miércoles, 1 de diciembre de 2010

Navegando al son de un fado

La besé al son de un fado. Afirmó quererme. Entonces, le dije:
- Nena, no soy el tipo de hombre que tú piensas. El mayor compromiso que jamás he adquirido es la promesa de olvidar aquello que jamás he visto, que jamás he oído.

Sus brazos, compasivos, me acercaron a su pecho. Sus labios cometieron otra vez la misma tropelía:
- Cariño, no soy más que un espejismo. Uno de esos tipos que de la chimenea en navidad cuelgan los calcetines sucios. Uno de esos que el único abrazo sincero que conocen es el frío de un pingüino.

¿Sabes, chico?, por más que lo intento, no logro extrañar aquello. Me habría gustado jurar que registraría una a una las marcas de su espalda. No sé si fue por mi carácter o porque debía incluso un ramo al cementerio, pero jamás de mí nacieron esas ganas.

De los sentimientos huyo, y no me duele en prendas reconocer que el día menos pensado amaneceré incluso alejado de mí mismo. Y qué si todas me creen capullo. Será que las verdades duelen. Yo siempre lo advierto “ni siento, ni destruyo”.

Soy un verso suelto. Unos labios solitarios. Un perro viejo. Un gato abandonado. Un arrastrado. Alguien a quien jamás confiar el dinero del almuerzo ni a quien nombrar jurado. Uno más de este lugar…

Aquí me trajo la carta de recomendación de un finado. La encontré por casualidad transitando por las calles de cualquier otra ciudad. Era un sobre blanco, letras negras. Nada de lo que sospechar si es el puto mundo de ahí fuera lo que crees real.

Compadezco a quien recibió su acta de defunción antes de tiempo no por el simple hecho de haber sido condenado, sino porque estoy seguro que por la publicidad que hizo a este local no recibió un duro.

De nada le habría servido haberlo hecho, pensarás. No sabes cuan equivocado estás. El tener dinero puede convertirte en el más rico del cementerio, pero también darte la posibilidad de que sea la mujer de otro la que tenga que arrojar la cena por el sumidero.

Dicen que el que avisa no es traidor, y yo llevo mi mala vida por bandera. Son ellas las que escogen ser simples pasajeras. No se lo reprocho. Mejor ser un mero pasajero y llorar por lo que un día has disfrutado que convertirte en marinero y hacerlo por lo en balde que durante una vida has trabajado.

Puede que a aquella chica portuguesa en su día hiciese daño, pero lo hice con franqueza. Previniendo, antes que lamentando. ¿De verdad soy yo peor que aquellos que cenan plomo en el callejón en lugar de lo que su mujer prepara en casa?

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