miércoles, 17 de noviembre de 2010

Los modales del espantapájaros

En el momento en que entré aquí, fuera arreciaban juntos la lluvia y mis recuerdos. Cocinaba a fuego lento una guerra de sentimientos cuando topé con esta oscura trinchera. Entré buscando una salida. Tan solo encontré alguien con quien calentar mis frías sábanas de forma casual.

Sé que no soy bien recibido. Noto como mil miradas atraviesan cuando entro la humareda que separa billar y barra. Noto como en mí se clava la envidia de aquellos entre cuyas cejas cada noche reposa un par de pelos provinientes de algún tipo de caverna que bastante dista de aquella en la que eventualmente yo me adentro.

Para reposo de las mentes del lugar, debo decir que es un instinto cavernícola, sin sentimiento alguno, el que me obliga a verme por Leyre emborrachado y por su sudor casi embriagado, ése que recorre su cuerpo desnudo buscando unir su punto de ebullición con el mío.

Es lo más cercano que estoy actualmente de hacer a nadie compañía. A los demás hace tiempo que los he dejado a un lado. Que coman ensalada, si es que en realidad quieren compañía. Yo para ella no estoy hecho.

Hubo un tiempo en que no fui así. Durante años me dejé embaucar por cualquier luz de navidad. Aquí entré esperando que el luto de las luces neón no fuese algo fingido, como el amor de una ramera.

Lo único que faltaba en mi vida era el mordisco de un perro. Lo que obtuve fue una voz aterciopelada con la que cada día sueño, con la que cada día pienso en tapizar mi sofá viejo.

Recuerdo que una vez compartí mesa con Nico Rizzuto. Me pareció un hombre íntegro, de los que se visten por los pies y se desvisten tan solo por prescripción médica o por recomendación del sastre.

Decía Johnny anoche que la muerte no era compañera del piso en que se alojó la bala que intentó acabar con él. La muerte, decía, le llegó por la desazón que le provocó el que para salvarle, el médico matase antes a su traje.

Johnny sabe más que nadie por aquí que en la mafia la muerte no es más que un negocio, y que la verdadera afrenta personal es que alguien siquiera intente dejar a un lado los buenos modales intentando siquiera acariciar a otro las solapas.

La buena educación es algo que ahí fuera brilla por su ausencia, pero esencial para sobrevivir en lugares como éste. De lo contrario, chico, uno corre el peligro entrar por la puerta principal vistiendo Armani y salir por la de atrás vistiendo madera.

A todo aquel que entre en un lugar como éste, el humo y los chicos del billar deberían sacar del posible engaño que supone el creer que los modales son un mero complemento.

Incluso aquel que en La Lola’s entra buscando la salida, como hice yo, debe saber que la educación es a este sitio lo que al espantapájaros el sombrero. Y que si quiere seguir con vida, incluso debe tratar de usted al servicio en el que orina…

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada