Quisiera mentir y decirte que te extraño, que extraño todo de ti. Tu risa, tu sabor, tu simple sentir. Lo intento, pero no logro anhelar mi felicidad contigo. Quizá porque en realidad fue un infeliz que jamás fue de verdad querido. Fingías tan bien...
Por vergüenza torera aún guardo tus fotos. Te miro y ya no tiemblo, no lato. Probablemente si creyese en el olvido pensaría que algún día desaparecerías como desaparece el hastío en los pájaros cuando de súbito al invierno lo sustituye la primavera.
¿Recuerdas la que decías era nuestra canción? Yo ya no. Sé que con algunas lloré. Con cuál más qué más da. Soy incapaz de recordarlo y de querer hacerlo. Por más que intente hacer recapitulación de nuestros buenos momentos, soy incapaz de unir un par de gratos pasatiempos. Los hubo, seguro. Pero, ¿de qué valieron?
La última noche que nos vimos parecías feliz. De ser y de estar, contigo y conmigo. Decías notar el paso de los años, de los golpes; de los trenes y sueños. Firmaste un propósito de enmienda, tan vano como tus viejas promesas de amor.
Lo reconozco: querría estar triste por no abrir tus piernas, por no ver en tus muslos el perfecto estorbo entre tu sexo y el mío; gemir al son que marcan los muelles de mi cama y tus caderas y perder en tu sur el norte por el simple placer de sentir melancolía.
En recuerdo a lo que pudo haber sido y no quisiste que fuera, podría ser un cínico; escribirte a los ojos. Por ti es bien sabido que mi torería y gallardía fueron siempre de salón, que el mujeriego en las distancias cortas pierde la fe a medida en que acaban su copa y el crédito en la mujer a quien corteja. Sin motivos ya para ofrecer mi vida al alcohol, ¿acaso crees que me importa que sepas que te olvidé de usted?
Si eres feliz poco me importa. También el no saber de ti. Si usas el mismo tinte o si te sigue gustando el sexo después del cine; los años que tiene tu perro o si tienes tortugas de agua. El único anhelo que tengo de ti es el añorarte. Porque ya se sabe que el arte no es arte sin desamor, que el gallego lo es menos si a la hora del desayuno no unta sus tostadas en descrédito.
Han pasado los años, ya no soy aquel tonto pendenciero; aquel joven que te quiso con esmero. Aquel pánfilo al que engañar, al que confundir con tu amor de quita y pon. De lo nuestro ya no hay callo, y juro que lo siento. Siento no sentir, porque quien siente siente el arte, y yo hoy solo lo finjo, como fingías tú quererme bien.
De los golpes que me diste me repuse ya. No me quedan ni tan siquiera cicatrices. Llámalo Estocolmo, morbo o lo que te salga de las narices, pero créeme: no hay mayor razón en mí para escribirte -sí, a ti- que para contarte que anoche extrañé extrañarte.
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