jueves, 15 de marzo de 2012

La Virgen de los Imposibles II

- Prometo recordar tus manos de pianista.
- Cielo, yo toco el saxofón.
- Si no quieres que te olvide, déjame hacerlo a mi manera.
- Si me imaginas estarás haciéndolo.
- Si no callas, ni tan siquiera me molestaré en pensarte como a los dos nos gustaría que fueses.

- Esa mujer no te conviene. No seas inconsciente. No prestes atención a sus labios. Son el brazo ejecutor de sus condenas.
- Es su mirada lo que me hace perder el norte.
- Si sigues sosteniéndola, caerás aún más a los infiernos.
- Y qué es el infierno, sino este lugar. Dónde está el averno, sino allí donde uno renuncia a sí mismo y a la fe por el mero placer de imaginarse entre sus piernas.

No es extraño ver a un hombre golpeado por magia de mujer. Ese hechizo rige el mundo. Guerras y desaires se producen al arbitrio que marca la pícara sonrisa de cualquier bella fadista. Los mayores desastres naturales fueron precedidos de un golpe de cadera femenino. ¡Dichoso efecto mariposa!, cuántos pánfilos habrán caído por adorar a una morena que balbucea salsa...

Fíjate en ese tipo. Dice confesar de día y penar de noche. Como si no hubiese un lugar mejor que este antro para un sacerdote. ¿No hay en Michigan ningún grupo de jazz cristiano dispuesto a acogerlo en su seno? Por bien que suene su saxo, esta barra de bar no va a juego con los alzacuellos...

Y además está esa jodida tentación suya. Como si no fuese suficiente pecado incitar con el saxo al sexo. Podría no culparle si fuese uno más, pero no lo es. ¿No se supone que tiene algún tipo de deber moral, como un juramento hipocrático, o algo así?

Esa mujer no es buena, chico. Sé que siempre digo que ninguna lo es, pero es que ella es demasiado impía para merecer siquiera el calor de un hombre-lumbre. Si debiese escribir para ella una carta de recomendación lo haría a fuego, con el mismo con el que se quema quien con ella juega -o lo intenta-.

Su altanería no tiene parangón. De inalcanzable que quiere ser es hiriente, pero lo es más cuando maneja silenciosamente a quien cree haberla reblandecido, haberla hecho cambiar. Es fría y manipuladora. En definitiva, una zorra capaz de hacer llorar sangre al hombre de hojalata y de convertir a un boxeador en afinador de gaitas.

Siento no ser explícito. Por prescripción médica sugiero más que digo. Pero créeme. No tienes más que fijarte en su altivez y en su falta de toda habilidad social para comprobar que estoy en lo cierto. Y si crees que no es así, desconfía: no hay bondad que cien años dure ni amor al que más de cincuenta días torture.

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