miércoles, 7 de octubre de 2009

Moon River

Me hablaba Irene antes de comenzar el segundo pase de la mala educación. Me alegró ver que, como yo, cree que no toda la juventud se encuentra anclada en un 1963 digitalizado, y que también a veces la culpa es de los padres y el entorno que un grupo de malcriados acaben siendo puestos en cintura en un programa de televisión que representa un colegio en ese año.

Tras ello, me gustó ver también como me hacía un guiño comenzando el siguiente pase con la canción de una película que lleva por nombre el tema de nuestra última conversación.

La mala educación

En más de una ocasión me ha resguardado la nocturnidad y he recomendado a alguna amiga un libro con qué cultivarse. Con otras, sin embargo, me ha faltado valor para afrontar la posible saña derivada de una sugerencia tan banal como recomendarles comenzar a elevar su coeficiente intelectual con el cambio de color de tinte.

No es que las rubias me parezcan imbéciles, pues ya ves, cielo, que yo misma lo soy. Ocurre que, en ocasiones, recomendaría un cambio a un color platino con el cual seguir con el erróneo tópico, únicamente en descargo de morenas o pelirrojas que no van muy a la zaga del mismo.

Ayer pude constatarlo. Eso de que las rubias somos más tontas que el resto es un mito. Hay mujeres que, aún siendo morenas, son también bastante estúpidas. Y pude constatarlo con una madre que, en su ignorancia, maleducaba a su hijo a la salida del colegio.

Sé que está mal prestar atención a conversaciones ajenas, y más si son de desconocidos, pero no pude evitar, parada en un semáforo, escuchar como una madre decía a su hijo que lo que el profesor le había dicho en clase era mentira, y que si debía aprenderlo era única y exclusivamente para no llevar un suspenso luego a casa.

El tan controvertido tema, cielo, no era otra cosa que las religiones en la antigua Roma. No sé si por creencias propias, pero en cuanto “religión” y “Roma” salieron de la boca del niño, la madre rebuznó rauda y veloz para corregirle y decirle que “de la religión católica, apostólica y romana, os habrán hablado”.
Fue, ante la negativa del crío, ante lo cual la prima del asno co-protagonista de Shrek advirtió del error del profesor, aun remarcándole el churumbel que la temática sobre la que están trabajando son las antiguas y grandes civilizaciones.

Fue también en ese preciso instante cuando a puntito estuve de estamparle el libro sobre religiones egipcias que venía de comprar en todo el buzón, pues llevando tal bien bajo el brazo, mis oídos hubieron de soportar la aberración que cometía la señora al decir que en la antigüedad se llamaba dioses a las personas famosas.

Ahora, a toro pasado, pienso en lo mucho que me gustaría ver a esa madre, tirada en el sofá de su casa, gritando “niño, calla, ¿no ves que están hablando de La Esteban?”, mientras su hijo le pide que le explique el motivo por el cual ocho por siete son cincuenta y seis.

O, mejor aún, me gustaría haber visto la cara que se le habría quedado si en el momento que califica a los dioses egipcios de personas famosas, abro las páginas de Ra, Anubis, Thot o Amón y le muestro sus formas tan poco humanas (aunque aquí corriese el riesgo de que me enseñase una foto de La Campa ardiendo en cólera o de algún personajillo del Gran Hermano 3587).

Llegados a tal punto, es cuando ya no me sorprenden los retratos que programas como “Clase del 63” hacen de la juventud. Si un parlamentario escribe ‘inundaciones’ con ‘h’, una ministra habla de ‘los miembros y las miembras’ y una madre inculta dice a su hijo que la única religión existente en Roma fue la ‘católica, apostólica y romana’, es lógico que niñatos como los que en ese programa salen coloquen luego a Lugo en Badajoz, a León en Andalucía o digan que ocho por siete son cuarenta “por sus cojones”.

Te sorprenderá la referencia que hago a tal programa. Antes de comenzar el primer pase pude ver un rato, mientras me vestía. Si estabas ya aquí no lo habrás podido ver, pero es denigrante. Me niego a creer que así son las nuevas generaciones. Algo habrá distinto a esos despojos, aunque no salga retratado en lugar alguno. Me niego a creer que nuestro futuro está en manos de hijos cuyas madres niegan rasgos básicos de la historia antigua, y que todos son, realmente, hijos del tomate y el móvil.

Me niego a creer, cielo, que el mundo está perdido. No niego la existencia de animales irracionales como La Esteban, La Campa, la señora del semáforo o los niños de “Clase del 63”, pero me niego a creer que ése sea el futuro.

Y si lo es, que se cumpla el mito egipcio y en 2012 termine un ciclo. Y tras él, que el ave fénix resurja. Y que lo haga con educación. Y sin televisión.

domingo, 4 de octubre de 2009

Brucia la terra

No busqueis orden, pues sólo dice lo que dice.
No busqueis lógica, pues para unos pocos la tiene.
No busqueis más allá, pues más allá poco existe.

Orgullo y honor

Admiro tu determinación. El temor al camino nuevo nunca ha detenido. Siempre que has abandonado un camino viejo has sabido qué era aquello que dejabas atrás. Sin embargo, nunca has temido a aquello que el nuevo y desconocido camino pudiera depararte.

Das ahora tus primeros pasos en una nueva senda. Sé precavido. Desconfiado, incluso. No dudes en que, si pueden acabar contigo, lo harán. No des un paso en falso. Recuerda siempre que no hay peor cosa que intentar ser del mundo la mejor persona, y que un orgullo como el tuyo sólo se convertirá en virtud si llegas a convertirlo en honor.

Debes ser perseverante y paciente. No existe la gloria sin sufrimiento, ni el honor sin lucha. Debes también abstraerte de los hechos. Ver gente donde otros ven personas, aún cuando esas personas sean allegadas, pues son esos allegados los primeros que deben guardarte fidelidad, y sin embargo no lo hacen.

Ellos son los primeros que merecen ser ajusticiados. No existe familia sin respeto y fidelidad. Recuérdalo. Lo que ahora ocurre es sólo pasajero. El tiempo no cambia a las personas, sino que las descubre.

Es por ello por lo que no debes dudar. Ellos no han variado un ápice. Tan sólo lo han hecho las máscaras con las que intentan confundirte. Siguen siendo seres despreciables. Antes lo eran por repudiarte. Ahora lo son por intentar utilizarte.

Seamos francos: Jamás les has interesado. El interés que ahora les suscitas es pura fachada. Después de toda una vida de desprecio, ahora vienen solicitando tu ayuda. Unen su causa a la tuya por mero interés. Conocen de tu perseverancia, pero no de tu frialdad y fortaleza.

Es tu frialdad lo que debe imperar en este momento. No dejes en ningún momento que conozcan en profundidad tus pensamientos. No sobre ellos. Su confianza será tu posterior victoria. También a ella contribuirá tu decisión. Cuanto más decidida sea tu colaboración para que todo prospere, mayor será su percepción del olvido y del perdón.

No debe existir este en ningún momento, sin embargo. No tras todo lo pasado. Después de todo lo sufrido, no debe haber en ti lugar a la compasión. Por la caridad entra la peste, y esta es bubónica. Nadie mejor que tú lo sabrá.

No hay mayor rata que la que reniega de sus lazos de sangre. No hay rata mayor que la que traiciona a su familia. El mero hecho de hacerlo, merece la desconsideración como tal. Y todo lo que no pertenezca a tu familia, y muestre tan poco respeto hacia ti, chico, merece sin duda ser aplastado.

Deja que caminen confiados. Hazles creer perdonados y, cuando todo haya pasado y vuestros intereses vuelvan a caminar separados, actúa. Hazlo, y disfruta de ello, pues no hay mejor venganza que la gestada desde la confianza ajena y la propia frialdad.

No puedo asegurarte que la venganza no pueda ser también dolorosa. La mía lo fue. No fue fácil acabar con sangre de mi sangre, o con quién me vio crecer. He de reconocer, en cualquier caso, que no por ser doloroso me tembló el pulso. Después de todo, aquello era lo mejor para la familia.

Mi familia era yo, y también mis allegados más fieles. Lo mismo pasa en tu caso. Tú eres tu verdadera familia, como lo es tu reducido núcleo familiar. No han sido, son, ni tampoco serán, aquellos que te han escupido tantas veces a la cara. Jamás podrá considerarse familia a quién únicamente te busca por interés e insulta tu inteligencia no pidiendo clemencia, sino colaboración.

Ahora es por tu familia por quién debes luchar. Es por tu familia por quién debes ser inteligente y frío. Es por tu familia por quién debes enaltecer tu orgullo a través del honor.

Es por tu familia, y especialmente por ti, por quién debes, en definitiva, actuar para que, como en su día ocurrió con mi sobrino, en el final de los finales el hijo bastardo se convierta en Don.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Cry me a river

Cuando llegué al Avern Club, era Ella Fitzgerald quién estaba sobre el escenario. Al rato, fue Dinah Washington, otra gran voz del jazz y del blues, quién la sustituyó con "Cry me a river", una canción cantada de forma estupenda por la primera pero, para mi gusto, todavía interpretada más estupendamente por la segunda.

Avern Club

Era la segunda vez que me acercaba al Avern Club a pedir consejo a uno de los allí presentes. Ya en la puerta saludé a mi buen amigo Caronte, quién me dijo que esperaba verme por allí más a menudo en un futuro no muy lejano. Flegias, que estaba también por allí cerca, me miraba inquisidor, no sé si por celos o por disponerme a entrar vivo al local.

Lo cierto es que era una noche concurrida. Desconozco si se debe ello a que las almas sin purgar se unen los jueves a las universitarias en sus hábitos de sexo y alcohol, pero el caso es que por allí vi a Chaplin y a Groucho. También estaban Saddam y Bin Laden, quién me rogó le guardase el secreto de su emplazamiento.

Me acerqué a la barra a pedir un trago. Detrás, las dos hijas de Zapatero se encontraban acompañadas por aquel entrañable bote de tomate que entretenía a media España en Telecinco. De las niñas, me atendió la menos fea. Fue en el momento en el que acerqué la copa a mis labios en el que Dinah Washington sustituyó en el escenario a Ella Fitzgerald para cantar aquello de “Cry me a river” y dedicárselo al gran Louis Armstrong, que compartía mesa con Antonio Machín y otros dos afroamericanos.

Como en nuestra primera cita, había llegado antes de la hora. Sabía, además, que el bueno de Frankie estaría en alguna de las habitaciones del piso superior con alguna de sus conquistas en vida. O, quizá, con cualquiera que en el Avern hubiera podido conocer. El caso es que, como la primera vez que nos citamos, esperaba que llegase tarde, y así lo hizo.

Llegó con la respiración alterada, como si hubiese venido corriendo, o quizá igual de sofocado como si viniese de correrse. Sea como fuere, el caso es que arribó con la cremallera del pantalón a medio subir, con dos botones de su camisa por abrochar y su inconfundible sonrisa de cazador por esconder.

Una vez tuvo un trago en la mano, el tono pendenciero de su voz se apoderó de él. Estuvimos comentando el caso durante un rato. Le pareció incluso extraño que hubiese acudido él para orientarme, cuando nunca fue él un ejemplo de cómo se debe tratar a la familia ni, como en el caso abordado, tampoco de cómo se debe ser un padre ejemplar.

Le pareció extraño que acudiese a él, pero no por ello omitió, en su juicio de valor, la definición de rata inmunda de uno de los culpables de que yo haya venido a este mundo. Y tampoco por parecerle extraño, dejó de ofrecerme una solución:

“No quiero sonar repetitivo, muchacho. No sería justo, pues hasta ahora sigues manteniendo la cabeza fría y el jazz caliente. Es por ello que sólo te insto a no cambiar en ese aspecto. Sin embargo, no me considero voz autorizada a tratar temas de familia, aunque sí sé quién en lo que me cuentas te podrá ayudar.

Yo me encargaré de todo, descuida. Vete, y vuelve en un par de días. No te preocupes de los chicos de la puerta. De ellos me ocupo yo. Ahora, ve, y no olvides dar recuerdos al bueno de Al, ¿sí? Ni tampoco lo que siempre te digo: Que el jazz sea tu bandera, y tu frialdad tu montera”.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Calle Melancolía

Neobohemios. Bohemios de nuevo cuño a los que aborrece mi gran amigo Alberto. Se debe ello, quizá, a su triste altanería, ésa con la que una y otra vez afirman vivir en la Calle Melancolía.

La neobohemia

Se irán para no volver, cruzando el túnel del sueño. Dejando un haz de luz un ligero destello. Se irán para no volver, como pájaros sin dueño. Desangrando el cielo con su caótico vuelo.

Si yo pudiera retenerlos, desnudarlos, hacerlos míos, mi verso iluminaría las pupilas de distinguidos poetas líricos, que reunidos en tertulias literarias, lamerían mi falo erguido. Mas como no persigo ese propósito, y si el conseguir ser leído, por todos los dioses digo: ‘Tomad hermanos el reflejo, de lo que pudo haber sido, y sin embargo, por circunstancias del destino, no quiso ser’.

Arrastrados por la vida, creyéndose a vuelta de todo, manchando el lustre de la bohemia, dicen ser autores de la nueva poesía.
Verso que una vez masticado y posteriormente vomitado, diezma su valor hasta alcanzar el del corazón de un hipócrita, arrancado y ensartado en un hierro oxidado y candente.
‘Por el amor de cristo, que blasfemias piensa este miserable’-Pensarán algunos seres, y seguramente con menos elegancia que la descrita-. Pero lo escrito es tan cierto, como que la neobohemia ha muerto antes de haber nacido.

Visten su verso inconcebible, vacío, obtuso, con expresiones ambiguas y hermafroditas que definen su personalidad, y no contentos con ello prolongan la agonía del reducido respetable añadiendo vocablos que aprendieron en la última novela de autor alternativo que dicen haber leído. Tiñen su verso de palabras que jamás alcanzarán a comprender.

Desde aquí les daré las gracias, por perdonarnos a cada segundo la vida. Sentimos no comprender la existencia de una manera tan perfecta y ecuánime como la suya. Sentimos llevar a cabo el atrevimiento de querer formar parte del vulgo. ‘Oh dioses terrenales, perdonad nuestra osadía. Perdonad que seamos inferiores mentalmente’.

A estos seres anacrónicos, podremos distinguirlos del resto de la sociedad atendiendo a distintos factores, los cuales procederé a describir:
(intentaré ser breve)

En primer lugar haré saber que todos los neobohemios, haciendo gala de su basta y amplia cultura literaria, realizan frecuentemente el amago de escribir verso o prosa, o incluso ambas al mismo tiempo. Gracias al cielo, suelen morir en el intento.
La diferencia de estos textos, con los del resto de escritores, es que el mensaje en los primeros se repite constantemente, gravitando en torno a la miseria y desgracia humana, resaltando el ideal: ‘Cuan dura y cruel es la vida que por infortunio me ha tocado vivir’

En segundo lugar, me gustaría hacer hincapié en un rasgo muy importante de los individuos que conforma esta etnia. Les gusta autodefinirse como ‘raros’ o más aún como ‘alternativos’.
Si a sus oídos llegan rumores de que alguien conocido o por conocer los ha considerado de este modo, su ego y su ano se dilatan en proporciones simétricamente idénticas.
Les gusta sentirse ‘diferentes’, para así sentirse al tiempo asilados del rebaño, que integramos el resto de la sociedad.
Podrás verlos portando gafas de sol en altas horas de la madrugada, luciendo sombreros dentro de espacios cerrados, y así toda clase de harapos que no servirían más que para hacer míseros trapos de sus lánguidos jirones.
En resumen: Son alternativos (…).

Por último, no podría dejar pasar por alto el rasgo más importante: Su afán por evadirse.

A menudo se sienten en la vida de paso. La monotonía les asfixia, les atrapa, les raciona el oxígeno.
Necesitan ampliar su ‘campo visual’, enaltecer su alma y su cuerpo. Lo que comúnmente el resto de la sociedad conocemos como vacaciones, ellos lo consideran un ‘descanso vital’, para poder continuar con la pesada carga del día a día.
Necesitan viajar, olvidar por un tiempo las calles que durante el año transitan. Desean alejarse de algo o de alguien, en la mayor parte de los supuestos por simple cobardía. Nadie puede comprender ni satisfacer sus necesidades si no comparte su ‘confesión religiosa’.
Nunca llegan a ser felices plenamente, en parte porque no lo desean. La soledad, la tristeza y el martirio les proporciona un siniestro placer, que nadie cabal y cuerdo llega jamás a comprender.
Podríamos decir que rentabilizan el dolor, para vomitar una especie de sonrisa.

Y así, a grosso modo, quedaría definida la estructura genérica de estos seres que conviven con nosotros.


A ellos quisiera dirigirme para rubricar estas líneas:

Soy consciente de que como animales libres que sois, estáis en todo vuestro derecho de comportaros salvajemente a vuestro antojo siempre y cuando no dañéis a las personas.
Se hace duro aceptar que vistáis así, que no sepáis integraros en la sociedad como el resto de individuos, y que mostréis una concepción de la vida a todas luces anormal; no obstante, a pesar de ello me veo obligado a respetarlo, que no a compartirlo. Ahora bien, por caridad humana: ‘No sigáis escupiendo esas vehemencias en forma de palabra escrita’
No me considero abanderado de ninguna causa, ni represento a nadie, aunque soy consciente de que son muchos los que comparten mi opinión; tan solo quiero que tengáis en cuenta que estáis haciendo mucho daño a la lengua castellana.

Es preferible que os sigáis drogando, pero no tratéis de escribir.
No al menos al mismo tiempo.


* Escrito por Alberto Rodríguez.

martes, 22 de septiembre de 2009

Champagne

Cree Diego haber encontrado cura a su forma de ser. No piensa en que, quizá, por su nueva y fogosa relación, lo que puede, más bien, es no tener remedio. En cualquier caso, el beneficio de la duda habrá de serle otorgado con esta canción que tan bien adereza su nueva historia.

"Su cariño, gracias"

Lo reconozco. Quizá no sea la más guapa del mundo. Sí estoy seguro, sin embargo, de que es más guapa que cualquiera. Y también más fiera. Al menos lo es más que cualquier otra de las que en este local de mala muerte entran.

No me mires así. No tienes más que mirar a tu alrededor. Una divina corista, una camarera enamorada y una serie de especímenes a caballo entre un orangután hembra y la hembra de un pollo. ¿Crees que alguna cabalgaría sobre tu miembro con la soltura que ella lo hizo sobre mi noble corcel?

No creo, tampoco, que ninguna mujer de las que aquí entran sea tan deportista. Ya, ya sé que el chándal no le debe sentar la mitad de bien que a Luis Aragonés, pero también a ella le gusta ganar, ganar, ganar y volver a ganar. No es que conmigo haya dejado los tacones por los tacos, o no al menos por los que se calzan. No. Conmigo, los tacos salían de su boca, y las botas nos las poníamos llamando sin parar a un teléfono que empieza por sesenta y nueve.

Le encanta el deporte, te decía, porque practicándolo estuvimos toda la noche. Sí, sí. No me mires así. ¿Acaso no sabes que es el sexo el único que no se detiene por falta de luz?
Le gusta también cocinar. De hecho, cuando el alba llegó, nos encontró con las manos en la masa, probando por enésima vez el uno los ingredientes que uno y otro añadiríamos a nuestro enésimo postre juntos.

La noche de anoche no fue noche. O no al menos una noche al uso. Cierto es que había alcohol, y también que sonaba blues de fondo. No menos cierto es que tampoco faltaba el humo. Este, sin embargo, no era ambiental, sino sexual. Fueron tantos los cigarrillos necesarios de después, que al recargar las baterías de nicotina, la máquina nos soltó un bonito “su cariño, gracias”.

No puedo negar cierto momentáneo hastío, aún estando en buena forma. Si bien, ella lo hizo arder, y no sabes de qué forma. Llegado al séptimo cielo de aquel acto, actuó ella de tal modo que quise vender mi vida al diablo por perecer en aquel momento. Olvidé que, aún sin cuernos, y teniendo yo el rabo, era una pobre diabla con quién yacía.

Al rato, mis bostezos de Dios le hicieron creerme humano. Fue por ello que, al pedir papas, me las dio arrugás. Arrugás y bañás en champagne francés. Al descorcharlo pedí un trato. Uno más, dijo Santo Tomás, y mano de santo. Su truco sirvió para engañarme una vez más. Y otra. Y otra. Y luego otra…

De todo aquello saco algo en claro, y es que los feos y apuestos se atraen. ¿La razón? Fácil, sencilla, y para mayores de dieciocho años:
Yo no soy todo lo guapo que ella podría desear, y ella apuesta por hacerme adelgazar mediante la dieta del cucurucho. Simple, y llanamente.

Al final del encuentro, ambos nos sentimos colmados por matar el mono a polvos. Con el tiempo, hasta puede que yo siente la cabeza más allá de entre sus piernas. Es probable incluso que ella se reforme si permanecen los castigos de cara a la pared. Quién sabe. Con el tiempo, es incluso posible que, en lugar de aquella máquina, seamos nosotros quienes digamos aquello de “su cariño, gracias”.

lunes, 21 de septiembre de 2009

It's a man's man's man's world.

Hace referencia John en sus palabras a James Brown y uno de sus mayores éxitos. Es de recibo, pues, que ese éxito acompañe en El Rincón a sus palabras, cantado por el propio James Brown y otro grande, Luciano Pavarotti.

Muerto de amor

Sabes, chico, por extraño que parezca, temo a la muerte. Creo en la inmortalidad del ser no como algo divino, sino como un mero recuerdo en la memoria de aquellos que te han amado. Es justamente por ello por lo que temo al último suspiro, porque pocas personas creo que sean capaces de amarme sin cobrar por horas. Y es que hoy día, muchas veces soy amado, pero pocas de forma gratuita.

Podría dejar de buscar el amor en prostitutas y hacer un casting como los que salen en televisión para contratar a un par de jóvenes plañideras para mi velatorio, cierto es, pero no menos cierto es que les costaría más encariñarse conmigo que a mi sacar mi cartera en el Jamaica. Después de todo, hasta en el amor es más fácil recibir que dar… y diría que también más placentero.

Sé que mi concepto de amor es insustancial o, como diría mi amigo Juan Lapuerta, imperialista y prepotente. Soy culpable, lo admito. Lo reconozco, soy la antítesis del romanticismo. No soy capaz de verme en una relación con una mujer más allá del tanga de la dama de turno que muy gustosamente me llame “papito” por un puñado de billetes.

Soy culpable, he dicho, pero no menos culpables sois todos los que por aquí pasais. Después de todo, mi imperio se basa en el aguarrás que bebeis y mi prepotencia en el caché que al local dais, imperio y prepotencia que me han llevado hasta hace un par de semanas al cese temporal de la convivencia alcohólica por reformas y buena vida.

Lo cierto es que quería dar al local una nueva vuelta de tuerca. Lástima que finalmente no haya hecho sino dársela a una de las que en mi sien se encuentran. Quedó ello reflejado en el mismo instante en que te dejé sin lugar de hobbie y a los arrastrados a la altura de un hobbit, pero qué le voy a hacer, ya te he dicho que soy como un prepotente emperador.
Como dueño de este antro de mala muerte que tanta vida da a aquellos que veranean en el purgatorio, me creí con poder suficiente para desafiar al mismísimo Julio César. Mi sorpresa fue que, cuando este arribó a la dirección donde nos habíamos citado, era el ex central del Valladolid quién había aparecido.

Esa broma pesada gastada por la vida me hizo replantearme mi relación con la muerte, aunque creo que en nuestra relación no hay ya remedio. No me gusta frivolizar ni comparar mi situación con la de nadie. Únicamente te diré que me siento vejado y maltratado. No creo haberme merecido aquellos dos golpes de los que, en efecto, todavía no me he olvidado, por mucho que las heridas parezcan cicatrizar. Si aquellos pobres benditos no se merecían morir, menos merecía yo que lo hiciesen en mi edificio.

Tampoco creo que aquella otra chica mereciese morir. Quizá sí su marido, pero no ella. Es una de tantas historias desgarradoras, en las que alguien que dice ser hombre acaba con la vida de su mujer a base de golpes. Cierto es que esta vez los golpes le partieron tanto el alma, que fue ella quién buscó a la muerte, pero no es excusa. Ni tampoco toda esa mierda que sacan ahora en la prensa local, al más puro estilo prensa del corazón. Él era un hijo’puta, pero quién murió fue ella. Qué importan el cariño y el amor.

Quizá sea cosa mia, chico. Hace tiempo que no encuentro el amor sin chequera, ni que por amor llevo preservativos en mi guantera. No me malinterpretes. Yo podría haber protagonizado el anuncio ese televisivo diciendo aquello de “todo con condón, todo con Control”. Es sólo que, como cliente habitual de sus instalaciones, las provisiones me las otorga ya el estado jamaicano.

Sé que mi concepto de amor es insustancial, y sé que puede que lo sea porque jamás se da en mi vida el amor sin pagar. Y qué le voy a hacer si, como cantaba James Brown, no soy nada sin una mujer. Y qué le voy a hacer si ninguna mujer me hace temer más a la muerte…

martes, 15 de septiembre de 2009

Amelie

Qué distintas son las noches cuando uno deja atrás Madrid y vuelve a La Lola's. Qué distinto es para Gustavo volver a las noches con los arrastrados después de disfrutar de su pequeña sonrisa de Amelie.

Los lunes al sol

Nos conocimos en Madrid. Creí, al principio, que era de esas a las que al escuchar “mira, un pájaro muerto”, miran al cielo raudas y veloces para observar el vuelo del difunto. Me equivoqué. Aquella rubia sí sabía de muy buena tinta que no todo al norte de los Pirineos es Estocolmo, y que Estocolmo no es una forma de quejarse por la ruptura de una uña.

Lo cierto es que su primera sonrisa me gratificó más que el primer empujón a cualquier otra. Recordé, gracias a ella, aquellos tiempos en que la aceleración de mi noble corcel era similar a la de un Ferrari. Aquellos tiempos en los que pasaba de misógino a promiscuo en seis segundos.

Pasamos un par de días siendo diez años más jóvenes de lo debido. Remamos en el Retiro como esas parejas de jóvenes adolescentes que comienzan a pensar en el sesenta y nueve como algo más que el resultado de tres por veintitrés. También, como pseudo-adolescentes, bebimos colonia de bebé y utilizamos la marcha atrás para algo más que aparcar.

Quise dejarle claro que, juntos o revueltos, yo con ella, pan y cebolla. Fue entonces cuando, ¡pam!, descubrí que, más que “Operación Retorno”, lo suyo sería una vuelta al cole. Topé de bruces con la realidad que me llevó a saberme más viejo de lo creído. Justo ese fue el momento en el que pensé cortarme la p****.

Podría decir en mi descargo que la culpa es de las madres, que las visten como putas. No es verdad. La culpa es de gilipollas como yo, que piensan que sólo el monte es orégano cuando llevan una década teniendo pelo. Estúpido de mi, sólo cuando la vi como algo no recomendable me di cuenta de que los tiempos cambian… y las mujeres también.

No logré, en los dos lunes siguientes, sin embargo, evitar salir con ella a remar. Ni tampoco llevarla al Retiro. Pasamos tres lunes al sol pecando en la sombra. Pecando, y delinquiendo. Poco me importaría ahora que me llegase una citación del juzgado. Bendito delito descubrir que tras aquella pequeña sonrisa de Amelie, se escondían dos pechos tan firmes como vírgenes.

Sus manos me encendían. Su sonrisa me iluminaba. Toda ella me hacía otro. Aquello tan poco recomendable valía la pena. Valía la pena parecer un adolescente con quién lo era. Valía la pena cambiar los lunes a la sombra por pasarlos al sol, remando en el Retiro.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

La gravedad

Quiebra por completo este relato con lo que La Lola's Club es, pues si bien comienza en un local nocturno, no había sido nunca Clara alguien habitual en El Rincón de los Arrastrados.

No he querido dejar pasar, sin embargo, la oportunidad de compartir con mis lectores algo que ha surgido de la lectura de un relato ajeno al que quise dar, con permiso de su autor, mi toque personal y transferible a quién guste de leerlo.

Está escrito en un tono grave, y que acaba relacionándose con la gravedad. Es por ello que, ¿qué canción, si no esta, podría acompañarlo?

Y al final, la nada

Consumió en las escaleras un último cigarro. Se fumaba mientras la madrugada a la oscuridad. Piensa de nuevo la noche en que él se fue. Esperaba al alba. Le marcaría el camino a un lugar mejor que aquel rincón, creía.

Recordó que la mañana allí no le podía encontrar. Era hora de secarse las lágrimas de sangre en su pañuelo de lija. El perfecto desconocido esperaba su desayuno en casa.

Desde entonces él era todo oscuridad, pensaba mientras abría la puerta. Compartían cama y vida. Les separaba la nocturnidad, la tristeza y el alcohol. “Si el Averno existe, de esto mucho no debe distar”, se dijo a sí misma.

Aquella depresión le había conducido de la baja a la autocompasión. La autocompasión le convirtió en un cabrón. A ella la había convertido en esclava, desaparecida de su empleo la esclavitud.

Triste, se vestía pensando en lo feliz que otrora había sido, y en lo infeliz que aquel hombre le había convertido. Ya en la estación, se acordó de lo buen hombre que fue.

Se detuvo el tren en su estación, y con ello retornaron los pensamientos de abandono. Las lágrimas se volvieron a unir a un insomne y frío rostro. Insomne por las muchas noches con alcohol y sin descanso. Frío, por aquella mañana con abrigos y sin grados.

Una mañana más, tarde. El jefe esperaba. Era sabedora de que su trabajo de un hilo pendía. Poco le importaba. También de un hilo pendía su antigua vitalidad. Esperaba el fin de su jornada, hasta que ésta tocó a arrebato.

Aminoró a la salida el paso pensando en encontrar en la estación la más tardía combinación. ¿De qué serviría una pronta vuelta a casa? Aquello era un infierno.

En algo peor se convirtió al ver en el periódico de quien tan amablemente le había cedido su asiento una noticia similar a la que en las carnes de su hijo ella vivió. Comenzó entonces su sinrazón. Salió de la estación buscando un lugar donde llorar. Donde gritar. Donde volar.

Volvió a su edificio de trabajo como alma que lleva el diablo hasta llegar a divisar un marco incomparable. Cajas apiladas a un lado. Un pequeño invernadero en otro. Cubriéndole, una intensa niebla. Y al final, la nada.

Por un instante, pensó en ser feliz y libre. Feliz pensando en que su hijo vivía todavía. Liberada por saberse madre y mujer. Recordó entonces qué le había llevado a aquella azotea.

Allí le había llevado la realidad de unos sueños imposibles de cumplir. Allí le habían llevado sus ganas de vivir. Entonces, voló. Encontró, al final, la nada.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Lágrimas negras

Lluvia de lágrimas por una mujer. Lágrimas que mezcladas con alcohol se vuelven negras. Negras, como las lágrimas de esta magnífica canción.

Lluvia de lágrimas por una mujer

Anoche, al encender el cigarrillo que acompañaba a mi tercera copa, mi mirada topó nuevamente de bruces con ella. Debí obviarla, pero no pude dejar de mirarla. Después de todo, aquel encuentro había sido por mi buscado. Y es que, sé que suena triste, chico, pero lo cierto es que fumo porque en el humo creo verla.

A aquel veneno le sucedieron otros tres arsénicos. Ninguno cumplió su cometido. Lo máximo que conseguí, fue poseerla. Y es que, puede parecerte un chiste, pero me emborracho porque en los delirios de mi alcohol, en mi alcoba creo tenerla.

Debes creer que debería bastarme con el humo del local para confundirme con el entorno, y en realidad así es. Ocurre que la confusión no llega, sin tabaco de por medio, en ningún caso a enajenación; del mismo modo que no llega sin alcohol a ansias de posesión de algo que sin el padecimiento de un grave síndrome de Estocolmo no pasaría de una triste historia de amor.

Esa es la verdad, chico. En lugar de odiarla, no logro sino ansiarla. No dejo de adorarla, aún cuando debía aborrecerla. Noche tras noche, es Leyre quién me cabalga. Mi caprichosa imaginación hace que, quiera o no quiera, sea Olvido quién me fustiga. Únicamente el que trabajemos como autónomos hace posible su satisfacción, y creo que también la de la camarera que me da de beber.

¿La mía? Mi satisfacción, amigo mío, poco importa, pero ya que me lo preguntas, quizá estuviese hoy día en atreverme a descolgar el auricular y llamarla. Con ella hablaría lo justo y necesario para pedirle que pasase a su corazón el teléfono.

A decir verdad, no sé exactamente de qué hablaría con lo que ella misma denominaba su “medio limón agrio”. Quizá de los brotes verdes de Zapatero. O puede que del cambio climático y del primo de Rajoy. A lo mejor le pediría su opinión sobre una cosa que he experimentado. Le preguntaría, muy posiblemente, si ve factible que se produzca en algún momento lluvia de lágrimas por una mujer.

Pétalos marchitos

Dos grandes de la canción española se unieron en este tema para no volver. "Entre el frío y el hastío" se une a este Rincón, ajeno al oscuro trasiego de La Lola's Club, oliendo a "Pétalos marchitos".

Entre el estío y el frío

Se irán para no volver,
cruzando el túnel del sueño.
Dejando un haz de luz,
un ligero destello.

Se irán para no volver,
como pájaros sin dueño.
Desangrando el cielo
con su caótico vuelo.

Cuando los ojos creían
que el eterno azul era eterno,
cuando los veranos de una vida
ardían en un mísero invierno;

cuando había una salida
al otro lado del averno…
Ya sabía que te quería.
Ya te amaba sin saberlo.

martes, 1 de septiembre de 2009

La paga

En la vida de uno, siempre hay cosas difíciles de explicar. En la vida de Marco, su episodio con la tortilla es una de ellas. Otra podría ser, fácilmente, que al alzar la copa con la que solventar su problema con un huevo, la canción que de fondo sonaba fuese esta:

Kill Tortill'

Cada día, chico, me encuentro más preocupado por mi salud mental. Antes del cierre obligado del rincón, creía remontar, pero me ocurrió hace un par de semanas una cosa que me dejó…

El caso es que estaba yo en casa, tan tranquilo con mi cizaña preparando una tortilla para cenar, cuando mi imaginación me jugó una de las peores pasadas de mi vida, o eso quiero creer. Y es que una vez terminé de trocear las patatas, un huevo me abordó cuchillo en mano. Comencé a temblar aterrorizado. Jamás antes un homicida había tenido los cojones de matarme. Tampoco, para desgracia mia, había intentado jamás hacerlo un buen vino. Ahora, sin embargo, parecía dispuesto a ser trinchado por un huevo. Por suerte no era esa su intención, pues lo único que hizo fue instarme a detener enseguida los preparativos de mi cena con la amenaza de que llamaría a la policía y me acusaría de intento de violación.

Pregunté entonces a mi cizaña que de qué iba aquello, y me contestó esta que se encontraba la cebolla llorando por su desnudez, de una forma casi tan fría como gélido es el abrazo de un pingüino sin alas. Parecía como si, conociéndome como mi planta me conoce, no supiera que no es precisamente una de mis filias el abusar de nada que haya dado la tierra. Ni tan siquiera del cannabis. Y sin embargo, allí estaba, mirándome con una indiferencia que sonaba a reproche, aún cuando sabe ella más que de sobra que, a falta de orgasmos que me alivien, tiendo en mi tiempo libre a alternar entre órgano y mandolina.

Dejé en la cocina a aquel huevo armado y a aquella amada planta sin mirar tan siquiera a la cara de aquella cebolla a quién había desprovisto, según aquel proyecto de tortilla, de su vestimenta y honor, y me preparé una copa de lejía y alcohol del noventa y seis, sin escatimar en alcohol.

Mientras escogía con qué música hacer arder mis adentros, unos gritos me detuvieron. Era el huevo. Había descuartizado y arrojado al fuego a la cebolla y se había suicidado. Mi cizaña tenía ya el número de la policía marcado cuando le arranqué el teléfono de las ramas y me dispuse a terminar con la tortilla que tiempo atrás había empezado. Me reprochó que fuese a esconder el delito en mi cocina perpetrado, pero el hambre y las ganas de terminar con aquella locura pudieron más.

No sé, chico. Quiero creer que todo aquello fue fruto de mi imaginación, pero lo cierto es que todo lo viví de un modo muy real. Puede que, igual que los juguetes cobran vida cuando los niños en los baúles los guardan, también la comida viva una vida similar a la nuestra en la nevera. O eso, o estoy yo loco, aunque sinceramente, no creo que sea ese el caso.

Quizá haya sido fruto de imaginación, pero todo aquello creo haberlo vivido realmente. Mi cizaña, además, respalda mi coartada. Ella vio la ira en los ojos de aquel huevo. Algo debió pasar antes de los preparativos de mi tortilla para que actuase así. Quiso ser él mismo quién se cargase a aquella cebolla. Quizá tuviesen en aquella nevera un lío y ella le dejase por un pepino. Estoy seguro que actuó como un huevo despechado, como sin huevos actúan muchos hijos de puta hoy día. Me engañó a mi y engañó a mi planta para hacerme parecer que en verdad me había metido en aquel ajo, y así actuar con premeditación y alevosía.

Sé que parece increíble todo esto que te cuento. Pensarás que debo llamar a un loquero, cuando, más bien, para hacer la tortilla debí llamar a la policía primero. Sé que puede parecer que estoy enfermo, y yo mismo tengo miedo de ello, chico, pero estoy seguro de lo que aquel crimen fue cometido por aquel huevo…

lunes, 31 de agosto de 2009

Amigo

Tiende Diego, para aparentar una mayor fortaleza y experiencia, a hablar de sus múltiples viajes. Uno de estos hoy le ha hecho recordar, sin embargo, un capítulo no todo lo frívolo que él acostumbra a ser. Todo, por la canción que en aquel momento Irene suavemente cantaba.

Lo que Diego no sabe es que, mientras él habla, encuentra su confesor un claro paralelismo con una experiencia similar. Su amiga es argentina. La de quién escribe, catalana. Una y otra son, como dice la canción, "la hermana del alma, realmente la amiga que en todo camino y jornada está siempre conmigo...".

A Diego se le escapa una cosa. Y es que, a sabiendas de ello o inconscientemente en ningún momento habla de gratitud. Yo, por segundo día seguido, y sin que sirva de precedente en este Rincón, sí debo hacerlo y, Laura, darte las gracias por todo lo que día a día por mi haces.

No sos vos, soy yo

Ocurrió unos tres años atrás. Me encontraba en un bar cuando topé con ella. Su luz me envolvió, como esa envolvente luz que te aproxima a la muerte a lo largo del túnel. Pero, como aquellos que viven una experiencia cercana a esta, terminé regresando.

Cuando uno sufre una ECM, dicen, termina volviendo porque una voz así lo dicta. Unos creen que es simplemente el facultativo quién te hace revivir. Otros, que es quién al otro lado te espera quién te comunica que no ha llegado tu hora. En mi caso, fue ella misma quién me hizo despertar del profundo sueño.

Todo ocurrió un martes. Habían pasado dos jueves desde que nos habíamos conocido. Yo parecía ya un hombre rehabilitado. Casi había olvidado a aquella habitante de Júpiter que me hizo creer marciano. Sonaba en la radio Lucas Masciano. Creo recordar que “Primavera rota”. Y entonces, llegó ella, para también romper el verano.

Me pidió que me sentase y suavemente me dijo “cielo, no sos vos, soy yo”. Íbamos muy rápido, alegó. Poca defensa pude contraponer. Demasiado era ya el empeño que había puesto porque aquella luz fuese la que me aproximase al paraíso. Demasiadas fuerzas fueron las gastadas como para negar la evidencia.

Era un martes. Dice el refranero que “ni te cases ni te embarques”. Cierto es que iba aprisa. Cuando me dejó, lo que esperaba era una contestación a la proposición que le había hecho de irnos juntos de crucero. Pensaba ya, también, en comprarle un perro. Al final, el perro me lo compré a mi y quise tirar todos mis planes juntos por la borda.

Debo decir, en su descargo, que me rompió el corazón, sí, pero que aquel sentimiento poco duró. Dura ello habitualmente lo que tarda en aparecer otra perfección en mi vida. Con ella, sin embargo, un clavo no fue preciso para sacar otro clavo. Y es que ella obvió tal brusquedad, se posó en mi vida y anidó en mi corazón.

Por aquel entonces, ardía por tenerla cerca, aún cuando ella se mostraba fría. Poco a poco, fue esa frialdad lo que convirtió mi ansia en ternura, y mi ternura lo que la convirtió a ella en cercana. Suena extraño, lo sé pero cuando por ella estaba dispuesto a dejarlo todo, no dejándome dar un paso más, fue ella quién acabó por darme todo a mi.

Cuando la conocí, tres años atrás, la creí ángel. Quise con ella tocar el cielo, y mandó mis palabras de amor al infierno. Ello no la convirtió, en contra de lo habitual, en diablo. Más bien al contrario. Lo que después me dio la hizo diosa.

Ella me obligó a volver al mundo real con aquel rechazo. Con aquello, y con aquellos días felices que bien podrían haber sido un final alternativo a “Verano Azul” u otra teleserie de la época. Y es que me declinó mi oferta de amor y crucero, sí, pero para embarcarnos en algo muy poco habitual en la actualidad, como es una amistad entre seres sexualmente desiguales.

No necesitamos velas. Nos bastó con tocar todos los palos para navegar hacia un cariño hoy casi fraternal. No precisamos tener hermanos para comparar lo que el uno del otro hoy sabemos y soportamos. Gracias a su empeño, no hizo falta mucho para que el ansia de amor fuese cubierto por su más que suficiente aprecio.

Sin embargo, pasado cierto tiempo, tuvo mi furgoneta del amor que dejar La Pampa y cruzar el charco. Empapado de papel fotográfico transcurrió el viaje. A cada foto, un recuerdo. A cada recuerdo, una palabra. A cada palabra, un paso más hacia el confort de un alma viajera que en Argentina dejó algo más que una amiga.

“No sos vos, soy yo”, dijo como preludio. Como en mi vida tiende a ser habitual, y de no haberse ella esforzado en que lo que parecía un “adiós” no fuese más que un “hasta luego”, pudo aquello haber sido un final por desamor. Fue, sin embargo, el preludio del más bello no-amor que he vivido, vivo y viviré.

Come fly with me

Hoy, con más de veinticuatro horas de adelanto, por ella.

"Lo que Sinatra ha unido, que no lo separe el hombre..."