domingo, 7 de noviembre de 2010

Un puñado de recuerdos...

En ocasiones pienso que nací a la temprana edad de cuatro años. No porque no tenga recuerdos anteriores, sino porque siempre las cosas me han sobrevenido como si mis oídos y mis ojos tuviesen casi un lustro de experiencia más que el resto de mi cuerpo.

Lo cierto es que sé que no es así, porque todavía recuerdo mi tercer cumpleaños. La persiana bajada. La vela de mi tarta… Recuerdo que entonces desconocía el significado de la palabra soledad.

Ahora es en mi vida lo que más abunda, pero he de reconocer que de nada me arrepiento. Considero el arrepientimiento un planteamiento pueril y vano, insustancial y cobarde a todas luces.

También recuerdo aquellos veinte interminables minutos de una operación que me mostró lo efímero del ser humano. En un segundo aquel avión me castigo. Un puñado de segundos se convirtieron en algo casi eterno, postrado en una cama.

Recuerdo correr la calle en que vivía con los brazos abiertos, para abrazar a mi familia en aquella esquina que hoy apenas significa ya nada. Hacerlo a escondidas, como tantas otras cosas, de mi otra familia.

La puerta de un garaje. El portal de un edificio. La entrada a la discoteca a la que iba en carnaval a bailes. A mi madre hablarme de Santander. A gente hablando de mi padre… Era pequeño, pero son muchas las cosas que recuerdo.

A mi tío Alberto acostado en una cama a la que jamás ha vuelto. A alguien querido muy bebido, negado por los demás de la familia. A los amigos de mi abuelo, tomándose un chiquito.

Escuchar que tengo diez hermanos. Que no soy más que un bastardo. A mi madre hablando desde Puerto Rico. Descolgar un teléfono y que en lugar de encontrar ayuda, que todo se derrumbase.

Las lágrimas de una amiga de mi madre. Sus palabras, sus reproches. No acordarme del nombre de mi padre. Las risas de los niños cuando llegaba ese día en el que no tenía a quien regalarle.

Mi primer relato. Mi primer concurso. Que nadie valorase lo que hacía. Mucho tiempo sin ver a una de mis tías. Mi reacción al volver a verla, y ver cómo aquello se ha transformado en una realidad latente.

Mis problemas con los huesos. Mis múltiples radiografías. Darme cuenta tan pequeño que cuando alguien desaparecía es que había muerto. Que lo hiciese gente a la que tanto quería.

Mis juegos. Mis partidos. A Luis Enrique sangrando, y a mí llorando. Mi primer castigo sin fútbol. No ver a Nayim marcar. Viajar a Madrid casi en la clandestinidad. Volver a verlo. Y que volviera a desaparecer.

Recuerdo mis muchas fantasías, pero también mis reales pesadillas. Crecer creyéndome culpable de algunas de las cosas que me rodeaban. Que como culpable pretendiesen que me quisiera ver, siendo nada más que un niño.

Todo eso y más recuerdo, pero recuerdo sobre todo que aunque no sabía qué significaba esa palabra, frecuentemente estaba solo. Quizá rodeado de gente, pero sin que me hiciesen compañía.

Echo la mirada atrás y ahora entiendo muchas cosas. El dolor por unos hecho, por otros recibido. Echo la mirada atrás y me imagino bebiendo leche fría. Insípida, sin más azúcar que el apoyo de mi abuelo. Cielos, cómo ha pasado el tiempo…

Hoy ya no soy el niño que un día en el mercado caminó a su lado. Hoy el camino es mío. A veces por el mismo sendero. Nunca con el mismo cariño. Yo de nada me arrepiento. ¿Podrán otros decir lo mismo?

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