Sus dedos parecían más los de un trilero acostumbrado a ganarse la mala vida que le queda robando un par de suspiros ahogados en alcohol que los apéndices de cualquier angel negro caído en aquel tugurio por error.
Era cubano, y venía acompañado de un saxofonista mudo. Además de no articular palabra, debía padecer algún tipo de retraso, pues antes de la actuación sonreía y asentía como si hubiese caído del cielo procedente de algún lugar lejano donde la falsa lujuria que le rodeaba no fuese más que un juego de párvulos.
Aquel puto descerebrado parecía desconocer que cuando llueve los aprendices de mariachi dejan en casa sus guitarras y meten las armas en sus fundas, y que en un rincón oscuro como en el que te encuentras el monzón no cae, está; tan intrínseco como las ganas de follar de la corista y la aversión a cualquier sonrisa de quien sale en compañía al callejón y vuelve en soledad.
El hombre del piano tenía el inexpresivo semblante de un escritor nazi. La recia articulación de sus manos dejaba entrever una educación marcial en el arte de parecer un hombre de hojalata y sonar en los otros con el ritmo de un atractivo conejo en celo.
En la barra del bar, las zarpas de un trapecista borracho iban a parar a la espalda descubierta de una dama con un tacto tal que parecía haber ensayado ir a parar a un dorso con truco, buscando en el sujeto pasivo el giro que dejase abierto el balcón de su escote.
No falló en su pretensión, aunque no contó con que una mujer abordada bruscamente es incapaz de fingir no ser arena movediza, de evitar golpear con violencia a su tocador si el espejo no devuelve la bella imagen que espera. De sumergirlo, en definitiva, en la humillación de quien por una dama de voluptuosos pechos es abofeteado.
El músico desafinó al contemplar la escena, convirtiendo el pabellón de su trompeta en altavoz de la vergüenza. El pianista, impasible, no comprendió; y el del saxofón desvió su mirada a la lencería de la corista. Ésta le devolvió la sonrisa debajo de su cintura, o eso creyó Al menos es lo que él imaginó, unos labios prietos como los de quien le acompañaba en el escenario, dispuestos a salivar por él.
Sintió un ardor dentro de sí que le provocó calor y rigidez. Alguien en la primera fila lo percibió y vio cómo en su mirada el fuego iba cada vez a más, y miró atrás. "Ahora entiendo a qué viene la sonrisa del saxofonista", pensó, "¡joder con el retrasado! Yo también querría acariciar sus labios...".
El trapecista terminó botado. La de la bofetada, envalentonada. El trompetista, mientras, culminço su pieza temeroso porque su remuneración fuese menor de la acordada. Su compañero, empalmado. Y, por más que los mariachis viesen una afrenta en él, un motivo para sonreir.
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