Cobra una postal importancia cuando se torna su reverso para que la imagen del anverso deje paso a palabras y sentimientos. Pasa una imagen a valer menos de mil palabras, cuando estas tatúan el torso desnudo de una capa cuya ‘S’ recuerda al lugar desde el cual quién narra pretende transmitir sueños… o mentiras.
13/X/99
Queridos Juan y mami:
Espero de todo corazón que algún día podamos presenciar juntos aquí, como bien sé que te gustaría, un Barça-Madrid.
Y es que como os podréis imaginar mami y tú, estoy embarcado de cocinero y me encuentro navegando por todo el Mediterráneo.
Si Dios nos lo permite, y aunque te cueste creerlo, hace mucho tiempo sueño con que hagamos un buen viaje juntos; pero no olvides, hijo, que la mejor virtud del ser humano es la paciencia…
Un besote muy grande.
09/XI/09
¿Sabes? Tenías razón, la mejor virtud del ser humano es la paciencia. Pero, no creas, de ello no me he dado cuenta leyendo tu postal. En esa primera lectura únicamente lo he recordado.
Y es que hace años he aprendido a ser paciente, pero no por con tu consejo ser consecuente. Nada más lejos. Te diré, de hecho, que de haber sido así, hace menos de diez días que habría descubierto ese mundo en el que en el momento de la redacción quisiste sumergirme.
Diez años he tardado en leer una postal que mami había condenado al olvido, y no sabes cuanta indiferencia me ha causado… Indiferencia por el mensaje. Indiferencia hacia ti. Indiferencia por los años. Indiferencia por mí.
Y es que, dime, ¿qué nos queda, más que la indiferencia? Hace tiempo que a ello el dolor te ha condenado. El mío y el de una mami a la que convertiste en madre y padre. A la que convertiste sólo en mamá.
No te sientas importante. No sólo tú has contribuido. Más gente lo ha hecho, y también el pasado. Entre todos matasteis a ese niño, y él solito se murió. Él solito se convirtió en aquello que quiera en que aquel a quién pedías paciencia se ha convertido.
Aunque te cueste creerlo, tú hace tiempo formas parte del pasado. Ya han sido muchos los viajes en los que tú has faltado, y muchos en los que seguirás haciéndolo. Sólo uno queda por hacer, y ese sí lo haremos juntos.
Por ese buen viaje espero. Como tú en aquellos tiempos en el Mediterráneo, entre fogones yo me encuentro, cocinándolo. Pacientemente aguardo mi momento. Mi momento para sacar del horno aquello que tan fervientemente espero.
Como tú, también yo recurro siempre al refranero. Dice este sobre el ser humano que es el ser humano el único hombre capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Tu caso es peculiar. Para ti habrá incluso una tercera.
Pero, descuida, trataré que sea la vencida. Ya debieron serlo las dos anteriores chinas, pero también tú has demostrado ser perseverante. Querías tu Barça-Madrid, y en él estás. El marcador refleja un dos a cero, y de tu equipo, lo siento, pero nadie quiere ser portero.
Sí me gustaría a mí serlo cuando acabe el encuentro. Serlo como tú lo eres de discoteca, hacerte una foto, y guardarla en mi hemeroteca. Le haría copias. Utilizaría una de ellas como postal. En el reverso, escribiría esto y te lo enviaría.
Disfrutaría, como sé que a mami le gustaría. Hace tiempo que también ella apela a Dios. He de decirte que no sé si el suyo existe. El tuyo sí lo hace, pero es un Dios menor. Y es que no hay Dios que permita a un creyente causar tanto dolor.
Tranquilo, a mi ya no me duele. Yo ya tengo callo. Me salió años atrás, en un juicio en mayo. Puedes no creerme. Será que no me conoces. En cualquier caso, te invito a pensar lo contrario. A no pensar que con esto sólo busco que, como yo, veas cuán acertado era tu mensaje. No me gustaría nada más que, como yo, también tú asimilases tu propio mensaje, con el tiempo… y, como yo, que lo hagas dentro de tu propia celda.
martes, 10 de noviembre de 2009
lunes, 9 de noviembre de 2009
No tienes corazón
Qué poco corazón el de una ramera que cobra y abandona sin prestar servicios. Qué poco corazón el de un hombre que paga a su salvadora por los extras gratuitos. Qué poco corazón al que cantan el maestro Sabina y los Quijano en este tema.
Mujer de armas tomar... o dejar
Era una policía mi fetiche de la noche. Auguraba una buena despedida del día. Uniforme, como lo que ella vestía, siempre que fuese ello lo que mi bestia pretendía. Así creí que sería, pues como suele decirse, donde hay agujero hay alegría. Sin embargo, algo ocurrió que ello no lo proporcionó.
“Vamos, puta, alégrame la noche”, dije. Ella me pegó. Yo luego le pagué. Pistola ella en mano, creí que cenaría algún tipo de delicatesen con guarnición de plomo. Me veía ya reposando sobre mi cama en pijama de pino. No fue aquello, sin embargo, más que un fraude de tomo y lomo.
Aquello tenía visos de ser bocata di cardinale. Terminó, sin embargo, siendo pecata minuta únicamente. Y es que no sé bien qué ocurrió, pero abandonado y en pelotas, esposado a la pata del billar me dejó.
Mi memoria selectiva ha decidido desterrar al olvido lo ocurrido, aunque, a decir verdad, incluso no llevando a cabo esa criba, podría adivinar qué llevo a aquello a la deriva. Teniendo mi tacto en cuenta, debió ser que dije o hice. No lo sé. El caso es que avergonzado me hallo por haber sido por una ramera abandonado.
Bien merecido lo tengo, dirás. Y una mierda. Tú vienes, pagas y recibes. Ella vino y me esposó, luego se fue y emporrado me dejó. No se dejó olvidado, por contra, el dinero acordado. Meretriz sí, pero tonta no era, la muy… emperatriz.
Aunque no lo creas, lo peor vino después. Desnudo, a la espera de un salvador dejado, por la mujer de la limpieza fui encontrado. Entrada en años y carnes, soltera y más entera de lo que yo me había quedado, dio uso a algo que por otra debía haber sido frotado.
El caso es que, chico, así va España. Comienzas la noche pagando por sexo a una mujer que con un arma te amenaza, y terminas viendo como una virgen ante ti se quita la coraza. La verdad, casi habría preferido recibir de una bala un ardiente beso a haber terminado sodomizado por… por eso.
He de decir, en su descargo, que al acabar entró al almacén y con una sierra me liberó. Ello me hizo sentirme en deuda. De ahí que le ofreciese algo más del dinero en su contrato estipulado, para agradecerle los servicios extra prestados. Sin embargo, debió creer que era por lo que sobre la mesa de billar había hecho. Al contrario que la otra, no cogió el dinero. Pareció tomarse el conato de propina muy a pecho, o eso dice mi ojo derecho.
Flota aún en el aire la posibilidad de que vuelva a frotar. Claro me dejó que a otra limpiadora debo contratar, y con su agresión, también que es mujer de armas tomar. Eso ella. La otra, chico, lo que dejó claro fue que es más bien dada a ser considerada mujer de armas dejar…
“Vamos, puta, alégrame la noche”, dije. Ella me pegó. Yo luego le pagué. Pistola ella en mano, creí que cenaría algún tipo de delicatesen con guarnición de plomo. Me veía ya reposando sobre mi cama en pijama de pino. No fue aquello, sin embargo, más que un fraude de tomo y lomo.
Aquello tenía visos de ser bocata di cardinale. Terminó, sin embargo, siendo pecata minuta únicamente. Y es que no sé bien qué ocurrió, pero abandonado y en pelotas, esposado a la pata del billar me dejó.
Mi memoria selectiva ha decidido desterrar al olvido lo ocurrido, aunque, a decir verdad, incluso no llevando a cabo esa criba, podría adivinar qué llevo a aquello a la deriva. Teniendo mi tacto en cuenta, debió ser que dije o hice. No lo sé. El caso es que avergonzado me hallo por haber sido por una ramera abandonado.
Bien merecido lo tengo, dirás. Y una mierda. Tú vienes, pagas y recibes. Ella vino y me esposó, luego se fue y emporrado me dejó. No se dejó olvidado, por contra, el dinero acordado. Meretriz sí, pero tonta no era, la muy… emperatriz.
Aunque no lo creas, lo peor vino después. Desnudo, a la espera de un salvador dejado, por la mujer de la limpieza fui encontrado. Entrada en años y carnes, soltera y más entera de lo que yo me había quedado, dio uso a algo que por otra debía haber sido frotado.
El caso es que, chico, así va España. Comienzas la noche pagando por sexo a una mujer que con un arma te amenaza, y terminas viendo como una virgen ante ti se quita la coraza. La verdad, casi habría preferido recibir de una bala un ardiente beso a haber terminado sodomizado por… por eso.
He de decir, en su descargo, que al acabar entró al almacén y con una sierra me liberó. Ello me hizo sentirme en deuda. De ahí que le ofreciese algo más del dinero en su contrato estipulado, para agradecerle los servicios extra prestados. Sin embargo, debió creer que era por lo que sobre la mesa de billar había hecho. Al contrario que la otra, no cogió el dinero. Pareció tomarse el conato de propina muy a pecho, o eso dice mi ojo derecho.
Flota aún en el aire la posibilidad de que vuelva a frotar. Claro me dejó que a otra limpiadora debo contratar, y con su agresión, también que es mujer de armas tomar. Eso ella. La otra, chico, lo que dejó claro fue que es más bien dada a ser considerada mujer de armas dejar…
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Jesús Domínguez,
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miércoles, 14 de octubre de 2009
Yes, we can
"Yes, we can": Sí, se puede alabar a Obama, aún cuando sus logros, más que logros, son cambios obvios.
"Yes, we can": Sí, se puede cambiar, y Obama puede hacerlo. De momento, para mi no lo ha hecho, o no lo suficiente para llevarse un Nobel siendo aún un idem.
"Yes, we can": Sí, se puede. Se puede, en un momento álgido de lameculismo, zurrar a quién para mi apenas ha hecho aún nada.
"Yes, we can": Sí, se puede cambiar, y Obama puede hacerlo. De momento, para mi no lo ha hecho, o no lo suficiente para llevarse un Nobel siendo aún un idem.
"Yes, we can": Sí, se puede. Se puede, en un momento álgido de lameculismo, zurrar a quién para mi apenas ha hecho aún nada.
De premios y piaras
Se puede engañar a todo el mundo parte del tiempo, como se puede engañar a parte del mundo todo el tiempo. Lo que jamás se ha podido, ni se podrá, es engañar a todo el mundo durante todo el tiempo, cielo.
Ahora tu amigo se vanagloria por cambiarla. Luego la gloria se convertirá en lamento por no saber verla. Un lamento que vendrá del engaño de una desgracia que ahora quiere parecer mundana. No lo es, sin embargo, y no porque sea superior, sino porque su ego le hace no creerse humana.
Mírala. Fíjate bien en sus andares. Por su postureo debe creerse que su belleza es algo digno de estudio de alguna ciencia. No se da cuenta que aquí, por obra y gracia de su prepotencia, no es sólo desgracia infame, sino digna de alimentar una piara de cerdos con hambre y poco cuerdos.
Cierto es que él parece feliz, pero ella no debería sino alimentar vuestra indiferencia. Recuerda las sabias palabras del loco de la planta. Bien sabes que en un lugar como este, es mayor la credibilidad de un hombre abrazado a una cizaña que la de otro cualquier ser.
Y es que así está este mundo regulado. Un arrastrado de La Lola’s parece ser de un mundo distinto del que habita un arrastrado mundano. Es por ello que aquí no importan la Constitución, ni cualquier código comprado o regalado.
Aquí nadie regala un Nobel, ni arrebata un menor título por algo tan nimio como un par de polvos. Es por ello que el laureado Obama poco importa. Lo que aquí recibiría por sus logros, a lo sumo, serían unas hojas de laurel y una copa de aguarrás.
Quizá nuestro amigo el periodista tenga una distinta visión, pero de él no me gusta ni la acción ni la omisión. No me gustan sus contemplaciones con Gadafi, ni tampoco las frustradas con reinas europeas. No me gusta contemplar sus fotos con las hijas de Zapatero; ni que para ganarse el Nobel, no haya acabado con las guerras de Bush, primero.
Definitivamente, no entiendo su Nobel, cielo. Apenas es un presidente nobel, proyecto de experto en verborrea, pero bastante le queda para dejar atrás el pasteleo. Y, no creas, que parece que mi opinión la comparte el COI.
En las votaciones que han evitado nuestros segundos juegos y las primeras generales de Gallardón pudo verse. Envió a la zumbona como avanzadilla. Luego llegó él. Llegó, vio y perdió porque en su batalla, la dialéctica, Lula se lo merendó. Ni con la reina danesa se reunió, ni a las votaciones se quedó. Perdón debía pedir por ello, pero sin hacerlo, allá en el norte otra cosa le dieron.
Y es que no obtuvo los JJOO, pero sí un Nobel de consolación, como si fuese el Nobel de la Paz algo tan banal como la prepotencia de esa desgraciada desgracia. Su nombre ya está escrito junto a Annan y Al Gore. También junto a Arafat y Mandela, un puñado de años después de la Madre Teresa de Calcuta o Martin Luther King.
También Amnistía Internacional obtuvo en su día tal reconocimiento. Amnistía como la que él todavía muestra ante ciertos errores de su antecesor. Guantánamo era un trámite para la democratización de su nación, no un logro digno de mención.
Tampoco Arafat encuentra en él parangón. Quizá en un futuro, pero toda una vida dedicada a la paz entre Palestina e Israel no merecía ser echa de menos por alguien que no es más que un todavía verde proyecto que el más relevante negro que para mi cualquier madre ha parido.
Quizá esté yo equivocada, cielo. Quizá sea mayor su acción y menor su omisión, pero a mí no me lo parece. Su foto con israelís y palestinos era un trámite, como su reunión de ayer con Zapatero. No creo que eso, y el cierre de una aberración, sean para tanto.
Quizá esté yo equivocada, cielo, pero creo que para el Nobel es pronto, como pronto es para otorgar a una desgracia el perdón. Con el tiempo, quizá ambos merezcan que sobre ellos haga una rectificación. De momento…
Ahora tu amigo se vanagloria por cambiarla. Luego la gloria se convertirá en lamento por no saber verla. Un lamento que vendrá del engaño de una desgracia que ahora quiere parecer mundana. No lo es, sin embargo, y no porque sea superior, sino porque su ego le hace no creerse humana.
Mírala. Fíjate bien en sus andares. Por su postureo debe creerse que su belleza es algo digno de estudio de alguna ciencia. No se da cuenta que aquí, por obra y gracia de su prepotencia, no es sólo desgracia infame, sino digna de alimentar una piara de cerdos con hambre y poco cuerdos.
Cierto es que él parece feliz, pero ella no debería sino alimentar vuestra indiferencia. Recuerda las sabias palabras del loco de la planta. Bien sabes que en un lugar como este, es mayor la credibilidad de un hombre abrazado a una cizaña que la de otro cualquier ser.
Y es que así está este mundo regulado. Un arrastrado de La Lola’s parece ser de un mundo distinto del que habita un arrastrado mundano. Es por ello que aquí no importan la Constitución, ni cualquier código comprado o regalado.
Aquí nadie regala un Nobel, ni arrebata un menor título por algo tan nimio como un par de polvos. Es por ello que el laureado Obama poco importa. Lo que aquí recibiría por sus logros, a lo sumo, serían unas hojas de laurel y una copa de aguarrás.
Quizá nuestro amigo el periodista tenga una distinta visión, pero de él no me gusta ni la acción ni la omisión. No me gustan sus contemplaciones con Gadafi, ni tampoco las frustradas con reinas europeas. No me gusta contemplar sus fotos con las hijas de Zapatero; ni que para ganarse el Nobel, no haya acabado con las guerras de Bush, primero.
Definitivamente, no entiendo su Nobel, cielo. Apenas es un presidente nobel, proyecto de experto en verborrea, pero bastante le queda para dejar atrás el pasteleo. Y, no creas, que parece que mi opinión la comparte el COI.
En las votaciones que han evitado nuestros segundos juegos y las primeras generales de Gallardón pudo verse. Envió a la zumbona como avanzadilla. Luego llegó él. Llegó, vio y perdió porque en su batalla, la dialéctica, Lula se lo merendó. Ni con la reina danesa se reunió, ni a las votaciones se quedó. Perdón debía pedir por ello, pero sin hacerlo, allá en el norte otra cosa le dieron.
Y es que no obtuvo los JJOO, pero sí un Nobel de consolación, como si fuese el Nobel de la Paz algo tan banal como la prepotencia de esa desgraciada desgracia. Su nombre ya está escrito junto a Annan y Al Gore. También junto a Arafat y Mandela, un puñado de años después de la Madre Teresa de Calcuta o Martin Luther King.
También Amnistía Internacional obtuvo en su día tal reconocimiento. Amnistía como la que él todavía muestra ante ciertos errores de su antecesor. Guantánamo era un trámite para la democratización de su nación, no un logro digno de mención.
Tampoco Arafat encuentra en él parangón. Quizá en un futuro, pero toda una vida dedicada a la paz entre Palestina e Israel no merecía ser echa de menos por alguien que no es más que un todavía verde proyecto que el más relevante negro que para mi cualquier madre ha parido.
Quizá esté yo equivocada, cielo. Quizá sea mayor su acción y menor su omisión, pero a mí no me lo parece. Su foto con israelís y palestinos era un trámite, como su reunión de ayer con Zapatero. No creo que eso, y el cierre de una aberración, sean para tanto.
Quizá esté yo equivocada, cielo, pero creo que para el Nobel es pronto, como pronto es para otorgar a una desgracia el perdón. Con el tiempo, quizá ambos merezcan que sobre ellos haga una rectificación. De momento…
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martes, 13 de octubre de 2009
La canción de las noches perdidas
No era aquello un bolero. Tampoco algo de Machín. Puede haber sido fruto de las noches perdidas. Fruto, o también canción, como esta del maestro Sabina cantada por Pasión Vega.
La pela es la pela
Hablando de todo y nada la noche nos abordaba. Era para nosotros como un libro abierto donde sólo habían escritas premisas cortantes y palabras malsonantes. Recuerdo con claridad muchas de sus historias, como aquella gran verdad descubierta aún tan recientemente.
Era una noche lluviosa. Llegó con gran premura, ávido de alcohol, y nos contó como escogió en su día a la que fue su tercera esposa. Se fijó para ello en dos teorías. La una, la divina proporción. La otra, una propia sobre una relación, la existente entre una mujer fumadora y la posibilidad de que practique sexo oral.
La argumentación, chico, es no recomendable para menores de sesenta y nueve. La resolución de lo que contaba, no me lo parece para mayores de la mitad de tal cifra. Ajeno a ellas es lo real de esa relación.
Y es que he topado, te decía, con la gran verdad del vagabundo en el preciso instante en que disfrutaba de la última calada de nuestro tercer cigarrillo post-coital. Sucedió cuando en ella algo ardió de nuevo, antes incluso de que me diese a mi tiempo de coger frío. Cuando me disponía a aspirar los últimos restos de alquitrán de mi pitillo, golosa, comenzó ella a hacer lo propio con el principio de su habano.
La cubana vino después, acompañada de un griego. Cada cual llamó dos veces, como dos veces llama siempre el cartero. También así lo hizo el holandés, pero éste no pudo entrar. Bastante grande era ya el paquete que allí había como para que a alguno de los dos le importase nada Holanda, no siendo ésta época de tulipanes.
Nos juramos por amor aprender a hablar en cursiva. Los dos cruzamos los dedos, mientras un turco observaba atento. Mentimos por copular. Por miedo a con un polvo a cuestas, cada uno a su casa regresar. Desnudos reconocimos que no somos sin sexo como sin doner no hay kebab.
Dimos vueltas después, como la carne que el voyeur en su local ofrece. Pude luego paladear entre sus senos fresas negras, saboreando al acabar un último empujón entre sus piernas. Como dos tacos las imaginamos, y con mis bolas jugueteamos, como si el lugar favorito de los imbéciles del billar estuviésemos profanando. Se afanaban ellos en persuadirnos, mientras ellas se tocaban. De fondo, se escuchaba un arpa. Sonaba una oda al amor, magistralmente tocada por un camarón volador.
No era aquello un bolero. Tampoco algo de Machín. Debo serte sincero, en aquel momento me creí Tintín. Me evadí, y me imaginé no sólo aquí. Lo hice en Jamaica, y también en Pekín. Me sentí un dibujo, animado por una aventura en el Amazonas. Luego, ella cabalgó, y yo me fui. Recordé antes a aquel sabio vagabundo, y entendí por fin que es tan cierto que si fuma fela, como que la pela es la pela.
Era una noche lluviosa. Llegó con gran premura, ávido de alcohol, y nos contó como escogió en su día a la que fue su tercera esposa. Se fijó para ello en dos teorías. La una, la divina proporción. La otra, una propia sobre una relación, la existente entre una mujer fumadora y la posibilidad de que practique sexo oral.
La argumentación, chico, es no recomendable para menores de sesenta y nueve. La resolución de lo que contaba, no me lo parece para mayores de la mitad de tal cifra. Ajeno a ellas es lo real de esa relación.
Y es que he topado, te decía, con la gran verdad del vagabundo en el preciso instante en que disfrutaba de la última calada de nuestro tercer cigarrillo post-coital. Sucedió cuando en ella algo ardió de nuevo, antes incluso de que me diese a mi tiempo de coger frío. Cuando me disponía a aspirar los últimos restos de alquitrán de mi pitillo, golosa, comenzó ella a hacer lo propio con el principio de su habano.
La cubana vino después, acompañada de un griego. Cada cual llamó dos veces, como dos veces llama siempre el cartero. También así lo hizo el holandés, pero éste no pudo entrar. Bastante grande era ya el paquete que allí había como para que a alguno de los dos le importase nada Holanda, no siendo ésta época de tulipanes.
Nos juramos por amor aprender a hablar en cursiva. Los dos cruzamos los dedos, mientras un turco observaba atento. Mentimos por copular. Por miedo a con un polvo a cuestas, cada uno a su casa regresar. Desnudos reconocimos que no somos sin sexo como sin doner no hay kebab.
Dimos vueltas después, como la carne que el voyeur en su local ofrece. Pude luego paladear entre sus senos fresas negras, saboreando al acabar un último empujón entre sus piernas. Como dos tacos las imaginamos, y con mis bolas jugueteamos, como si el lugar favorito de los imbéciles del billar estuviésemos profanando. Se afanaban ellos en persuadirnos, mientras ellas se tocaban. De fondo, se escuchaba un arpa. Sonaba una oda al amor, magistralmente tocada por un camarón volador.
No era aquello un bolero. Tampoco algo de Machín. Debo serte sincero, en aquel momento me creí Tintín. Me evadí, y me imaginé no sólo aquí. Lo hice en Jamaica, y también en Pekín. Me sentí un dibujo, animado por una aventura en el Amazonas. Luego, ella cabalgó, y yo me fui. Recordé antes a aquel sabio vagabundo, y entendí por fin que es tan cierto que si fuma fela, como que la pela es la pela.
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Jesús Domínguez,
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domingo, 11 de octubre de 2009
Hombre en el espejo
Bendito desconocido el que comparte habitación contigo. Maldito hombre el que desde el espejo te mira. Curioso aquel juego de ser otro y uno mismo. Dichoso aquel que con su "Hombre en el espejo" interactúa... escuchando esta canción.
Perfecto desconocido
A mi edad puede parecer un tanto ridículo, pero he de reconocer que, a estas alturas de la vida, aún comparto cuarto con otro ser.
No es cosa del alquiler. Tampoco nada voluntario ni buscado. Desconozco el motivo y la razón, como tampoco conozco a quién también ocupa mi habitación. Y es que, aún compartiendo cuarto, lo cierto es que es el uno para el otro un perfecto desconocido.
Nos desconocemos de una manera tan perfecta, que únicamente sé de él que trabaja como actor. No sé si de cine o televisión. Tampoco sé si de teatro. Sólo que día a día se viste con mis ropas e imita a la perfección lo que hago.
Diría, por su repetitiva actuación, que trabaja como mimo. Sin embargo, no parece tal por su porte y percha, y porque en alguna ocasión actúa con total independencia. Tampoco creo, además, que en tiempo de crisis den para tanto las calles…
Y es que su armario, como el mio, no parece hecho precisamente de paja. Alguna que otra vez viste distinto a mi, y puedo ver igualmente en él primeras marcas, marcas que amablemente recomienda e incluso ofrece, demostrando no ser tampoco mudo.
Creo, por contra, que sí es abstemio. Busco a veces agradecerle sus buenos gestos y palabras invitándole a una copa en este rincón y acaba siempre rechazándolo. Sonríe y me cede el paso al salir de nuestro cuarto, pero desaparece sin mediar palabra en cuanto de casa salgo.
No se lo tengo ya en cuenta, pues sé que es parco en palabras, del mismo modo que sé bien ya que cuando aparca los silencios, puede llegar a ser bastante pedante, e incluso hiriente.
Aunque me evite e ignore, reconozco que tiende a tratarme con respeto y buenos modos. Con esa ya inconfundible sonrisa gratifica mis oídos con anécdotas y alabanzas. Me halaga y hace creerme superior a cualquiera, aún cuando diría que a cualquiera conoce mejor que a mi. Y es que, como él, también yo soy parco en palabras en lo que a mi vida respecta.
Por desgracia, eso es algo que no respeta. Odio que en ella se entrometa. Y sin embargo, lo hace. Pese a mi parquedad, parece conocerlo todo de mi. Puede parecer lógico compartiendo habitación, pero creo que lo es menos no conociendo ni su nombre.
Él el mio seguro lo conocerá. Abrirá mi correspondencia. Investigará cosas sobre mi con astucia y paciencia. Qué se yo… La cuestión es que que tanto de mi sepa me asusta, como asusta la total ligereza con la que me habla y aconseja.
Decía que a veces puede ser hiriente. En su descargo he de decir que no es algo frecuente. Sin embargo, cuando frunce el ceño o camina altanero, produce en mi un efecto que a los ojos mirarle no puedo.
Igual que me eleva me entierra. Igual que con sus palabras me encanta, con ellas me espanta. Con ellas y su trato, indistintamente me atrapa y aparta. Con su vida, y su conocimiento de la mia, me confunde.
Puede llamarse Alberto. Puede que sea su nombre Óscar, aún cuando es eso lo que por todo merece. Puede merecer un César, o también llamarse de ese modo. Puede ser Judas y besarme, o ser Pedro y negarme. Puede ser mil nombres y uno sólo.
Puede serlo todo, o puede ser nada. Puedo ser tan sólo yo, o puede ser únicamente él. Puede ser nada menos que un amigo, o nada más que un perfecto desconocido. Puede no ser nadie o ser, simplemente, mi reflejo encontrado en un espejo.
No es cosa del alquiler. Tampoco nada voluntario ni buscado. Desconozco el motivo y la razón, como tampoco conozco a quién también ocupa mi habitación. Y es que, aún compartiendo cuarto, lo cierto es que es el uno para el otro un perfecto desconocido.
Nos desconocemos de una manera tan perfecta, que únicamente sé de él que trabaja como actor. No sé si de cine o televisión. Tampoco sé si de teatro. Sólo que día a día se viste con mis ropas e imita a la perfección lo que hago.
Diría, por su repetitiva actuación, que trabaja como mimo. Sin embargo, no parece tal por su porte y percha, y porque en alguna ocasión actúa con total independencia. Tampoco creo, además, que en tiempo de crisis den para tanto las calles…
Y es que su armario, como el mio, no parece hecho precisamente de paja. Alguna que otra vez viste distinto a mi, y puedo ver igualmente en él primeras marcas, marcas que amablemente recomienda e incluso ofrece, demostrando no ser tampoco mudo.
Creo, por contra, que sí es abstemio. Busco a veces agradecerle sus buenos gestos y palabras invitándole a una copa en este rincón y acaba siempre rechazándolo. Sonríe y me cede el paso al salir de nuestro cuarto, pero desaparece sin mediar palabra en cuanto de casa salgo.
No se lo tengo ya en cuenta, pues sé que es parco en palabras, del mismo modo que sé bien ya que cuando aparca los silencios, puede llegar a ser bastante pedante, e incluso hiriente.
Aunque me evite e ignore, reconozco que tiende a tratarme con respeto y buenos modos. Con esa ya inconfundible sonrisa gratifica mis oídos con anécdotas y alabanzas. Me halaga y hace creerme superior a cualquiera, aún cuando diría que a cualquiera conoce mejor que a mi. Y es que, como él, también yo soy parco en palabras en lo que a mi vida respecta.
Por desgracia, eso es algo que no respeta. Odio que en ella se entrometa. Y sin embargo, lo hace. Pese a mi parquedad, parece conocerlo todo de mi. Puede parecer lógico compartiendo habitación, pero creo que lo es menos no conociendo ni su nombre.
Él el mio seguro lo conocerá. Abrirá mi correspondencia. Investigará cosas sobre mi con astucia y paciencia. Qué se yo… La cuestión es que que tanto de mi sepa me asusta, como asusta la total ligereza con la que me habla y aconseja.
Decía que a veces puede ser hiriente. En su descargo he de decir que no es algo frecuente. Sin embargo, cuando frunce el ceño o camina altanero, produce en mi un efecto que a los ojos mirarle no puedo.
Igual que me eleva me entierra. Igual que con sus palabras me encanta, con ellas me espanta. Con ellas y su trato, indistintamente me atrapa y aparta. Con su vida, y su conocimiento de la mia, me confunde.
Puede llamarse Alberto. Puede que sea su nombre Óscar, aún cuando es eso lo que por todo merece. Puede merecer un César, o también llamarse de ese modo. Puede ser Judas y besarme, o ser Pedro y negarme. Puede ser mil nombres y uno sólo.
Puede serlo todo, o puede ser nada. Puedo ser tan sólo yo, o puede ser únicamente él. Puede ser nada menos que un amigo, o nada más que un perfecto desconocido. Puede no ser nadie o ser, simplemente, mi reflejo encontrado en un espejo.
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miércoles, 7 de octubre de 2009
Moon River
Me hablaba Irene antes de comenzar el segundo pase de la mala educación. Me alegró ver que, como yo, cree que no toda la juventud se encuentra anclada en un 1963 digitalizado, y que también a veces la culpa es de los padres y el entorno que un grupo de malcriados acaben siendo puestos en cintura en un programa de televisión que representa un colegio en ese año.
Tras ello, me gustó ver también como me hacía un guiño comenzando el siguiente pase con la canción de una película que lleva por nombre el tema de nuestra última conversación.
Tras ello, me gustó ver también como me hacía un guiño comenzando el siguiente pase con la canción de una película que lleva por nombre el tema de nuestra última conversación.
La mala educación
En más de una ocasión me ha resguardado la nocturnidad y he recomendado a alguna amiga un libro con qué cultivarse. Con otras, sin embargo, me ha faltado valor para afrontar la posible saña derivada de una sugerencia tan banal como recomendarles comenzar a elevar su coeficiente intelectual con el cambio de color de tinte.
No es que las rubias me parezcan imbéciles, pues ya ves, cielo, que yo misma lo soy. Ocurre que, en ocasiones, recomendaría un cambio a un color platino con el cual seguir con el erróneo tópico, únicamente en descargo de morenas o pelirrojas que no van muy a la zaga del mismo.
Ayer pude constatarlo. Eso de que las rubias somos más tontas que el resto es un mito. Hay mujeres que, aún siendo morenas, son también bastante estúpidas. Y pude constatarlo con una madre que, en su ignorancia, maleducaba a su hijo a la salida del colegio.
Sé que está mal prestar atención a conversaciones ajenas, y más si son de desconocidos, pero no pude evitar, parada en un semáforo, escuchar como una madre decía a su hijo que lo que el profesor le había dicho en clase era mentira, y que si debía aprenderlo era única y exclusivamente para no llevar un suspenso luego a casa.
El tan controvertido tema, cielo, no era otra cosa que las religiones en la antigua Roma. No sé si por creencias propias, pero en cuanto “religión” y “Roma” salieron de la boca del niño, la madre rebuznó rauda y veloz para corregirle y decirle que “de la religión católica, apostólica y romana, os habrán hablado”.
Fue, ante la negativa del crío, ante lo cual la prima del asno co-protagonista de Shrek advirtió del error del profesor, aun remarcándole el churumbel que la temática sobre la que están trabajando son las antiguas y grandes civilizaciones.
Fue también en ese preciso instante cuando a puntito estuve de estamparle el libro sobre religiones egipcias que venía de comprar en todo el buzón, pues llevando tal bien bajo el brazo, mis oídos hubieron de soportar la aberración que cometía la señora al decir que en la antigüedad se llamaba dioses a las personas famosas.
Ahora, a toro pasado, pienso en lo mucho que me gustaría ver a esa madre, tirada en el sofá de su casa, gritando “niño, calla, ¿no ves que están hablando de La Esteban?”, mientras su hijo le pide que le explique el motivo por el cual ocho por siete son cincuenta y seis.
O, mejor aún, me gustaría haber visto la cara que se le habría quedado si en el momento que califica a los dioses egipcios de personas famosas, abro las páginas de Ra, Anubis, Thot o Amón y le muestro sus formas tan poco humanas (aunque aquí corriese el riesgo de que me enseñase una foto de La Campa ardiendo en cólera o de algún personajillo del Gran Hermano 3587).
Llegados a tal punto, es cuando ya no me sorprenden los retratos que programas como “Clase del 63” hacen de la juventud. Si un parlamentario escribe ‘inundaciones’ con ‘h’, una ministra habla de ‘los miembros y las miembras’ y una madre inculta dice a su hijo que la única religión existente en Roma fue la ‘católica, apostólica y romana’, es lógico que niñatos como los que en ese programa salen coloquen luego a Lugo en Badajoz, a León en Andalucía o digan que ocho por siete son cuarenta “por sus cojones”.
Te sorprenderá la referencia que hago a tal programa. Antes de comenzar el primer pase pude ver un rato, mientras me vestía. Si estabas ya aquí no lo habrás podido ver, pero es denigrante. Me niego a creer que así son las nuevas generaciones. Algo habrá distinto a esos despojos, aunque no salga retratado en lugar alguno. Me niego a creer que nuestro futuro está en manos de hijos cuyas madres niegan rasgos básicos de la historia antigua, y que todos son, realmente, hijos del tomate y el móvil.
Me niego a creer, cielo, que el mundo está perdido. No niego la existencia de animales irracionales como La Esteban, La Campa, la señora del semáforo o los niños de “Clase del 63”, pero me niego a creer que ése sea el futuro.
Y si lo es, que se cumpla el mito egipcio y en 2012 termine un ciclo. Y tras él, que el ave fénix resurja. Y que lo haga con educación. Y sin televisión.
No es que las rubias me parezcan imbéciles, pues ya ves, cielo, que yo misma lo soy. Ocurre que, en ocasiones, recomendaría un cambio a un color platino con el cual seguir con el erróneo tópico, únicamente en descargo de morenas o pelirrojas que no van muy a la zaga del mismo.
Ayer pude constatarlo. Eso de que las rubias somos más tontas que el resto es un mito. Hay mujeres que, aún siendo morenas, son también bastante estúpidas. Y pude constatarlo con una madre que, en su ignorancia, maleducaba a su hijo a la salida del colegio.
Sé que está mal prestar atención a conversaciones ajenas, y más si son de desconocidos, pero no pude evitar, parada en un semáforo, escuchar como una madre decía a su hijo que lo que el profesor le había dicho en clase era mentira, y que si debía aprenderlo era única y exclusivamente para no llevar un suspenso luego a casa.
El tan controvertido tema, cielo, no era otra cosa que las religiones en la antigua Roma. No sé si por creencias propias, pero en cuanto “religión” y “Roma” salieron de la boca del niño, la madre rebuznó rauda y veloz para corregirle y decirle que “de la religión católica, apostólica y romana, os habrán hablado”.
Fue, ante la negativa del crío, ante lo cual la prima del asno co-protagonista de Shrek advirtió del error del profesor, aun remarcándole el churumbel que la temática sobre la que están trabajando son las antiguas y grandes civilizaciones.
Fue también en ese preciso instante cuando a puntito estuve de estamparle el libro sobre religiones egipcias que venía de comprar en todo el buzón, pues llevando tal bien bajo el brazo, mis oídos hubieron de soportar la aberración que cometía la señora al decir que en la antigüedad se llamaba dioses a las personas famosas.
Ahora, a toro pasado, pienso en lo mucho que me gustaría ver a esa madre, tirada en el sofá de su casa, gritando “niño, calla, ¿no ves que están hablando de La Esteban?”, mientras su hijo le pide que le explique el motivo por el cual ocho por siete son cincuenta y seis.
O, mejor aún, me gustaría haber visto la cara que se le habría quedado si en el momento que califica a los dioses egipcios de personas famosas, abro las páginas de Ra, Anubis, Thot o Amón y le muestro sus formas tan poco humanas (aunque aquí corriese el riesgo de que me enseñase una foto de La Campa ardiendo en cólera o de algún personajillo del Gran Hermano 3587).
Llegados a tal punto, es cuando ya no me sorprenden los retratos que programas como “Clase del 63” hacen de la juventud. Si un parlamentario escribe ‘inundaciones’ con ‘h’, una ministra habla de ‘los miembros y las miembras’ y una madre inculta dice a su hijo que la única religión existente en Roma fue la ‘católica, apostólica y romana’, es lógico que niñatos como los que en ese programa salen coloquen luego a Lugo en Badajoz, a León en Andalucía o digan que ocho por siete son cuarenta “por sus cojones”.
Te sorprenderá la referencia que hago a tal programa. Antes de comenzar el primer pase pude ver un rato, mientras me vestía. Si estabas ya aquí no lo habrás podido ver, pero es denigrante. Me niego a creer que así son las nuevas generaciones. Algo habrá distinto a esos despojos, aunque no salga retratado en lugar alguno. Me niego a creer que nuestro futuro está en manos de hijos cuyas madres niegan rasgos básicos de la historia antigua, y que todos son, realmente, hijos del tomate y el móvil.
Me niego a creer, cielo, que el mundo está perdido. No niego la existencia de animales irracionales como La Esteban, La Campa, la señora del semáforo o los niños de “Clase del 63”, pero me niego a creer que ése sea el futuro.
Y si lo es, que se cumpla el mito egipcio y en 2012 termine un ciclo. Y tras él, que el ave fénix resurja. Y que lo haga con educación. Y sin televisión.
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Jesús Domínguez,
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domingo, 4 de octubre de 2009
Brucia la terra
No busqueis orden, pues sólo dice lo que dice.
No busqueis lógica, pues para unos pocos la tiene.
No busqueis más allá, pues más allá poco existe.
No busqueis lógica, pues para unos pocos la tiene.
No busqueis más allá, pues más allá poco existe.
Orgullo y honor
Admiro tu determinación. El temor al camino nuevo nunca ha detenido. Siempre que has abandonado un camino viejo has sabido qué era aquello que dejabas atrás. Sin embargo, nunca has temido a aquello que el nuevo y desconocido camino pudiera depararte.
Das ahora tus primeros pasos en una nueva senda. Sé precavido. Desconfiado, incluso. No dudes en que, si pueden acabar contigo, lo harán. No des un paso en falso. Recuerda siempre que no hay peor cosa que intentar ser del mundo la mejor persona, y que un orgullo como el tuyo sólo se convertirá en virtud si llegas a convertirlo en honor.
Debes ser perseverante y paciente. No existe la gloria sin sufrimiento, ni el honor sin lucha. Debes también abstraerte de los hechos. Ver gente donde otros ven personas, aún cuando esas personas sean allegadas, pues son esos allegados los primeros que deben guardarte fidelidad, y sin embargo no lo hacen.
Ellos son los primeros que merecen ser ajusticiados. No existe familia sin respeto y fidelidad. Recuérdalo. Lo que ahora ocurre es sólo pasajero. El tiempo no cambia a las personas, sino que las descubre.
Es por ello por lo que no debes dudar. Ellos no han variado un ápice. Tan sólo lo han hecho las máscaras con las que intentan confundirte. Siguen siendo seres despreciables. Antes lo eran por repudiarte. Ahora lo son por intentar utilizarte.
Seamos francos: Jamás les has interesado. El interés que ahora les suscitas es pura fachada. Después de toda una vida de desprecio, ahora vienen solicitando tu ayuda. Unen su causa a la tuya por mero interés. Conocen de tu perseverancia, pero no de tu frialdad y fortaleza.
Es tu frialdad lo que debe imperar en este momento. No dejes en ningún momento que conozcan en profundidad tus pensamientos. No sobre ellos. Su confianza será tu posterior victoria. También a ella contribuirá tu decisión. Cuanto más decidida sea tu colaboración para que todo prospere, mayor será su percepción del olvido y del perdón.
No debe existir este en ningún momento, sin embargo. No tras todo lo pasado. Después de todo lo sufrido, no debe haber en ti lugar a la compasión. Por la caridad entra la peste, y esta es bubónica. Nadie mejor que tú lo sabrá.
No hay mayor rata que la que reniega de sus lazos de sangre. No hay rata mayor que la que traiciona a su familia. El mero hecho de hacerlo, merece la desconsideración como tal. Y todo lo que no pertenezca a tu familia, y muestre tan poco respeto hacia ti, chico, merece sin duda ser aplastado.
Deja que caminen confiados. Hazles creer perdonados y, cuando todo haya pasado y vuestros intereses vuelvan a caminar separados, actúa. Hazlo, y disfruta de ello, pues no hay mejor venganza que la gestada desde la confianza ajena y la propia frialdad.
No puedo asegurarte que la venganza no pueda ser también dolorosa. La mía lo fue. No fue fácil acabar con sangre de mi sangre, o con quién me vio crecer. He de reconocer, en cualquier caso, que no por ser doloroso me tembló el pulso. Después de todo, aquello era lo mejor para la familia.
Mi familia era yo, y también mis allegados más fieles. Lo mismo pasa en tu caso. Tú eres tu verdadera familia, como lo es tu reducido núcleo familiar. No han sido, son, ni tampoco serán, aquellos que te han escupido tantas veces a la cara. Jamás podrá considerarse familia a quién únicamente te busca por interés e insulta tu inteligencia no pidiendo clemencia, sino colaboración.
Ahora es por tu familia por quién debes luchar. Es por tu familia por quién debes ser inteligente y frío. Es por tu familia por quién debes enaltecer tu orgullo a través del honor.
Es por tu familia, y especialmente por ti, por quién debes, en definitiva, actuar para que, como en su día ocurrió con mi sobrino, en el final de los finales el hijo bastardo se convierta en Don.
Das ahora tus primeros pasos en una nueva senda. Sé precavido. Desconfiado, incluso. No dudes en que, si pueden acabar contigo, lo harán. No des un paso en falso. Recuerda siempre que no hay peor cosa que intentar ser del mundo la mejor persona, y que un orgullo como el tuyo sólo se convertirá en virtud si llegas a convertirlo en honor.
Debes ser perseverante y paciente. No existe la gloria sin sufrimiento, ni el honor sin lucha. Debes también abstraerte de los hechos. Ver gente donde otros ven personas, aún cuando esas personas sean allegadas, pues son esos allegados los primeros que deben guardarte fidelidad, y sin embargo no lo hacen.
Ellos son los primeros que merecen ser ajusticiados. No existe familia sin respeto y fidelidad. Recuérdalo. Lo que ahora ocurre es sólo pasajero. El tiempo no cambia a las personas, sino que las descubre.
Es por ello por lo que no debes dudar. Ellos no han variado un ápice. Tan sólo lo han hecho las máscaras con las que intentan confundirte. Siguen siendo seres despreciables. Antes lo eran por repudiarte. Ahora lo son por intentar utilizarte.
Seamos francos: Jamás les has interesado. El interés que ahora les suscitas es pura fachada. Después de toda una vida de desprecio, ahora vienen solicitando tu ayuda. Unen su causa a la tuya por mero interés. Conocen de tu perseverancia, pero no de tu frialdad y fortaleza.
Es tu frialdad lo que debe imperar en este momento. No dejes en ningún momento que conozcan en profundidad tus pensamientos. No sobre ellos. Su confianza será tu posterior victoria. También a ella contribuirá tu decisión. Cuanto más decidida sea tu colaboración para que todo prospere, mayor será su percepción del olvido y del perdón.
No debe existir este en ningún momento, sin embargo. No tras todo lo pasado. Después de todo lo sufrido, no debe haber en ti lugar a la compasión. Por la caridad entra la peste, y esta es bubónica. Nadie mejor que tú lo sabrá.
No hay mayor rata que la que reniega de sus lazos de sangre. No hay rata mayor que la que traiciona a su familia. El mero hecho de hacerlo, merece la desconsideración como tal. Y todo lo que no pertenezca a tu familia, y muestre tan poco respeto hacia ti, chico, merece sin duda ser aplastado.
Deja que caminen confiados. Hazles creer perdonados y, cuando todo haya pasado y vuestros intereses vuelvan a caminar separados, actúa. Hazlo, y disfruta de ello, pues no hay mejor venganza que la gestada desde la confianza ajena y la propia frialdad.
No puedo asegurarte que la venganza no pueda ser también dolorosa. La mía lo fue. No fue fácil acabar con sangre de mi sangre, o con quién me vio crecer. He de reconocer, en cualquier caso, que no por ser doloroso me tembló el pulso. Después de todo, aquello era lo mejor para la familia.
Mi familia era yo, y también mis allegados más fieles. Lo mismo pasa en tu caso. Tú eres tu verdadera familia, como lo es tu reducido núcleo familiar. No han sido, son, ni tampoco serán, aquellos que te han escupido tantas veces a la cara. Jamás podrá considerarse familia a quién únicamente te busca por interés e insulta tu inteligencia no pidiendo clemencia, sino colaboración.
Ahora es por tu familia por quién debes luchar. Es por tu familia por quién debes ser inteligente y frío. Es por tu familia por quién debes enaltecer tu orgullo a través del honor.
Es por tu familia, y especialmente por ti, por quién debes, en definitiva, actuar para que, como en su día ocurrió con mi sobrino, en el final de los finales el hijo bastardo se convierta en Don.
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Jesús Domínguez,
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sábado, 26 de septiembre de 2009
Cry me a river
Cuando llegué al Avern Club, era Ella Fitzgerald quién estaba sobre el escenario. Al rato, fue Dinah Washington, otra gran voz del jazz y del blues, quién la sustituyó con "Cry me a river", una canción cantada de forma estupenda por la primera pero, para mi gusto, todavía interpretada más estupendamente por la segunda.
Avern Club
Era la segunda vez que me acercaba al Avern Club a pedir consejo a uno de los allí presentes. Ya en la puerta saludé a mi buen amigo Caronte, quién me dijo que esperaba verme por allí más a menudo en un futuro no muy lejano. Flegias, que estaba también por allí cerca, me miraba inquisidor, no sé si por celos o por disponerme a entrar vivo al local.
Lo cierto es que era una noche concurrida. Desconozco si se debe ello a que las almas sin purgar se unen los jueves a las universitarias en sus hábitos de sexo y alcohol, pero el caso es que por allí vi a Chaplin y a Groucho. También estaban Saddam y Bin Laden, quién me rogó le guardase el secreto de su emplazamiento.
Me acerqué a la barra a pedir un trago. Detrás, las dos hijas de Zapatero se encontraban acompañadas por aquel entrañable bote de tomate que entretenía a media España en Telecinco. De las niñas, me atendió la menos fea. Fue en el momento en el que acerqué la copa a mis labios en el que Dinah Washington sustituyó en el escenario a Ella Fitzgerald para cantar aquello de “Cry me a river” y dedicárselo al gran Louis Armstrong, que compartía mesa con Antonio Machín y otros dos afroamericanos.
Como en nuestra primera cita, había llegado antes de la hora. Sabía, además, que el bueno de Frankie estaría en alguna de las habitaciones del piso superior con alguna de sus conquistas en vida. O, quizá, con cualquiera que en el Avern hubiera podido conocer. El caso es que, como la primera vez que nos citamos, esperaba que llegase tarde, y así lo hizo.
Llegó con la respiración alterada, como si hubiese venido corriendo, o quizá igual de sofocado como si viniese de correrse. Sea como fuere, el caso es que arribó con la cremallera del pantalón a medio subir, con dos botones de su camisa por abrochar y su inconfundible sonrisa de cazador por esconder.
Una vez tuvo un trago en la mano, el tono pendenciero de su voz se apoderó de él. Estuvimos comentando el caso durante un rato. Le pareció incluso extraño que hubiese acudido él para orientarme, cuando nunca fue él un ejemplo de cómo se debe tratar a la familia ni, como en el caso abordado, tampoco de cómo se debe ser un padre ejemplar.
Le pareció extraño que acudiese a él, pero no por ello omitió, en su juicio de valor, la definición de rata inmunda de uno de los culpables de que yo haya venido a este mundo. Y tampoco por parecerle extraño, dejó de ofrecerme una solución:
“No quiero sonar repetitivo, muchacho. No sería justo, pues hasta ahora sigues manteniendo la cabeza fría y el jazz caliente. Es por ello que sólo te insto a no cambiar en ese aspecto. Sin embargo, no me considero voz autorizada a tratar temas de familia, aunque sí sé quién en lo que me cuentas te podrá ayudar.
Yo me encargaré de todo, descuida. Vete, y vuelve en un par de días. No te preocupes de los chicos de la puerta. De ellos me ocupo yo. Ahora, ve, y no olvides dar recuerdos al bueno de Al, ¿sí? Ni tampoco lo que siempre te digo: Que el jazz sea tu bandera, y tu frialdad tu montera”.
Lo cierto es que era una noche concurrida. Desconozco si se debe ello a que las almas sin purgar se unen los jueves a las universitarias en sus hábitos de sexo y alcohol, pero el caso es que por allí vi a Chaplin y a Groucho. También estaban Saddam y Bin Laden, quién me rogó le guardase el secreto de su emplazamiento.
Me acerqué a la barra a pedir un trago. Detrás, las dos hijas de Zapatero se encontraban acompañadas por aquel entrañable bote de tomate que entretenía a media España en Telecinco. De las niñas, me atendió la menos fea. Fue en el momento en el que acerqué la copa a mis labios en el que Dinah Washington sustituyó en el escenario a Ella Fitzgerald para cantar aquello de “Cry me a river” y dedicárselo al gran Louis Armstrong, que compartía mesa con Antonio Machín y otros dos afroamericanos.
Como en nuestra primera cita, había llegado antes de la hora. Sabía, además, que el bueno de Frankie estaría en alguna de las habitaciones del piso superior con alguna de sus conquistas en vida. O, quizá, con cualquiera que en el Avern hubiera podido conocer. El caso es que, como la primera vez que nos citamos, esperaba que llegase tarde, y así lo hizo.
Llegó con la respiración alterada, como si hubiese venido corriendo, o quizá igual de sofocado como si viniese de correrse. Sea como fuere, el caso es que arribó con la cremallera del pantalón a medio subir, con dos botones de su camisa por abrochar y su inconfundible sonrisa de cazador por esconder.
Una vez tuvo un trago en la mano, el tono pendenciero de su voz se apoderó de él. Estuvimos comentando el caso durante un rato. Le pareció incluso extraño que hubiese acudido él para orientarme, cuando nunca fue él un ejemplo de cómo se debe tratar a la familia ni, como en el caso abordado, tampoco de cómo se debe ser un padre ejemplar.
Le pareció extraño que acudiese a él, pero no por ello omitió, en su juicio de valor, la definición de rata inmunda de uno de los culpables de que yo haya venido a este mundo. Y tampoco por parecerle extraño, dejó de ofrecerme una solución:
“No quiero sonar repetitivo, muchacho. No sería justo, pues hasta ahora sigues manteniendo la cabeza fría y el jazz caliente. Es por ello que sólo te insto a no cambiar en ese aspecto. Sin embargo, no me considero voz autorizada a tratar temas de familia, aunque sí sé quién en lo que me cuentas te podrá ayudar.
Yo me encargaré de todo, descuida. Vete, y vuelve en un par de días. No te preocupes de los chicos de la puerta. De ellos me ocupo yo. Ahora, ve, y no olvides dar recuerdos al bueno de Al, ¿sí? Ni tampoco lo que siempre te digo: Que el jazz sea tu bandera, y tu frialdad tu montera”.
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jueves, 24 de septiembre de 2009
Calle Melancolía
Neobohemios. Bohemios de nuevo cuño a los que aborrece mi gran amigo Alberto. Se debe ello, quizá, a su triste altanería, ésa con la que una y otra vez afirman vivir en la Calle Melancolía.
La neobohemia
Se irán para no volver, cruzando el túnel del sueño. Dejando un haz de luz un ligero destello. Se irán para no volver, como pájaros sin dueño. Desangrando el cielo con su caótico vuelo.
Si yo pudiera retenerlos, desnudarlos, hacerlos míos, mi verso iluminaría las pupilas de distinguidos poetas líricos, que reunidos en tertulias literarias, lamerían mi falo erguido. Mas como no persigo ese propósito, y si el conseguir ser leído, por todos los dioses digo: ‘Tomad hermanos el reflejo, de lo que pudo haber sido, y sin embargo, por circunstancias del destino, no quiso ser’.
Arrastrados por la vida, creyéndose a vuelta de todo, manchando el lustre de la bohemia, dicen ser autores de la nueva poesía.
Verso que una vez masticado y posteriormente vomitado, diezma su valor hasta alcanzar el del corazón de un hipócrita, arrancado y ensartado en un hierro oxidado y candente.
‘Por el amor de cristo, que blasfemias piensa este miserable’-Pensarán algunos seres, y seguramente con menos elegancia que la descrita-. Pero lo escrito es tan cierto, como que la neobohemia ha muerto antes de haber nacido.
Visten su verso inconcebible, vacío, obtuso, con expresiones ambiguas y hermafroditas que definen su personalidad, y no contentos con ello prolongan la agonía del reducido respetable añadiendo vocablos que aprendieron en la última novela de autor alternativo que dicen haber leído. Tiñen su verso de palabras que jamás alcanzarán a comprender.
Desde aquí les daré las gracias, por perdonarnos a cada segundo la vida. Sentimos no comprender la existencia de una manera tan perfecta y ecuánime como la suya. Sentimos llevar a cabo el atrevimiento de querer formar parte del vulgo. ‘Oh dioses terrenales, perdonad nuestra osadía. Perdonad que seamos inferiores mentalmente’.
A estos seres anacrónicos, podremos distinguirlos del resto de la sociedad atendiendo a distintos factores, los cuales procederé a describir:
(intentaré ser breve)
En primer lugar haré saber que todos los neobohemios, haciendo gala de su basta y amplia cultura literaria, realizan frecuentemente el amago de escribir verso o prosa, o incluso ambas al mismo tiempo. Gracias al cielo, suelen morir en el intento.
La diferencia de estos textos, con los del resto de escritores, es que el mensaje en los primeros se repite constantemente, gravitando en torno a la miseria y desgracia humana, resaltando el ideal: ‘Cuan dura y cruel es la vida que por infortunio me ha tocado vivir’
En segundo lugar, me gustaría hacer hincapié en un rasgo muy importante de los individuos que conforma esta etnia. Les gusta autodefinirse como ‘raros’ o más aún como ‘alternativos’.
Si a sus oídos llegan rumores de que alguien conocido o por conocer los ha considerado de este modo, su ego y su ano se dilatan en proporciones simétricamente idénticas.
Les gusta sentirse ‘diferentes’, para así sentirse al tiempo asilados del rebaño, que integramos el resto de la sociedad.
Podrás verlos portando gafas de sol en altas horas de la madrugada, luciendo sombreros dentro de espacios cerrados, y así toda clase de harapos que no servirían más que para hacer míseros trapos de sus lánguidos jirones.
En resumen: Son alternativos (…).
Por último, no podría dejar pasar por alto el rasgo más importante: Su afán por evadirse.
A menudo se sienten en la vida de paso. La monotonía les asfixia, les atrapa, les raciona el oxígeno.
Necesitan ampliar su ‘campo visual’, enaltecer su alma y su cuerpo. Lo que comúnmente el resto de la sociedad conocemos como vacaciones, ellos lo consideran un ‘descanso vital’, para poder continuar con la pesada carga del día a día.
Necesitan viajar, olvidar por un tiempo las calles que durante el año transitan. Desean alejarse de algo o de alguien, en la mayor parte de los supuestos por simple cobardía. Nadie puede comprender ni satisfacer sus necesidades si no comparte su ‘confesión religiosa’.
Nunca llegan a ser felices plenamente, en parte porque no lo desean. La soledad, la tristeza y el martirio les proporciona un siniestro placer, que nadie cabal y cuerdo llega jamás a comprender.
Podríamos decir que rentabilizan el dolor, para vomitar una especie de sonrisa.
Y así, a grosso modo, quedaría definida la estructura genérica de estos seres que conviven con nosotros.
A ellos quisiera dirigirme para rubricar estas líneas:
Soy consciente de que como animales libres que sois, estáis en todo vuestro derecho de comportaros salvajemente a vuestro antojo siempre y cuando no dañéis a las personas.
Se hace duro aceptar que vistáis así, que no sepáis integraros en la sociedad como el resto de individuos, y que mostréis una concepción de la vida a todas luces anormal; no obstante, a pesar de ello me veo obligado a respetarlo, que no a compartirlo. Ahora bien, por caridad humana: ‘No sigáis escupiendo esas vehemencias en forma de palabra escrita’
No me considero abanderado de ninguna causa, ni represento a nadie, aunque soy consciente de que son muchos los que comparten mi opinión; tan solo quiero que tengáis en cuenta que estáis haciendo mucho daño a la lengua castellana.
Es preferible que os sigáis drogando, pero no tratéis de escribir.
No al menos al mismo tiempo.
* Escrito por Alberto Rodríguez.
Si yo pudiera retenerlos, desnudarlos, hacerlos míos, mi verso iluminaría las pupilas de distinguidos poetas líricos, que reunidos en tertulias literarias, lamerían mi falo erguido. Mas como no persigo ese propósito, y si el conseguir ser leído, por todos los dioses digo: ‘Tomad hermanos el reflejo, de lo que pudo haber sido, y sin embargo, por circunstancias del destino, no quiso ser’.
Arrastrados por la vida, creyéndose a vuelta de todo, manchando el lustre de la bohemia, dicen ser autores de la nueva poesía.
Verso que una vez masticado y posteriormente vomitado, diezma su valor hasta alcanzar el del corazón de un hipócrita, arrancado y ensartado en un hierro oxidado y candente.
‘Por el amor de cristo, que blasfemias piensa este miserable’-Pensarán algunos seres, y seguramente con menos elegancia que la descrita-. Pero lo escrito es tan cierto, como que la neobohemia ha muerto antes de haber nacido.
Visten su verso inconcebible, vacío, obtuso, con expresiones ambiguas y hermafroditas que definen su personalidad, y no contentos con ello prolongan la agonía del reducido respetable añadiendo vocablos que aprendieron en la última novela de autor alternativo que dicen haber leído. Tiñen su verso de palabras que jamás alcanzarán a comprender.
Desde aquí les daré las gracias, por perdonarnos a cada segundo la vida. Sentimos no comprender la existencia de una manera tan perfecta y ecuánime como la suya. Sentimos llevar a cabo el atrevimiento de querer formar parte del vulgo. ‘Oh dioses terrenales, perdonad nuestra osadía. Perdonad que seamos inferiores mentalmente’.
A estos seres anacrónicos, podremos distinguirlos del resto de la sociedad atendiendo a distintos factores, los cuales procederé a describir:
(intentaré ser breve)
En primer lugar haré saber que todos los neobohemios, haciendo gala de su basta y amplia cultura literaria, realizan frecuentemente el amago de escribir verso o prosa, o incluso ambas al mismo tiempo. Gracias al cielo, suelen morir en el intento.
La diferencia de estos textos, con los del resto de escritores, es que el mensaje en los primeros se repite constantemente, gravitando en torno a la miseria y desgracia humana, resaltando el ideal: ‘Cuan dura y cruel es la vida que por infortunio me ha tocado vivir’
En segundo lugar, me gustaría hacer hincapié en un rasgo muy importante de los individuos que conforma esta etnia. Les gusta autodefinirse como ‘raros’ o más aún como ‘alternativos’.
Si a sus oídos llegan rumores de que alguien conocido o por conocer los ha considerado de este modo, su ego y su ano se dilatan en proporciones simétricamente idénticas.
Les gusta sentirse ‘diferentes’, para así sentirse al tiempo asilados del rebaño, que integramos el resto de la sociedad.
Podrás verlos portando gafas de sol en altas horas de la madrugada, luciendo sombreros dentro de espacios cerrados, y así toda clase de harapos que no servirían más que para hacer míseros trapos de sus lánguidos jirones.
En resumen: Son alternativos (…).
Por último, no podría dejar pasar por alto el rasgo más importante: Su afán por evadirse.
A menudo se sienten en la vida de paso. La monotonía les asfixia, les atrapa, les raciona el oxígeno.
Necesitan ampliar su ‘campo visual’, enaltecer su alma y su cuerpo. Lo que comúnmente el resto de la sociedad conocemos como vacaciones, ellos lo consideran un ‘descanso vital’, para poder continuar con la pesada carga del día a día.
Necesitan viajar, olvidar por un tiempo las calles que durante el año transitan. Desean alejarse de algo o de alguien, en la mayor parte de los supuestos por simple cobardía. Nadie puede comprender ni satisfacer sus necesidades si no comparte su ‘confesión religiosa’.
Nunca llegan a ser felices plenamente, en parte porque no lo desean. La soledad, la tristeza y el martirio les proporciona un siniestro placer, que nadie cabal y cuerdo llega jamás a comprender.
Podríamos decir que rentabilizan el dolor, para vomitar una especie de sonrisa.
Y así, a grosso modo, quedaría definida la estructura genérica de estos seres que conviven con nosotros.
A ellos quisiera dirigirme para rubricar estas líneas:
Soy consciente de que como animales libres que sois, estáis en todo vuestro derecho de comportaros salvajemente a vuestro antojo siempre y cuando no dañéis a las personas.
Se hace duro aceptar que vistáis así, que no sepáis integraros en la sociedad como el resto de individuos, y que mostréis una concepción de la vida a todas luces anormal; no obstante, a pesar de ello me veo obligado a respetarlo, que no a compartirlo. Ahora bien, por caridad humana: ‘No sigáis escupiendo esas vehemencias en forma de palabra escrita’
No me considero abanderado de ninguna causa, ni represento a nadie, aunque soy consciente de que son muchos los que comparten mi opinión; tan solo quiero que tengáis en cuenta que estáis haciendo mucho daño a la lengua castellana.
Es preferible que os sigáis drogando, pero no tratéis de escribir.
No al menos al mismo tiempo.
* Escrito por Alberto Rodríguez.
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Alberto Rodríguez,
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martes, 22 de septiembre de 2009
Champagne
Cree Diego haber encontrado cura a su forma de ser. No piensa en que, quizá, por su nueva y fogosa relación, lo que puede, más bien, es no tener remedio. En cualquier caso, el beneficio de la duda habrá de serle otorgado con esta canción que tan bien adereza su nueva historia.
"Su cariño, gracias"
Lo reconozco. Quizá no sea la más guapa del mundo. Sí estoy seguro, sin embargo, de que es más guapa que cualquiera. Y también más fiera. Al menos lo es más que cualquier otra de las que en este local de mala muerte entran.
No me mires así. No tienes más que mirar a tu alrededor. Una divina corista, una camarera enamorada y una serie de especímenes a caballo entre un orangután hembra y la hembra de un pollo. ¿Crees que alguna cabalgaría sobre tu miembro con la soltura que ella lo hizo sobre mi noble corcel?
No creo, tampoco, que ninguna mujer de las que aquí entran sea tan deportista. Ya, ya sé que el chándal no le debe sentar la mitad de bien que a Luis Aragonés, pero también a ella le gusta ganar, ganar, ganar y volver a ganar. No es que conmigo haya dejado los tacones por los tacos, o no al menos por los que se calzan. No. Conmigo, los tacos salían de su boca, y las botas nos las poníamos llamando sin parar a un teléfono que empieza por sesenta y nueve.
Le encanta el deporte, te decía, porque practicándolo estuvimos toda la noche. Sí, sí. No me mires así. ¿Acaso no sabes que es el sexo el único que no se detiene por falta de luz?
Le gusta también cocinar. De hecho, cuando el alba llegó, nos encontró con las manos en la masa, probando por enésima vez el uno los ingredientes que uno y otro añadiríamos a nuestro enésimo postre juntos.
La noche de anoche no fue noche. O no al menos una noche al uso. Cierto es que había alcohol, y también que sonaba blues de fondo. No menos cierto es que tampoco faltaba el humo. Este, sin embargo, no era ambiental, sino sexual. Fueron tantos los cigarrillos necesarios de después, que al recargar las baterías de nicotina, la máquina nos soltó un bonito “su cariño, gracias”.
No puedo negar cierto momentáneo hastío, aún estando en buena forma. Si bien, ella lo hizo arder, y no sabes de qué forma. Llegado al séptimo cielo de aquel acto, actuó ella de tal modo que quise vender mi vida al diablo por perecer en aquel momento. Olvidé que, aún sin cuernos, y teniendo yo el rabo, era una pobre diabla con quién yacía.
Al rato, mis bostezos de Dios le hicieron creerme humano. Fue por ello que, al pedir papas, me las dio arrugás. Arrugás y bañás en champagne francés. Al descorcharlo pedí un trato. Uno más, dijo Santo Tomás, y mano de santo. Su truco sirvió para engañarme una vez más. Y otra. Y otra. Y luego otra…
De todo aquello saco algo en claro, y es que los feos y apuestos se atraen. ¿La razón? Fácil, sencilla, y para mayores de dieciocho años:
Yo no soy todo lo guapo que ella podría desear, y ella apuesta por hacerme adelgazar mediante la dieta del cucurucho. Simple, y llanamente.
Al final del encuentro, ambos nos sentimos colmados por matar el mono a polvos. Con el tiempo, hasta puede que yo siente la cabeza más allá de entre sus piernas. Es probable incluso que ella se reforme si permanecen los castigos de cara a la pared. Quién sabe. Con el tiempo, es incluso posible que, en lugar de aquella máquina, seamos nosotros quienes digamos aquello de “su cariño, gracias”.
No me mires así. No tienes más que mirar a tu alrededor. Una divina corista, una camarera enamorada y una serie de especímenes a caballo entre un orangután hembra y la hembra de un pollo. ¿Crees que alguna cabalgaría sobre tu miembro con la soltura que ella lo hizo sobre mi noble corcel?
No creo, tampoco, que ninguna mujer de las que aquí entran sea tan deportista. Ya, ya sé que el chándal no le debe sentar la mitad de bien que a Luis Aragonés, pero también a ella le gusta ganar, ganar, ganar y volver a ganar. No es que conmigo haya dejado los tacones por los tacos, o no al menos por los que se calzan. No. Conmigo, los tacos salían de su boca, y las botas nos las poníamos llamando sin parar a un teléfono que empieza por sesenta y nueve.
Le encanta el deporte, te decía, porque practicándolo estuvimos toda la noche. Sí, sí. No me mires así. ¿Acaso no sabes que es el sexo el único que no se detiene por falta de luz?
Le gusta también cocinar. De hecho, cuando el alba llegó, nos encontró con las manos en la masa, probando por enésima vez el uno los ingredientes que uno y otro añadiríamos a nuestro enésimo postre juntos.
La noche de anoche no fue noche. O no al menos una noche al uso. Cierto es que había alcohol, y también que sonaba blues de fondo. No menos cierto es que tampoco faltaba el humo. Este, sin embargo, no era ambiental, sino sexual. Fueron tantos los cigarrillos necesarios de después, que al recargar las baterías de nicotina, la máquina nos soltó un bonito “su cariño, gracias”.
No puedo negar cierto momentáneo hastío, aún estando en buena forma. Si bien, ella lo hizo arder, y no sabes de qué forma. Llegado al séptimo cielo de aquel acto, actuó ella de tal modo que quise vender mi vida al diablo por perecer en aquel momento. Olvidé que, aún sin cuernos, y teniendo yo el rabo, era una pobre diabla con quién yacía.
Al rato, mis bostezos de Dios le hicieron creerme humano. Fue por ello que, al pedir papas, me las dio arrugás. Arrugás y bañás en champagne francés. Al descorcharlo pedí un trato. Uno más, dijo Santo Tomás, y mano de santo. Su truco sirvió para engañarme una vez más. Y otra. Y otra. Y luego otra…
De todo aquello saco algo en claro, y es que los feos y apuestos se atraen. ¿La razón? Fácil, sencilla, y para mayores de dieciocho años:
Yo no soy todo lo guapo que ella podría desear, y ella apuesta por hacerme adelgazar mediante la dieta del cucurucho. Simple, y llanamente.
Al final del encuentro, ambos nos sentimos colmados por matar el mono a polvos. Con el tiempo, hasta puede que yo siente la cabeza más allá de entre sus piernas. Es probable incluso que ella se reforme si permanecen los castigos de cara a la pared. Quién sabe. Con el tiempo, es incluso posible que, en lugar de aquella máquina, seamos nosotros quienes digamos aquello de “su cariño, gracias”.
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Jesús Domínguez,
La Lola's Club
lunes, 21 de septiembre de 2009
It's a man's man's man's world.
Hace referencia John en sus palabras a James Brown y uno de sus mayores éxitos. Es de recibo, pues, que ese éxito acompañe en El Rincón a sus palabras, cantado por el propio James Brown y otro grande, Luciano Pavarotti.
Muerto de amor
Sabes, chico, por extraño que parezca, temo a la muerte. Creo en la inmortalidad del ser no como algo divino, sino como un mero recuerdo en la memoria de aquellos que te han amado. Es justamente por ello por lo que temo al último suspiro, porque pocas personas creo que sean capaces de amarme sin cobrar por horas. Y es que hoy día, muchas veces soy amado, pero pocas de forma gratuita.
Podría dejar de buscar el amor en prostitutas y hacer un casting como los que salen en televisión para contratar a un par de jóvenes plañideras para mi velatorio, cierto es, pero no menos cierto es que les costaría más encariñarse conmigo que a mi sacar mi cartera en el Jamaica. Después de todo, hasta en el amor es más fácil recibir que dar… y diría que también más placentero.
Sé que mi concepto de amor es insustancial o, como diría mi amigo Juan Lapuerta, imperialista y prepotente. Soy culpable, lo admito. Lo reconozco, soy la antítesis del romanticismo. No soy capaz de verme en una relación con una mujer más allá del tanga de la dama de turno que muy gustosamente me llame “papito” por un puñado de billetes.
Soy culpable, he dicho, pero no menos culpables sois todos los que por aquí pasais. Después de todo, mi imperio se basa en el aguarrás que bebeis y mi prepotencia en el caché que al local dais, imperio y prepotencia que me han llevado hasta hace un par de semanas al cese temporal de la convivencia alcohólica por reformas y buena vida.
Lo cierto es que quería dar al local una nueva vuelta de tuerca. Lástima que finalmente no haya hecho sino dársela a una de las que en mi sien se encuentran. Quedó ello reflejado en el mismo instante en que te dejé sin lugar de hobbie y a los arrastrados a la altura de un hobbit, pero qué le voy a hacer, ya te he dicho que soy como un prepotente emperador.
Como dueño de este antro de mala muerte que tanta vida da a aquellos que veranean en el purgatorio, me creí con poder suficiente para desafiar al mismísimo Julio César. Mi sorpresa fue que, cuando este arribó a la dirección donde nos habíamos citado, era el ex central del Valladolid quién había aparecido.
Esa broma pesada gastada por la vida me hizo replantearme mi relación con la muerte, aunque creo que en nuestra relación no hay ya remedio. No me gusta frivolizar ni comparar mi situación con la de nadie. Únicamente te diré que me siento vejado y maltratado. No creo haberme merecido aquellos dos golpes de los que, en efecto, todavía no me he olvidado, por mucho que las heridas parezcan cicatrizar. Si aquellos pobres benditos no se merecían morir, menos merecía yo que lo hiciesen en mi edificio.
Tampoco creo que aquella otra chica mereciese morir. Quizá sí su marido, pero no ella. Es una de tantas historias desgarradoras, en las que alguien que dice ser hombre acaba con la vida de su mujer a base de golpes. Cierto es que esta vez los golpes le partieron tanto el alma, que fue ella quién buscó a la muerte, pero no es excusa. Ni tampoco toda esa mierda que sacan ahora en la prensa local, al más puro estilo prensa del corazón. Él era un hijo’puta, pero quién murió fue ella. Qué importan el cariño y el amor.
Quizá sea cosa mia, chico. Hace tiempo que no encuentro el amor sin chequera, ni que por amor llevo preservativos en mi guantera. No me malinterpretes. Yo podría haber protagonizado el anuncio ese televisivo diciendo aquello de “todo con condón, todo con Control”. Es sólo que, como cliente habitual de sus instalaciones, las provisiones me las otorga ya el estado jamaicano.
Sé que mi concepto de amor es insustancial, y sé que puede que lo sea porque jamás se da en mi vida el amor sin pagar. Y qué le voy a hacer si, como cantaba James Brown, no soy nada sin una mujer. Y qué le voy a hacer si ninguna mujer me hace temer más a la muerte…
Podría dejar de buscar el amor en prostitutas y hacer un casting como los que salen en televisión para contratar a un par de jóvenes plañideras para mi velatorio, cierto es, pero no menos cierto es que les costaría más encariñarse conmigo que a mi sacar mi cartera en el Jamaica. Después de todo, hasta en el amor es más fácil recibir que dar… y diría que también más placentero.
Sé que mi concepto de amor es insustancial o, como diría mi amigo Juan Lapuerta, imperialista y prepotente. Soy culpable, lo admito. Lo reconozco, soy la antítesis del romanticismo. No soy capaz de verme en una relación con una mujer más allá del tanga de la dama de turno que muy gustosamente me llame “papito” por un puñado de billetes.
Soy culpable, he dicho, pero no menos culpables sois todos los que por aquí pasais. Después de todo, mi imperio se basa en el aguarrás que bebeis y mi prepotencia en el caché que al local dais, imperio y prepotencia que me han llevado hasta hace un par de semanas al cese temporal de la convivencia alcohólica por reformas y buena vida.
Lo cierto es que quería dar al local una nueva vuelta de tuerca. Lástima que finalmente no haya hecho sino dársela a una de las que en mi sien se encuentran. Quedó ello reflejado en el mismo instante en que te dejé sin lugar de hobbie y a los arrastrados a la altura de un hobbit, pero qué le voy a hacer, ya te he dicho que soy como un prepotente emperador.
Como dueño de este antro de mala muerte que tanta vida da a aquellos que veranean en el purgatorio, me creí con poder suficiente para desafiar al mismísimo Julio César. Mi sorpresa fue que, cuando este arribó a la dirección donde nos habíamos citado, era el ex central del Valladolid quién había aparecido.
Esa broma pesada gastada por la vida me hizo replantearme mi relación con la muerte, aunque creo que en nuestra relación no hay ya remedio. No me gusta frivolizar ni comparar mi situación con la de nadie. Únicamente te diré que me siento vejado y maltratado. No creo haberme merecido aquellos dos golpes de los que, en efecto, todavía no me he olvidado, por mucho que las heridas parezcan cicatrizar. Si aquellos pobres benditos no se merecían morir, menos merecía yo que lo hiciesen en mi edificio.
Tampoco creo que aquella otra chica mereciese morir. Quizá sí su marido, pero no ella. Es una de tantas historias desgarradoras, en las que alguien que dice ser hombre acaba con la vida de su mujer a base de golpes. Cierto es que esta vez los golpes le partieron tanto el alma, que fue ella quién buscó a la muerte, pero no es excusa. Ni tampoco toda esa mierda que sacan ahora en la prensa local, al más puro estilo prensa del corazón. Él era un hijo’puta, pero quién murió fue ella. Qué importan el cariño y el amor.
Quizá sea cosa mia, chico. Hace tiempo que no encuentro el amor sin chequera, ni que por amor llevo preservativos en mi guantera. No me malinterpretes. Yo podría haber protagonizado el anuncio ese televisivo diciendo aquello de “todo con condón, todo con Control”. Es sólo que, como cliente habitual de sus instalaciones, las provisiones me las otorga ya el estado jamaicano.
Sé que mi concepto de amor es insustancial, y sé que puede que lo sea porque jamás se da en mi vida el amor sin pagar. Y qué le voy a hacer si, como cantaba James Brown, no soy nada sin una mujer. Y qué le voy a hacer si ninguna mujer me hace temer más a la muerte…
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Jesús Domínguez,
La Lola's Club
martes, 15 de septiembre de 2009
Amelie
Qué distintas son las noches cuando uno deja atrás Madrid y vuelve a La Lola's. Qué distinto es para Gustavo volver a las noches con los arrastrados después de disfrutar de su pequeña sonrisa de Amelie.
Los lunes al sol
Nos conocimos en Madrid. Creí, al principio, que era de esas a las que al escuchar “mira, un pájaro muerto”, miran al cielo raudas y veloces para observar el vuelo del difunto. Me equivoqué. Aquella rubia sí sabía de muy buena tinta que no todo al norte de los Pirineos es Estocolmo, y que Estocolmo no es una forma de quejarse por la ruptura de una uña.
Lo cierto es que su primera sonrisa me gratificó más que el primer empujón a cualquier otra. Recordé, gracias a ella, aquellos tiempos en que la aceleración de mi noble corcel era similar a la de un Ferrari. Aquellos tiempos en los que pasaba de misógino a promiscuo en seis segundos.
Pasamos un par de días siendo diez años más jóvenes de lo debido. Remamos en el Retiro como esas parejas de jóvenes adolescentes que comienzan a pensar en el sesenta y nueve como algo más que el resultado de tres por veintitrés. También, como pseudo-adolescentes, bebimos colonia de bebé y utilizamos la marcha atrás para algo más que aparcar.
Quise dejarle claro que, juntos o revueltos, yo con ella, pan y cebolla. Fue entonces cuando, ¡pam!, descubrí que, más que “Operación Retorno”, lo suyo sería una vuelta al cole. Topé de bruces con la realidad que me llevó a saberme más viejo de lo creído. Justo ese fue el momento en el que pensé cortarme la p****.
Podría decir en mi descargo que la culpa es de las madres, que las visten como putas. No es verdad. La culpa es de gilipollas como yo, que piensan que sólo el monte es orégano cuando llevan una década teniendo pelo. Estúpido de mi, sólo cuando la vi como algo no recomendable me di cuenta de que los tiempos cambian… y las mujeres también.
No logré, en los dos lunes siguientes, sin embargo, evitar salir con ella a remar. Ni tampoco llevarla al Retiro. Pasamos tres lunes al sol pecando en la sombra. Pecando, y delinquiendo. Poco me importaría ahora que me llegase una citación del juzgado. Bendito delito descubrir que tras aquella pequeña sonrisa de Amelie, se escondían dos pechos tan firmes como vírgenes.
Sus manos me encendían. Su sonrisa me iluminaba. Toda ella me hacía otro. Aquello tan poco recomendable valía la pena. Valía la pena parecer un adolescente con quién lo era. Valía la pena cambiar los lunes a la sombra por pasarlos al sol, remando en el Retiro.
Lo cierto es que su primera sonrisa me gratificó más que el primer empujón a cualquier otra. Recordé, gracias a ella, aquellos tiempos en que la aceleración de mi noble corcel era similar a la de un Ferrari. Aquellos tiempos en los que pasaba de misógino a promiscuo en seis segundos.
Pasamos un par de días siendo diez años más jóvenes de lo debido. Remamos en el Retiro como esas parejas de jóvenes adolescentes que comienzan a pensar en el sesenta y nueve como algo más que el resultado de tres por veintitrés. También, como pseudo-adolescentes, bebimos colonia de bebé y utilizamos la marcha atrás para algo más que aparcar.
Quise dejarle claro que, juntos o revueltos, yo con ella, pan y cebolla. Fue entonces cuando, ¡pam!, descubrí que, más que “Operación Retorno”, lo suyo sería una vuelta al cole. Topé de bruces con la realidad que me llevó a saberme más viejo de lo creído. Justo ese fue el momento en el que pensé cortarme la p****.
Podría decir en mi descargo que la culpa es de las madres, que las visten como putas. No es verdad. La culpa es de gilipollas como yo, que piensan que sólo el monte es orégano cuando llevan una década teniendo pelo. Estúpido de mi, sólo cuando la vi como algo no recomendable me di cuenta de que los tiempos cambian… y las mujeres también.
No logré, en los dos lunes siguientes, sin embargo, evitar salir con ella a remar. Ni tampoco llevarla al Retiro. Pasamos tres lunes al sol pecando en la sombra. Pecando, y delinquiendo. Poco me importaría ahora que me llegase una citación del juzgado. Bendito delito descubrir que tras aquella pequeña sonrisa de Amelie, se escondían dos pechos tan firmes como vírgenes.
Sus manos me encendían. Su sonrisa me iluminaba. Toda ella me hacía otro. Aquello tan poco recomendable valía la pena. Valía la pena parecer un adolescente con quién lo era. Valía la pena cambiar los lunes a la sombra por pasarlos al sol, remando en el Retiro.
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Jesús Domínguez,
La Lola's Club
miércoles, 9 de septiembre de 2009
La gravedad
Quiebra por completo este relato con lo que La Lola's Club es, pues si bien comienza en un local nocturno, no había sido nunca Clara alguien habitual en El Rincón de los Arrastrados.
No he querido dejar pasar, sin embargo, la oportunidad de compartir con mis lectores algo que ha surgido de la lectura de un relato ajeno al que quise dar, con permiso de su autor, mi toque personal y transferible a quién guste de leerlo.
Está escrito en un tono grave, y que acaba relacionándose con la gravedad. Es por ello que, ¿qué canción, si no esta, podría acompañarlo?
No he querido dejar pasar, sin embargo, la oportunidad de compartir con mis lectores algo que ha surgido de la lectura de un relato ajeno al que quise dar, con permiso de su autor, mi toque personal y transferible a quién guste de leerlo.
Está escrito en un tono grave, y que acaba relacionándose con la gravedad. Es por ello que, ¿qué canción, si no esta, podría acompañarlo?
Y al final, la nada
Consumió en las escaleras un último cigarro. Se fumaba mientras la madrugada a la oscuridad. Piensa de nuevo la noche en que él se fue. Esperaba al alba. Le marcaría el camino a un lugar mejor que aquel rincón, creía.
Recordó que la mañana allí no le podía encontrar. Era hora de secarse las lágrimas de sangre en su pañuelo de lija. El perfecto desconocido esperaba su desayuno en casa.
Desde entonces él era todo oscuridad, pensaba mientras abría la puerta. Compartían cama y vida. Les separaba la nocturnidad, la tristeza y el alcohol. “Si el Averno existe, de esto mucho no debe distar”, se dijo a sí misma.
Aquella depresión le había conducido de la baja a la autocompasión. La autocompasión le convirtió en un cabrón. A ella la había convertido en esclava, desaparecida de su empleo la esclavitud.
Triste, se vestía pensando en lo feliz que otrora había sido, y en lo infeliz que aquel hombre le había convertido. Ya en la estación, se acordó de lo buen hombre que fue.
Se detuvo el tren en su estación, y con ello retornaron los pensamientos de abandono. Las lágrimas se volvieron a unir a un insomne y frío rostro. Insomne por las muchas noches con alcohol y sin descanso. Frío, por aquella mañana con abrigos y sin grados.
Una mañana más, tarde. El jefe esperaba. Era sabedora de que su trabajo de un hilo pendía. Poco le importaba. También de un hilo pendía su antigua vitalidad. Esperaba el fin de su jornada, hasta que ésta tocó a arrebato.
Aminoró a la salida el paso pensando en encontrar en la estación la más tardía combinación. ¿De qué serviría una pronta vuelta a casa? Aquello era un infierno.
En algo peor se convirtió al ver en el periódico de quien tan amablemente le había cedido su asiento una noticia similar a la que en las carnes de su hijo ella vivió. Comenzó entonces su sinrazón. Salió de la estación buscando un lugar donde llorar. Donde gritar. Donde volar.
Volvió a su edificio de trabajo como alma que lleva el diablo hasta llegar a divisar un marco incomparable. Cajas apiladas a un lado. Un pequeño invernadero en otro. Cubriéndole, una intensa niebla. Y al final, la nada.
Por un instante, pensó en ser feliz y libre. Feliz pensando en que su hijo vivía todavía. Liberada por saberse madre y mujer. Recordó entonces qué le había llevado a aquella azotea.
Allí le había llevado la realidad de unos sueños imposibles de cumplir. Allí le habían llevado sus ganas de vivir. Entonces, voló. Encontró, al final, la nada.
Recordó que la mañana allí no le podía encontrar. Era hora de secarse las lágrimas de sangre en su pañuelo de lija. El perfecto desconocido esperaba su desayuno en casa.
Desde entonces él era todo oscuridad, pensaba mientras abría la puerta. Compartían cama y vida. Les separaba la nocturnidad, la tristeza y el alcohol. “Si el Averno existe, de esto mucho no debe distar”, se dijo a sí misma.
Aquella depresión le había conducido de la baja a la autocompasión. La autocompasión le convirtió en un cabrón. A ella la había convertido en esclava, desaparecida de su empleo la esclavitud.
Triste, se vestía pensando en lo feliz que otrora había sido, y en lo infeliz que aquel hombre le había convertido. Ya en la estación, se acordó de lo buen hombre que fue.
Se detuvo el tren en su estación, y con ello retornaron los pensamientos de abandono. Las lágrimas se volvieron a unir a un insomne y frío rostro. Insomne por las muchas noches con alcohol y sin descanso. Frío, por aquella mañana con abrigos y sin grados.
Una mañana más, tarde. El jefe esperaba. Era sabedora de que su trabajo de un hilo pendía. Poco le importaba. También de un hilo pendía su antigua vitalidad. Esperaba el fin de su jornada, hasta que ésta tocó a arrebato.
Aminoró a la salida el paso pensando en encontrar en la estación la más tardía combinación. ¿De qué serviría una pronta vuelta a casa? Aquello era un infierno.
En algo peor se convirtió al ver en el periódico de quien tan amablemente le había cedido su asiento una noticia similar a la que en las carnes de su hijo ella vivió. Comenzó entonces su sinrazón. Salió de la estación buscando un lugar donde llorar. Donde gritar. Donde volar.
Volvió a su edificio de trabajo como alma que lleva el diablo hasta llegar a divisar un marco incomparable. Cajas apiladas a un lado. Un pequeño invernadero en otro. Cubriéndole, una intensa niebla. Y al final, la nada.
Por un instante, pensó en ser feliz y libre. Feliz pensando en que su hijo vivía todavía. Liberada por saberse madre y mujer. Recordó entonces qué le había llevado a aquella azotea.
Allí le había llevado la realidad de unos sueños imposibles de cumplir. Allí le habían llevado sus ganas de vivir. Entonces, voló. Encontró, al final, la nada.
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