo más similar a un baile que se produce no es al son de la música, sino de una victoria en el billar. Aunque antiestéticos, también pueden considerarse proyectos de baile los resbalones que se producen cuando los borrachos dejan de llenar sus bocas de alcohol para inundar el suelo con este. Y es que muchas veces, hay demasiadas aves carroñeras ávidas de sangre como para sólo hacer el amago de agarrarse al palo de la escoba.

Si eres hombre, corres el riesgo de entrarle por el ojo a alguna de Las Tres Desgracias, o de hacerlo por el rabillo de su campo visual. A mi, personalmente, me es indiferente esto último. Al contrario, casi prefiero que las miradas sean de superioridad a que en ellas se vea la lascivia que en ocasiones les embarga.

Mientras, si eres mujer, puedes darte por jodida. Mientras los radares de los chicos del billar no se activan con la presencia de ningún hombre que no forme parte de la partida, lo hacen por sistema cuando es una mujer quién mueve sus caderas a lo largo y ancho del local. Existen, tras ello, dos opciones. Si esas caderas se prestan anchas, dirigen sus miradas a la mesa donde se encuentran Las Tres Desgracias, buscando miradas cómplices favorables al escarnio, y si son largas, se juegan a "piedra, papel y tijera" quién será el que intente atraer a la dama a la mesa mediante gruñidos.
Normalmente, este ritual es tan llamativo, que las mujeres huyen despavoridas. De no ser así, sufrirán igualmente el escarnio de las ínclitas si se acercan al resto de chicos o verán su voluntad sometida a la de palo de escoba si se niegan a hacerlo.

Estos comportamientos, casi instintivos, sería dignos de formar parte de los estudios sobre fauna ibérica de Félix Rodríguez de la Fuente si este todavía viviese, y también si fuese capaz de permanecer cuerdo viendo actos que si bien son habituales a lo largo de las cadenas montañosas españolas, no lo son tanto allí donde, en teoría, debería primar la razón.

No es que yo sea un visionario, o que quiera compararme con quién tan ingentes estudios ha realizado sobre los animales de la península, pero para ser sincero, a su obra le han faltado un par de copas en La Lola's Club para poder considerarse completa. Tampoco le culpo. Hasta yo preferiría observar el ritual de apareamiento del lince ibérico en lugar de ver como cabestros bípedos se pavonean como lo hacen por recordar durante unos segundos qué es un orgasmo. Tampoco sería completa mi observación si no le reconociese mérito a uno de esos bípedos. Él, al menos, puede recordar desde hace un tiempo que hay sexo más allá de "El Solitario", aunque a qué precio. Mil bancos robaría, si fuese preciso, a cambio de evitar que el "Señor Andrés" me susurrase al oído que iba a proceder a echarme unos polvitos mágicos, y no precisamente en mi copa de ron.

La gente no baila en La Lola's Club. Lástima. Quizá, de hacerlo, conseguirían dejar atrás el merecimiento de ser incluidos en "Fauna Ibérica" y poder considerarse, a todos los efectos y como los tipos del Savoy y sus acompañantes, fauna jazzística.

domingo, 18 de enero de 2009

Smoke gets in your eyes

Es justo, creo, que después de hablar de tabaco, la canción que acompañe al último texto se refiera, cuanto menos, al humo que este desprende, tal y como hace este tema.

Tabaco en oferta

"Cuando te reveles contra algo que detestes, chico, las obleas con las que emules al sacerdote de tu parroquia no han de estar sino cargadas de paciencia y tranquilidad. De lo contrario, no captarán lo que están recibiendo como un dardo envenenado, sino como el berrinche de un párvulo".

Aquel hombre había salido de su casa para comprar tabaco, y no volvió. No es que su intención fuese la de fugarse. Simplemente, cometió un gran error: Entrar a comprar tabaco a un sitio como La Lola's Club.
Había entrado en uno de aquellos días en los que, aún con toda la nieve que caía, el cielo se reflejaba en el suelo gris de La Lola's con un color azul intenso y un sol rebosante de luz. Llegaba a ser pedante este ambiente que en ocasiones había en el local. Y sin embargo, con su mera entrada, un par de nubarrones cubrieron esa luminosidad del suelo. Al poco, nos dimos cuenta de que así estaba su vida, llena de nubarrones. Su mayor desgracia no fue no encontrar la salida a esa espiral de billar y alcohol, ni tampoco que en La Lola's no haya máquina expendedora de tabaco, sino que nadie esperaba que dejase La Lola's Club y volviese a casa. Seguramente, incluso su perro habría aprovechado la oportunidad para saltar por la ventana, tal y como había hecho su concubina años atrás. Desde entonces, era un hombre atormentado. Había sido despojado de su oficio por depresión, decían, y sin embargo, su beneficio le permitía vivir de manera bastante holgada, dada la pensión que recibía. Por esto último, no tenía mayor preocupación que llevar siempre en la cartera dinero suficiente para invitar a una ronda al resto de chicos del billar, ni mayor alegría que ser capaz de reponerse de vez en cuando a su acuciante misoginia y, al menos, articular de cuando en vez , o algo más, con alguien del sexo opuesto.

Leyre era una de esas chicas con las que sí era capaz de hablar. Después de que su mujer se suicidase, fue tal el odio que adquirió a la mujeres, que pensaba que estas tenían forma de ángel, corazón de serpiente y mente de asno. A ella, sin embargo, no la tenía por un ser inferior. Quizá le recordase a su mujer, quién sabe. La cuestión es que él siempre se sentaba en la esquina de la barra donde ella atendía, y sólo gustaba de ser atendido por ella. Quizá también porque, con el tiempo, ella acabó comenzando a cobrarle a precio "de amigo" o, como él decía, a "venderle tabaco en oferta". Y es que, para él, eran esos dos sus mayores vicios, el tabaco y el alcohol.

Un día, hablando de mujeres, reflexionó sobre cómo se las debe tratar. Pese a ese odio que tiene al sexo opuesto, parece que Leyre le ha ablandado el corazón. Gracias a su tabaco en oferta, iba relacionándose ya con mujeres, y también acostándose. Entonces, no habló ya de dureza, sino de un dardo envenenado en forma de paciencia y tranquilidad.
Supongo que con ello lo que pretendía es decir que, en caso de disputa, hay siempre que intentar ser más inteligente que la otra parte. A mi modo de ver, ello se puede hacer extensivo también a disputas entre hombres, aunque ese no fuese el tema. Y es que puede ese hombre ser misógino, fumador, alcohólico o hare krisknaar, si con ello es feliz. Lo que está claro, es que en aquellas sabias palabras no le falta razón alguna.

sábado, 17 de enero de 2009

Mad about the boy

La Lola's Club no es un sabor. Tampoco es un olor, ni un sonido.
No es, ni de lejos, el Savoy. Aquellos que transitan por los dos locales, sabe que jamás será La Lola's como el local neoyorkino. Sin embargo, saben que de ser un sabor, sería añejo. De ser un olor, sería similar a ese incienso que busca purificar el ambiente. Y de ser un sonido, bien podría ser un tema como el siguiente: