sábado, 3 de abril de 2010

Hay quien lo llama destino

Lo nuestro fueron quince minutos de lluvia en Móstoles y un par de sudores con los que calentar la sopa fría. Algo esporádico. Inesperado. Casi insignificante fue aquella unión que nos llevó a soñar el uno con el otro. Y a la postre, algo doloroso.

Amigo. Confidente. Simplemente él. Aquel que sigue cantando para bingo aunque una decida colocarse en primera línea de fuego. Amigo. Confidente. Simplemente él. Aquel por el que valió la pena buscar el cuerpo a cuerpo saliendo de trincheras.

Pero en toda guerra hay víctimas, y toda guerra toca en algún momento a su fin. Incluso las de los sentimientos. Hay quien llama destino a lo que a nosotros sobrevino. Cruel y despiadado sino el que se lo llevó de mi lado.

Lo nuestro acabó, y de todo aquello sólo quedan hoy un par de medias mojadas y dos boletos cuyo premio es la no consolación. A cuatro metros bajo tierra sentí tomar el sol, un sol bajo el cual día a día sentía una desazón tal como si alguien estuviese tratando de acabar conmigo a base de pellizcos.

Días. Semanas. Meses. Toda una vida compartida hasta aquella triste despedida. ¿Qué dejó de funcionar? Cartas. Notas. Corazones de un papel hoy sesgado por tijera y desamor, precedieron aquel instante en que me creí condenada.

Recuerdo aquellas noches en que oíamos en el pecho del otro los tambores sordos de algo que creíamos era amor. Sin temor a equivocarme, puedo decir que nos queríamos. Éramos uno debilidad de otro. Cada cual se equilibraba con su otra mitad. Aquello era especial… pero todo parece tener un fin, y el nuestro de pronto llegó.

Desconfianza, error y arrepentimiento; venganza, frialdad y miedo; permitieron el triunfo de un adiós. Atrás quedaron ingentes recuerdos. Fotos y canciones en cantidades industriales. Pero, pese a la revolución, algo en el corazón quedó que mar adentro la marea no llevó.

Y es que todavía hoy cuando imagino nuestras almas vagando por una playa plagada de recuerdos. Todavía hoy cuando pienso, pienso que yo solo era con él, y él sólo era conmigo. Todavía hoy cuando sueño, puedo escuchar nuestras voces jurando amor eterno. En secreto. En silencio.

Hay quien llama destino a lo que a nosotros sobrevino. Maldito y cruel sino el de aquel que teniendo un cariño tal, acaba sufriendo tanto mal como el que hoy yo padezco cuando recuerdo cuánto quiero. En secreto. En silencio.

Balada del desarraigado

Son varias las ocasiones en que en los últimos tiempos el maestro Alvite ha servido para iluminar mi camino mejor de lo que cualquiera lo haría. Esta vez, con una "Balada del desarraigado" bajo el brazo.

El aviador del hospicio

Es cierto que cada ser humano tiene una sola madre biológica y es indiscutible el eterno tirón de la sangre, pero que yo recuerde, he sido un niño con poco sentido umbilical, un crío que se desentendía de los abrazos de su madre, un fugitivo que en las fotos de familia salía siempre retratado con la indiferente tristeza de un rehén. A veces me soltaba de la mano de mi madre durante el paseo camino del parque y corría hasta el hospicio para ver a todos aquellos chiquillos ruidosos, tristes y expósitos, arrastrado hasta allí por la extraña sensación de que mi verdadero sitio estaba entre ellos. Jamás pude explicarme aquella amarga propensión a la orfandad, pero lo cierto es que otras veces me escapaba hasta el río Sar y entraba desnudo en aquellas aguas puerperales y caldosas en las que acababan de enfriar sus vaginas las yeguas de los soldados. De niño me he perdido unas cuantas veces por la ciudad y casi sin darme cuenta le he dado la mano a la primera mujer que pasaba, como si fuese un genérico hijo en tránsito. No sé si me gustaría saber por qué hacía aquello, pero lo cierto es que no le encuentro sentido a que me incomodase regresar a un hogar cálido y confortable en el que incluso me amaba el gato. Con el paso de los años no hizo sino crecer en mí la tentación por la independencia, sin importarme que fuese la misma que la tentación de la más estricta y dolorosa soledad. Todavía a veces presiento en el agua del lavabo el placer expósito y transeúnte que me producía de niño aquel río ventral y caldoso al que debo la inenarrable sensación de haber recibido entre las piernas la tibia pomada labial de las vulvas de las yeguas. De aquella lejana evitación de la familia me viene seguramente mi costumbre de viajar rodeando las ciudades, probablemente porque aún ahora, como cuando era sólo un niño, por mi costumbre de escapar sólo le encuentro algún sentido a las ciudades de cuyas calles sepa con absoluta seguridad que jamás pasarán algún día por la mía. El río Sar baja ahora un poco sucio y algo escaso, pero, ¿sabes?, a veces me detengo a mirarlo y aún creo posible recorrerlo volando entre sus aguas en un aeroplano con las alas de tela, como un aviador que si falleciese en el cielo amniótico de su infancia sólo pondría de luto a los niños muertos de aquel hospicio.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Entre mis recuerdos

Se me antojaba inevitable que volviera a aparecer el fútbol en el rincón de nuevo esta vez, dada la literalidad de parte de mi último artículo de opinión.

Por ser también algo poco habitual, se me antoja también nuevamente difícil adjuntarle cualquier canción, aunque bien podría ser ésta la que de fondo sonase, por ejemplo.

Los padres del descenso

Aún recuerdo las palabras de aquel maldito niño. Los Reyes Magos no existen, son los padres, dijo en los días previos a las vacaciones de navidad. Era algo mayor que yo, pero no me dolió en prendas enfrentarme a él.

Unos días más tarde, el mismo maldito niño dijo a un ilusionado párvulo que aquellas cien pesetas no habían sido fruto de ningún intercambio con un roedor. El Ratoncito Pérez no existe, son los padres, aseveró.

Sus puños volvieron a intercambiar pareceres con mis incisivos. Uno de ellos, ya medio suelto, se suicidó. El grandullón recibió su castigo. Yo veinte duros como compensación de parte de un ratón.

Tres sobres de cromos y unas chuches dieron buena cuenta de lo que pudo haber sido una demanda a la que luego habría de añadirse otra a la televisión. Yo no sabía qué era aquello de ser gay, pero estaba seguro que Ricky Martin no podía serlo.

No se me había todavía agudizado el oído musical, y era su disco el primero que aspiraba a recibir en mi corta vida. Se lo había pedido a Baltasar. En medio de la noche me levanté a miccionar y, ¡horror!, allí estaba mi madre, colocando los regalos bajo el árbol.

Intentó convencerme de que había sido cosa del desorden real, pero no lo logró. Todavía estaban intactos el vino y el turrón. Recordé a mi agresor. ¡Tenía razón! Pero, ¿y el ratón? Mi madre confesó. Y yo lloré. ¿El regalo? El dichoso cd que había pedido.

Ha pasado tiempo y aquel rumor tan extendido ha sido confirmado. El propio cantante lo ha hecho. Ha salido de ese armario en que uno desearía encerrar juntos al ratón, a los Reyes y al fantasma del descenso.

Hoy éste sobrevuela sin remedio sobre el José Zorrilla, como ave que percibe desde el cielo el nauseabundo olor de quien navega a la deriva. Porque así navega hoy el Real Valladolid; mientras Carlos Suárez se empeña en repetir que el descenso no existe, son los padres.

Hace tiempo algunos venimos barruntando el hundimiento. Alarmistas, nos decían unos. Oportunistas, clamaban otros. Y todo por ir más allá del dudoso rendimiento de jugadores como Haris, Manucho, Nauzet o Pelé. Todo por hablar de su escasa profesionalidad.

Las cuatro multas posteriores al encuentro ante el Atlético de Madrid nos abrieron los ojos. Nos vimos reflejados en aquel niño que perdió un incisivo una. Aquel partido fue, como el día que encontramos a mamá colocando los regalos bajo el árbol, el principio del fin de una ilusión.

Como si del matón del cole se tratase, fue Mendilibar el puesto de cara a la pared. Ahora, pasado el tiempo, se demuestra que en sus aseveraciones y decisiones no le faltaba un ápice de razón. Como la tuvo también aquel que en su día me dio pa’l pelo.

El día de autos, mis compañeros se pusieron de parte del más fuerte. También pasó con el de Zaldibar. La plantilla podía más, y la directiva permitió que se rompiese la cuerda por el lado del más débil. Y lo que es peor, la tormenta amenaza cobrarse una segunda víctima, en la figura de otro entrenador-carnaza.

En el caso que nos atañe, no fue la directiva la única que miró hacia otro lado. El gremio no quiso ganarse la fama de acusica ni dejar de molar al más popular del cole. Ni cuando varios jugadores se excedieron en la celebración de una derrota, ni cuando Mendilibar fue largado con viento fresco.

Como los que estaban en el patio aquel recreo, miraban inquisidores al matón y comentaban en pequeños corros, pero optaban por reírles las gracias, no se fueran a mosquear, cuan pelota de diez años.

Tras la derrota ante el Xerez, en cambio, todo parece haber cambiado. Recuerden, señores, al gran Sabina. Ahora es demasiado tarde, princesa, cantaba en una de sus canciones menos canalla que lo que pueden ser considerados parte de los que visten la violeta y blanca.

Porque ese es el menor calificativo que se puede dedicar a la gran parte de nuestra plantilla, canalla. Y desvergonzada. ¿O acaso no es verdad que hasta la lesión de uno y la suplencia de otro, dos chicos de diecinueve y dieciocho años venían sacando los colores a gente en teoría más preparada?

Pocos se salvan de la quema. Muchos decepcionan. Y los que no lo hacen, a buen seguro se verán recompensados con su salida a otro primera, cuando aquellos a los que los intereses del club no importa nada logren lo que parecen haberse propuesto, engrosar sus currículos con un descenso y mala fama.

Les importe el club o no, ese es un estigma que se llevarán cuando de aquí se vayan, y es por salir con un expediente limpio por lo que deberían luchar. Oportunidades para redimirse de sobra han tenido. Y, como un delincuente enfermo, en su lugar han reincidido.

Pero, ahora que estamos en época de pasión, no debemos olvidar aquello de quien esté libre de todo pecado que tire la primera piedra. Absténganse pues, como de hecho lo hacen, los señores Olabe y Suárez.

El uno ha fracasado en su política de renovación de la plantilla, a la cual él mismo reconoció no haber visto en el enésimo ridículo de la temporada. El otro, tropieza de nuevo con una pasmosa pasividad ante la indolencia que ya llevó al club que dirige a segunda división hace unos años.

Pero, vayamos más allá. ¿Acaso Roberto Olabe no tiene como adjunto a aquel que a su vez ha de ser nexo entre plantilla y organigrama técnico? ¿Por qué entonces la fractura en la plantilla, una vez extirpado el que para unos y otros era el mal? ¿Por qué Carlos Suárez extirpa el presunto problema, y sin embargo las cosas no marchan? ¿Por qué hace oídos sordos a los gritos de auxilio de Alberto Marcos, él, que ha vivido una situación similar en el pasado?

Al contrario de mi conflicto con aquel chico de un curso superior, señores, estas cosas no son ni mucho menos de niños. Estamos nada menos que hablando de un nuevo descenso, provocado una vez más por la pasividad de los que mandan y la indolencia de los que juegan.

Yo, créanme, quiero creer que como antaño, toparé con una realidad distinta de la que creo. Permítanme que lo ponga en duda. Me encantaría a final de temporada decir aquello de el descenso no existe, son los padres, pero…

lunes, 29 de marzo de 2010

Gone, play on

No hay nada como viajar en tren al compás de Russian Red como inspirarse. O quizá sí, pero esa es la fórmula que hoy yo he utilizado.

Ligero de equipaje

Viajo en tren por el mero placer de moverme a la velocidad de las vías. Disfruto de las nubes, que inquietas buscan el sendero por que camino con la leve cojera del vagón desde el que con ellas intercambio una sonrisa cómplice, casi de despedida, que incita a una voz femenina e impersonal a recitar aquellos besos que, como olvidados, atrás dejo en el espacio. En el tiempo.

Busco dos sueltos versos con que decir adiós a un par de estrofas carentes de sentimiento, mas cargadas de dolor. Huelen a raíl y piedras pequeñas, esas que un día se me atragantaron en el desayuno de la vida, en esa adolescencia en que los ojos me doblaban casi en edad.

Mis ojos esquivan una madurez sobrevenida. Por eso, supongo, disfruto cuando viajo en tren. Consumo kilómetros. Espero acabar con otros. A la par veo castillos, en cuyas mazmorras de buena gana encerraría personas. Mientras escribo, se tornan para mí de arena, fina como aquella de la playa en que un día fui imaginado.

Mis amigas de azules ojos señalan aquellos montes tras los que se esconden mis sueños. Mi caligrafía mejora con un alto en el camino, con el canal como testigo. Ancha es Castilla, y cuantiosos sus molinos, como cuantiosos son los monstruos que atrás hoy dejo en el camino. Sin pensar. Sin jamás dudar.

Qué pudo haber sido me pregunto cuando suena el teléfono del olvido. Hay cosas que es mejor enterrar, que dejar en la última estación. Ligero de equipaje con el mío extraviado, nunca reclamado. Perdido, como perdidos terminan siendo los abrazos de quien se reencuentra en el andén si no son luego bien abonados.

Por eso no suele ser bueno el barbecho cuando hay en juego sentimientos. El viento al final siempre recoge las heridas un día sembradas en forma de descuido. A quien las hace, el tiempo suele señalar un tren perdido. A quien las sufre, suele hacer ver en el siguiente una nueva opción para disfrutar, viajando una vez más ligero de equipaje.

sábado, 27 de marzo de 2010

Night and day

Frank Sinatra cantaba a la noche y al día, aunque verdaderamente vivía lo primero. Como el maestro.

Accidentes como aquellos

No tengo motivos para quejarme de los efectos de la mala vida. Puedo tomar copas sin que me afecten en absoluto y lo peor que me sucede con el tabaco es que me entra tos cuando dejo de fumar. En la época de vida nocturna más intensa he dormido un promedio de hora y media cada día durante veinte años sin que se me resintiese el cuerpo, aunque debo reconocer que esa fue la razón por la que acabé, triste y sin esperanza, en la consulta del siquiatra. Sucumbía al sueño sólo en circunstancias extremas, alguna vez en la carretera, sentado, casi muerto, al volante del coche. Sufrí por ese motivo tres percances en los que podría haber perdido la vida y sin embargó resulté con lesiones de escasa importancia, casi como las que podría haberme causado el barbero al afeitarme. En una ocasión me quedé dormido en un cambio de rasante y recorrí quinientos metros en sueños sin que me ocurriese nada. A veces me vencía el cansancio en plena obsesión por no dormirme y entonces soñaba que iba conduciendo por la carretera real y resolvía los lances del viaje con la misma facilidad que si condujese despierto, viajando con los ojos cerrados por una carretera imaginaria cuyo trazado se correspondía al pie de la letra con la carretera real, con la única diferencia que en mi sueño la muerte era amarilla, y el asfalto, azul. En un accidente que sufrí en la Autopista del Atlántico me falló la magia y me empotré contra otro coche al que di alcance a más de ciento cuarenta quilómetros por hora. Desperté con la sensación de haberme caído de cama sobre una alfombra de púas. Me toqué la cara, apenas ensangrentada por los cristales del parabrisas. Por un momento pensé que se me había cambiado de brazo el reloj. También se me pasó por la cabeza el engorro que sería renovar la documentación por culpa de haber quedado irreconocible porque el golpe incluso me hubiese cambiado de raza. Después de localizar mis gafas en el asiento de atrás, salí del coche y me interesé por el otro conductor. Tampoco a él le había ocurrido nada serio. Su automóvil tenía el maletero en el asiento del chofer; mi coche estaba tan destrozado que fue como si el golpe me lo hubiese cambiado de marca. Me disculpé con aquel tipo, cotejamos las pólizas de seguro y nos intercambiamos los teléfonos. A los pocos minutos se presentó una patrulla de Tráfico y le dijimos que no habiendo lesiones graves, aquello lo arreglábamos como amigos de toda la vida que acabasen de conocerse. Después el otro conductor y yo nos fumamos unos cigarrillos sentados en el quitamiedos del arcén mientras esperábamos una grúa que arrastrase mi coche. ¡Joder!, el vehículo estaba tan aplastado que pensé que podríamos retirarlo de la autopista metiéndolo en el maletero del otro coche. Al cabo de una hora llegó la grúa. El otro tipo se despidió y siguió viaje al volante de un coche que renqueaba como un barco con la carga corrida, dejando atrás un ruido de bolera.
Aquel hombre y yo conservamos nuestra amistad hasta el día de hoy. La verdad es que no creo haber hecho desde entonces muchas amistades como las suya. Yo no sé si eso se debe a que no abundan los tipos como aquel o, sencillamente, porque ya ni siquiera hay accidentes tan agradables como los de entonces, que yo creo que eran vida social. El caso es que, de regreso en Compostela, me tomé unas cuantas copas en “El Corzo” a la salud de aquel amigo después de haberme aseado un rato en el lavabo y asegurarme de que no tenía la nariz por debajo de la boca. Aquella fue una de las madrugadas más triunfales de mi existencia. Y aunque no me atrevo a jurarlo, yo creo que si aquella noche mis amigas estuvieron conmigo más cariñosas de lo habitual fue porque, en el fondo, nunca creyeron que mi existencia alma fuese en absoluto más interesante que el maletero del coche.

jueves, 25 de marzo de 2010

Love's been good to me

En ocasiones, uno se encuentra tan falto de cansancio que no topa por ningún sitio siquiera un resquicio para hablar de amor. Cuando ello ocurre, no es nada malo dejar su lugar en el rincón para que otro lo haga. Y menos si ese otro es el maestro, acompañado del gran Sinatra.

Amor, esa patología

“Estoy enamorado, así que seré mal historiador”. Creo recordar que el joven Werther contestaba algo así cuando alguien le pedía que describiese a su amada y contase lo que sentía por ella. Con más o menos contenido literario, algo parecido nos ocurrió alguna vez a todos. Creemos haber puesto los ojos en la mujer más hermosa del mundo y tememos que los otros no hagan otra cosa que conspirar para privarnos de ella como sea. Haríamos por esa chica lo que fuese, y en un arrebato de absurdo desprendimiento romántico, incluso seríamos lo bastante idiotas para renunciar a ella si creyésemos que era por su propio bien. Por supuesto, a ella le sucede lo mismo y cree que no habrá jamás en su vida nadie que pueda sustituirte. Es difícil entender que el amor sea al mismo tiempo tan revitalizador y tan contraproducente, un sentimiento que te empuja a sobrevivir y sin embargo resulta que te quita el apetito. ¿Será el amor una patología? No hay mayor sufrimiento que el de estar enamorado. En cierto modo, el fracaso en el amor constituye a menudo su único alivio. Sobreviene después del fracaso un dolor que nos parece insufrible y creemos que solo nos valdría la pena morir. Hasta que de regreso en la báscula descubrimos que hemos recuperado un par de quilos, síntoma de que el dolor por el fracaso ya no nos produce en el estómago los mismos estragos que el hormigueo parásito de la solitaria. A pesar del traume, te recuperas. Comprendes que ella no era tan importante e imprescindible como suponías. En el fondo te sientes víctima de algo que te viene bien, como si cojeases por culpa de que te hubiesen amputado una jodida pierna ortopédica. Siempre habrá otro muchacho, otra chica, una nueva oportunidad. Será entonces el momento de zanjar el pasado y empezar de nuevo. Con el entusiasmo de entonces pero con la sabiduría que por lo general nos producen las malas experiencias. Y cuando alguien te pregunte como era aquella chica que te dejó en la estacada, sacarás del bolsillo la libretita de las diligencias y dirás de ella la estatura, el peso y el color de los ojos. Porque, ¡qué demonios!, los fracasos sentimentales te enseñan que no hay una sola historia de amor en la que los poemas que te inspiró no puedan ser como si tal cosa sustituidos por una simple y desapasionada descripción policial.

jueves, 18 de marzo de 2010

9 Crimes

Juan parece no pensar ya ni en Leyre ni en Olvido. Otros recuerdos le carcomen. Un qué pudo haber sido. Quizá, una nueva Olvido. Sea como fuere, La Lola's Club puede ser the wrong kind of place to be thinking of you... o no.

Nuevas vías, nuevos puertos

Lo nuestro era un absurdo. El mayor de los sinsentidos. Ella puso el corazón. Yo obvie sus latidos y lo puse a disecar. La dejé escapar, y desde entonces, todo es diferente.

Naufrago donde flotan los sueños arrastrados. Me empeño en ver la cara amarga de la Luna, esa que se esconde noche tras noche mientras aquí haces horas extra con tu punto de cordura bajo el brazo. Te parecerá una locura, pero cuanto más acompañado, más solo me siento.

En el patio de la habitación de al lado busco qué fue de aquello, y no acierto a encontrarlo. Quizá porque ella se llevó el recuerdo de qué pudo haber sido de no haberme dado cuenta que aquello era mi casa tres años después de que dejara de serlo.

En mi descargo he de decir que eran otros tiempos. Ahora la vida desdentada me sonríe. Varias veces ha caído y perdido varios dientes, pero otros quedan que bien lucen. Otras piezas quedan cuyo sarro no me impide ser feliz.

Ella parece que se ha vuelto a enamorar. Quizá porque de un tipo como yo jamás se hubiera enamorado. No le culpo. Dicen que la distancia es el olvido, y yo sí concibo esa razón. Quizá porque el olvido no es otra cosa que aprender a vivir sin alguien, y yo a estar sin ella me he ya acostumbrado.

Nuevas tecnologías, tan frías como impersonales, en ocasiones nos acercan. De otras personas a la vez me alejan. Porque dos kilómetros bastan para sentir a alguien lejos si a través de una pantalla los tienes.

Pero no todo es malo. Un lunes cualquiera puedes hacer nuevas amistades como si la polaridad de los días variase. Sin necesidad de alcoholizarse, uno puede buscar su medio limón agrio con el anonimato como inhibidor. No sé si mejor, pero sí mucho más barato.

Hoy en día las palabras se las lleva el viento. Internet, los sentimientos. Para bien o para mal, se abren nuevas vías. Nuevos cauces por los que uno ya no sabe si es mentira lo que en realidad vive o es verdad lo que en la ficción cuenta.

Marinero de agua dulce, en la red también naufrago. Me mareo en este mundo. Quizá no esté hecho para mí. Y sin embargo quiero una en cada puerto, me haga llamar Diego o Juan Alberto.

Como Sinatra la conocí, y como a la otra le echo de menos si no la tengo. Viento en popa y a toda vela navego con la verdad dejando la indiferencia como estela. Con la mentira camino por impersonales senderos. Con sólo pensarlo, de nuevo me mareo. Quizá esto no esté hecho para mí… o quizá sí.

Internet. Nuevas vías, nuevos puertos. De una a otra voy a la deriva. Aparece en mi vida un nuevo absurdo. Tan cerca de una. De la otra tan lejos.

martes, 16 de marzo de 2010

Estadio Azteca

Por primera vez, el fútbol invade este rincón. Lo hace por influencia de Delibes, periodista, futbolero y escritor. Como homenaje a un grande, grande ha de ser también la canción que le acompañe. Tanto como el Estadio Azteca.

Pasarela Delibes

Los minutos en Zorrilla jamás son de silencio. Siempre hay algún tonto que los jode, con perdón. No ha sido así esta vez. La ruptura vino con una emotivo homenaje a un vallisoletano de pro. Pucelano y pucelanista, Miguel Delibes merece la mayor mención. Uno recuerda esos escasos segundos de silencio sepulcral, y vuelve a sentir emoción. Buena iniciativa, en cualquier caso, la lectura y exposición de un don.

Porque un don tenía para el manejo de la lengua y la expresión, como 'Pipita' lo tiene para el gol. Por el uno voló paloma blanca. De oscuro el otro ganó un balón. A Delibes le faltó el Nobel. Nadie le achacó el hacerse mayor. El Madrid extraña Europa, ¡Higuaín al paredón! "Los estragos del tiempo". Ansias de Champión.

'Nuestro' Delibes era un señor. El Real Madrid, definición. ¿El Valladolid? Puso "El otro fútbol". De poco sirvió. En lugar de "El tesoro", pudo llevarse un palizón. Lo hizo en su lugar Cristiano, a quien tocó bailar con la más fea. Y también con la más torpe. ¡Arriba La Esteban!, gritaba el graderío cuando Nivaldo tropezó en ese ritmo salsón. ¿Resultado? Pisotón.

Las críticas arrecian. La Liga sigue abierta. Menos la salvación. Quien más y quien menos llama a Nivaldo "El loco". A Onésimo, regateador en sus años mozos, le dicen "El hereje". Demasiados palos. Demasiadas pupas. Todos recuerdan a Llorente. Nadie a Mtiliga y su nariz. ¡Cuidado, que CR9 se despeina! Por el carioca más de uno resucitaría La Santa Inquisición.

Torpe y bruto, pero futbolista de profesión. Así es Nivaldo. No tiene "Madera de héroe", pero una y otra vez en hacer daño, dudo que pusiera intención. De responsabilidad no le eximo. Como Alonso y Ramos, mereció la expulsión. Quizá también lo hiciera Arzo. Ronaldo puso esmero. Dio y habló. También le dieron. Si Mejuto endurece el rasero, ¡expulsados a mogollón!

El Pucela no marcó. Su gol lo anotó Albiol. 'El Cobra' sí lo hizo, y se dio luego un chapuzón. Perdona, Fran, si molesto, pero con ese cheque, ¿qué más da llamarte John? Viaja. Túmbate al sol. Luego cuentanós. Nos alegrará volverte a ver en segunda, tras tu espectáculo del domingo sobre el verde.

Llegados a este punto uno se pregunta, ¿vio alguien a Kiko? Estaría a sus cosas, como Manucho 'El Aviador'. En su lugar vino un psicólogo. A ver si arregla algo, entre declaración y declaración. "El camino" no ha de hacerse "Con la escopeta al hombro", pero si entre un roto y un descuido ganamos "La partida", Onésimo y él a una copa tendrán invitación.

Fútbol, "Un deporte de caballeros". Eso es lo que dicen los medios de comunicación. ¡Fuera leñeros! Cuando Contini y Muniain lesionaron a Costa y Sisi, ninguno nos prestó atención. Incluso Ortego y Segurola son ahora todo emoción. Si el Pucela reparte estopa, ¡que los encierren a todos en la misma celda de prisión!

En mi cuarto yo deliro. Culpa de Cristiano. ¡Qué chulo eres, campeón! Con 'La Plus', la nueva de 'LaSexta' también vino. ¡Menudo bellezón! Lo mejor del partido, junto con mi amigo John. "He dicho". Con él me he reído mucho, ella me ha robado el corazón.

Lo peor, Mejuto y sus amigos, agasajados en vestuarios con honor. "La sombra del ciprés es alargada". Y, tras "Cinco horas con Valdano", el Madrid un club modelo y 'Adidas' un primor.

¡Fin del partido! Esto es todo desde 'Pasarela Delibes'. Nos vemos en la próxima estación. Que sea en Cibeles, 'Ingeniero', el año próximo. A Dios ruega, por favor.

sábado, 13 de marzo de 2010

La Bohéme

La bohéme... y el bohemio.

Caderas de taxista

Que soy un columnista mediocre o simplemente honesto lo prueba la inmensa fortuna de no haber ganado jamás un premio. En este oficio en realidad tan sedentario las probabilidades de alcanzar la gloria son infinitamente menores que las de desarrollar caderas de taxista. En uno de los periódicos en los que trabajé en Galicia lo máximo que conseguí fue un descuento en la esquela de mi padre. Empecé en esto hace cuarenta años y aunque al final las cosas me han ido razonablemente bien, no ignoro que la distancia que me falta para el éxito es sin duda menor que la que me separa de las hemorroides.

Cuando llevaba apenas unas semanas en la profesión, mi padre, que también era periodista, me dijo: «Si te van mal las cosas, te consolará saber que en este oficio lo normal es que ya estés en la calle cuando te despidan». Una parte de mi estilo, las uñas de los pies y muchas de mis costumbres, las heredé de él; mis errores y mis vicios fueron cosa mía. Un poco deformada por la mala vida, mi voz recuerda mucho a la suya. A diferencia de lo que ocurrió conmigo, él acertaba más a menudo con el portal de casa, lo que explica que muriese casado con su única esposa.

Gracias a haber llevado una vida más regular, supongo que nunca le ocurrió lo que a mí me sucedió con la fulana que una noche me dijo: «Siempre creí que era indecente relacionarse con un tipo promiscuo como tú, pero, confieso que al besarte me excita la idea de haber metido la lengua en la boca de otra mujer». A veces creo que el periodismo de sucesos fue determinante de mi destrucción por haberme aficionado a llevar la mala vida que tenía el compromiso profesional de retratar y el deber moral de maldecir. Pensaba que compartir la vida de los parias me ayudaría a comprenderla. Supongo que en eso fui un ingenuo. Era evidente que los periodistas que cubrían en Madrid las carreras del hipódromo se entusiasmaban con su trabajo sin necesidad de comerse la alfalfa de los caballos.

En realidad vivía aquí y tenía la cabeza muy lejos, en cualquiera de esos lugares remotos e insalubres en los que el viento sopla lo justo para que por las banderas se sepa dónde están las embajadas. Ahora soy más realista que cuando empecé en esto, pero todavía a veces me detengo en otoño frente al parque y no descarto que en las ramas de los árboles sin hojas se posen de un momento a otro los esqueletos de los pájaros.

jueves, 11 de marzo de 2010

Jueves

Muchos lloramos aquel día, y lo hacemos cuando recordamos. Ciento noventa y dos víctimas fueron las razones de ello. Un grupo de desalmados los culpables.

Como otros muchos, yo tenía gente allí. Unos queridos; otros... menos.



A ti, que al volver a mí jugaste con aquello. Y a ellos, por los que me estremezco en el recuerdo.

Jueves once

Tu palabra no vale nada para mí. No tienes perdón. No sigas. Jamás creeré algo así. No gastes saliva, ni tampoco mis pupilas y recuerdos.

Banalizar con algo así debería estar penado. Hace tiempo yo te he condenado, pero no me basta. Necesitaría siempre más. Porque tú estabas allí, en la misma medida que yo estaba.

No busques excusas. Ya no conmigo. Tu crédito hace tiempo se ha perdido. ¿De qué vale recordar si es una mentira lo que aflora por tus labios? Ahórrate tus cuentos. ¿Y qué si tú también vivías en Madrid?

Pretendiste encontrar pena. No lo conseguiste. Pensé en todos salvo en ti. No lo mereciste. No lo hiciste porque otros había que en mí pensaban. Otros había que aquel temor ganaban.

Sentí temor y pánico. Aún lo siento si recuerdo. Porque, créeme, no olvido. Muchos eran los días en que había paseado por aquellas vías, por aquellos barrios. Quizá hubiese estado incluso en uno de esos trenes.

Esas horas fueron meses. “¡El Apocalipsis!”. Pensé en ello mientras aguardaba una noticia. No tuya. Tú me acostumbraste a nunca recibirlas. Sí siempre recibí de ellos noticias y el cariño que en ti echaba en falta.

Por eso por ellos lloré al saber que no iban a bordo de ningún tren. Tú no. Ellos se lo ganaron. No lo hicieron otros, pero también por ellos lloré. Y no sólo entonces lo hice.

Otras veces había vuelto y evitado el monolito. En verano entré casi obligado y volví a emocionarme. Por aquellas ciento noventa y dos familias. Por aquellos barrios trabajadores. Pero no por ti.

Primero a las ocho. Luego a las once y media. Más tarde al volver de clase. Y día a día, según se sucedían las noticias, todos quedábamos marcados. Pero tú no eres más. No perdiste a nadie. Ni siquiera la vergüenza. No frivolices con aquello.

Hace ya seis años, España lloró un jueves. Desde entonces lo ha hecho un once. Hoy vuelven a coincidir los días. Hoy volvemos a llorar. Por ciento noventa y dos familias. Por aquellos barrios trabajadores. No por ti.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Yesterday

Tan maestro uno como genio el otro. Sencillamente Alvite. Simplemente Sinatra.

Vías sin tren

No puedo entender que muchos hombres y mujeres sean felices por considerar el agnosticismo una fascinante conquista intelectual. Yo soy agnóstico y la verdad es que de todas mis conquistas esa es precisamente de la que menos orgulloso me siento. A lo mejor es que ocurre con el escepticismo lo que con el cansancio, que es algo que en la juventud supone el resultado de un placer y cuando uno se hace mayor descubre que sólo puede ser la secuela de alguna enfermedad preocupante. Por eso creo que el descubrimiento del agnosticismo produce en muchos seres humanos la misma decepción que experimentarían si por indagar en el origen del coqueto lunar de la barbilla descubriesen que en realidad esa diminuta manchita es el alarmante indicio de un pavoroso cáncer de piel cuyas trágicas ramificaciones podrían ser incluso imprevisibles. Encontrar una patología detrás de la belleza conduce a la misma amargura que sienten algunos agnósticos –yo mismo– cuando al cabo de hondas y angustiosas pesquisas se les confirma que la lucidez mental en el fondo sólo les ha servido para esclarecer la oscuridad iluminándola con una paradójica bombilla negra. Su fe en la resurrección hace más felices a los creyentes. Para ellos la muerte sólo es un tránsito hacia otra manera de ser y de existir, un simple transbordo al que muchos se enfrentan con la misma presencia de ánimo que si se tratase de cambiar de tren en un largo recorrido sin final. No es lo mismo para un agnóstico. No lo es en mi caso. Me asusta la idea de morir y encuentro insoportable la relativa certeza intelectual de que lo único aprovechable de mi muerte sea al día siguiente mi viuda. Me pregunto por qué diablos habré perdido la fe que me inculcaron en la infancia. Mirándolo bien, ni siquiera sé en qué preciso instante de mi existencia la perdí. Supongo que ocurrió cuando era demasiado joven, en ese fosco y analgésico momento de la vida en el que el coche de los muertos siempre está más allá que el carrito de los helados. Por desgracia, ahora ya es demasiado tarde para recapacitar y tendré que hacerme a la idea de morir sin la menor esperanza de que en el andén del tanatorio entre inesperadamente un tren. ¡Lástima y envidia! La muerte siempre es algo difícil de soportar para un agnóstico, sobre todo si, como es mi caso, no tiene costumbre de estar más de seis horas acostado.

martes, 2 de marzo de 2010

Summertime

Otra vez es Diego quien nos habla, como si su fracaso en los camerinos no hubiera bastado. Lo hace de otro fracaso, o de al menos algo frustrado y que como en él es habitual no fue más allá de una noche. Aunque, conociéndolo, antes de los tiempos de verano, seguro se podrá reponer...

Ciclogénesis

Entre las piernas de aquella mujer, chico, la ciclogénesis no pareció más que un soplo al corazón de un camarón. El único viento que sentí en medio del ciclón fue un saxo tenor que surgió de entre las llamas del lavabo en el que en la lascivia retozábamos antes de que Irene, cantando a Sarah Vaughan, diese a sus rizos un sabor afrodisiaco similar al que el champán regala a una docena de fresas con intolerancia a la lactosa.

Olía a sexo y a sardina, como si su profesión fuera prostituta o pescantina. No obstante, seguí a lo mío. Ya sabes, los perros no distinguen razas, y si se olisquean sus tres cuartos traseros es sólo para saber a qué huelen las nubes, o si quien está enfrente guarda detrás suyo los restos de un bolero o la letra de unos escombros.

Desnuda resultaba igual de interesante que antes de tirar por el retrete al gnomo del fondo de mi copa. Parecía una de esas mujeres con las cuales resultaría incluso agradable buscar un sitio en que comer tras el camión de la basura sin haber desayunado.

Una de esas típicas chicas que parecen haber comenzado la dieta del bikini en marzo de hace tres años con el fin de convertir en virtud el fracaso de tenerla, y en el mayor de los honores asomarse al balcón de unos melones en los que cualquier empresario plantaría dos molinos al primer descuido en paños menores.

Mientras Leyre nos servía un par de copas, con Ella Fitzgerald nos deleitaba la corista. Al amor de verano cantaba, anunciando que quizá no fueran horas para agasajar a una pareja con un gato chino comprado en Chueca. Es lo único de valor que guardaba en el cuatro ruedas. Eso y un par de calzoncillos.

Con las manos vacías volví a entrar, ruborizado como aquel niño que es cazado por primera vez con una mano en la entrepierna y en otra la foto de aquella prima lejana del pueblo cuya velocidad de desarrollo es sólo equiparable a las mazorcas del gigante verde del anuncio.

“Cielo, hace tiempo compartimos barra. Sé que lo nuestro funcionaría, pero no eres lo que busco. Estoy cansada de zánganos cuya sustancia es menor que la que puedes encontrar en cualquier colmena cuya mayoría de obreras esperan en la cola del INEM las falsas promesas de bienestar de un proxeneta. Ya no quiero ser princesa si es un revolcón lo que me espera, pero entiéndeme, por muy interesantes que tus silencios resulten, creo que aspiro a más que llegar a fin de mes debiendo pagar oscuridad en el recibo de la luz”, aseveró.

Intenté persuadirla. “Nena, no olvides que es en la oscuridad donde más lucen las joyas, y serlo nunca está de más, aunque sea republicana la corona que tú ansías. No puedo prometerte luz. Ni tan siquiera puedo prometerte amor, pero quédate conmigo esta noche y te aseguro que por ti recibirán cada rey, un mono; y cada bufón, su trono”.

Me besó en la frente, dejándome en los labios la miel de una despedida como hubiera deseado. Como la ciclogénesis, fue breve, pero mucho más intenso. Mucho se ha hablado de esas dos borrascas pero, ¿sabes? Aquello sirve como muestra de que con tormentas mayores que esa he estado sentado en la barra de un bar.

domingo, 28 de febrero de 2010

Better make it through today

Todos los que en algún momento topamos con el maestro Alvite, sentimos el influjo de su prosa. Tanto, que somos capaces de aproximarnos hasta el punto que Vicente lo hace a ella, con esta canción de fondo.

La perversión del suspense

Me gustan las mujeres cuya sonrisa es su mayor incógnita. No hay mejor sexo que el que imaginas con una mujer cuya ropa es su biombo. Es la razón de que el amor sea tan efímero como el vuelo de una hoja al caer al suelo. Interés y suspense caminan a la par en las relaciones. Pese a todo, la gente aspira a conocerse y, por eso, todos los matrimonios fracasan. Cuando miro a una mujer la susurro con los ojos que me cuente una mentira para mantener vivo el vértigo que me da observar los bajos de su falda. Pocas han mantenido el suspense más de lo que lo hace la última carta del póquer antes de mostrarse. De la vida espero algo más que de la parada del bus. La rutina es una convención y yo no busco mujeres convencionales, busco alguna que de emoción al parte meteorológico, de esas de las que esperas un beso y te dan un disparo, de esas que no llevan spray de pimienta en el bolso sino una barra de labios carmín, de esas de cuyo sonido al andar esperas un terremoto. Si todo el mundo pensase así, probablemente se extinguiría la especie humana, yo me conformo con que entiendan que nunca me casaré.