domingo, 4 de marzo de 2012

La Virgen de los Imposibles

En manos de un cura agoniza un saxofón. Tiene alergia al hábito, lo que le lleva a vestir harapos, cuan músico de los cuarenta. Ve el pecado en los ojos de la rubia de la primera fila y piensa en el calor del cilicio, en las altas temperaturas que evitan que su miembro se alce a los cielos con pensamientos terrenales.

Son, sus rasgos celestiales, un engaño mayor que aquella farsa pertrechada en nombre de una santa. ¿Cómo puede despertar una tez tan virginal unos instintos tan pecaminosos y sexuales? ¿Es acaso la viva personificación del fruto prohibido?

Perdido en esos ojos, recuerda que no debería un sacerdote bajar al inframundo. Ni tan siquiera para ahogar un saxo. Esa avidez de sexo que siente en su entrepierna es, sin duda, el castigo que le envía su deidad por el vicio del blues.

Notas pecaminosas salen de un instrumento que de por sí puede semejar inofensivo, pero que combinado con luz tenue y aguarrás dejaría a Magdalena a la altura de una virgen pura, de las de verdad. Por más que toque con pudor, como buscando ocultar su transgresión, la trompeta no logra hacer de menos sus impulsos.

Baja la mirada, aunque de nada sirve, pues al cerrar los ojos se la imagina desnuda. Vuelve a clavar los ojos sobre ella, sobre sus firmes senos ocultos bajo ese vestido rojo. Dios santo, con algo así cercano, ¿quién lograría mantenerse fiel al celibato? ¿Quién no vendería su cuerpo al diablo por una noche entre sus piernas?

Ella parece ser consciente de la atracción que en el músico despierta. Aprieta sus labios, sensual, y cabecea levemente mientras sorbe de su copa. Coquetea, sabedora de su condición de perdición, invitándole a que demuestre que es inalcanzable. Estrecha y arrogante, es una más en esa fauna femenina capaz de alcanzar el súmmum con el solo hecho de decir no, de perdonar la vida invitando en silencio a la desesperación y la ensoñación.

Probablemente patrocine, sin saberlo, las maniobras de un militar devoto de la Virgen de los Imposibles. Quién sabe si también de algún vecino amigo de la oscuridad y las escondidas. Amante de la lontananza en las distancias cortas, ha rechazado ya dos copas de pretendientes indignos de ser siquiera mirados a la cara.

Su libre albedrío yace a un par de manzanas de la pureza de su alma. Esa santidad semeja aún más lejana cuando saxo en mano escupe unas notas que jamás escucharán los feligreses, y que tampoco convertirán a los del lugar en clientes habituales en su iglesia.

Termina su actuación sin alzacuellos y busca su mirada entre la gente, comprobar que no es piadosa. Darse de bruces con la lujuria y tentar a la suerte. Lejos del confesionario puede soñar con entrar con ella en él, piensa. Por qué no, también con hacerlo a los servicios. Para la redención de los pecados siempre hay tiempo. No para por alguien así dejar la castidad a un lado.

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